domingo, 26 de octubre de 2014

La vida, las bibliotecas y un suicida



Pequeñas columnas para sostener una radio (1)
La vida, las bibliotecas y un suicida
A veces a uno le proponen escribir sobre la vida que tuvo, la que esperó o la que quería, y puede terminar hablando de los libros y las bibliotecas. Una cosa y la otra parecen tener tanto que ver como la economía pragmática y la inmortalidad del cangrejo. Pero, puestos a pensar, aun negando que todo tenga que ver con todo, el psicoanalista que no tengo, tuve, ni tendré –soy globalmente ateo- diría que si pensar sobre la vida, la propia, tuvo un eco de bibliotecas perdidas, debe ser por algo.
Sí, al fin de cuentas se trata de bibliotecas perdidas. Amo tanto la lectura como la escritura y el sexo, aunque esto último queda afuera de este texto. Aprendí a leer de la mano de mi padre cuando tenía cinco años y aún no he podido parar. Leo indiscriminadamente, con un solo mandato, el mismo que teníamos con Cecilia Boggio cuando hacíamos para Canal 10 de Río Negro “El Señalador”, un programa sobre libros, escritores, y el mundo en el que habían vivido y escrito: si a la página veinte no se lleva bien con el libro, déjelo sin culpa. Jorge Luis Borges decía ante ese caso de incompatibilidad manifiesta, que había que dejarlo. En ese momento ese libro no estaba para ese lector, y ese lector no estaba para ese libro. Si no se peleaban, tal vez podrían a encontrarse en algún momento futuro. Resultado: leo dos o tres por semana y algunos son pateados en la página veinte, que es una referencia, porque puede ser antes o poco después.
Pero vuelvo a las bibliotecas, y la envidia que sentí muchos años por aquellos que han ido atesorando libros, y eran capaces de tener los de sus primeros años como lectores. Luego, un día, no hace mucho, pensando en Walter Benjamin, acepté que eso no era para mí. Que no se trataba solo de que la mala vida, pongamos que la militancia, la clandestinidad y la cárcel, me habían tumbado una biblioteca detrás de otra. Había algo más.
Ausculté –diga 33- mi historia personal, para descubrir que cuando me marché de Argentina en el año 2000, porque la catástrofe se veía venir desde hacía por lo menos cinco años, mientras la clase media bailaba sobre el Titanic aferrada al uno a uno, disparé mis libros en cualquier dirección y me llevé solo tres. Cuando regresé de España, dejando atrás un naufragio personal, allá también quedaron muchos libros de la biblioteca que llegué a pensar que sería la última, y me traje solo dos. Todo era pérdida.
Es cierto que entre una cosa y la otra ayudé a la devastación de los bosques escribiendo y publicando diez u once novelas, más participaciones en varias antologías de relatos. Pero, en términos que tal vez quieren decir algo, entre los libros que voy acumulando ahora no hay ninguno mío.
Hace poco supe de Walter Benjamin, escritor y filósofo alemán, que afirmaba algo que puedo compartir: la biblioteca de alguien dice mucho de ese alguien. Sólo que Benjamin iba más allá. Amaba el libro objeto. Tanto que llegaba a afirmar que es difícil que el dueño de una biblioteca haya leído todos sus libros. “Sus” en términos de posesión, no de haberlos escrito. Y él, coherente, amarrocaba libros en una frondosa biblioteca personal.
Entonces pensé en su muerte. Judío como era tuvo que salir de raje perseguido por los nazis. Con cuatro cosas en la maleta llegó a España he hizo el intento de pasar a Francia por Portbou, en la frontera catalana, pero no lo dejaron. Como a muchos judíos, no los querían de ninguno de los dos lados de cualquier frontera. Hubo quién buscó el camino por izquierda y se largó a cruzar los montes. Walter Benjamin no era uno de esos. Tal vez algo se le había roto adentro. Cuando llegó a la convicción de que nunca lo dejarían pasar regresó a la mísera pensión donde tenía sus cosas, y se suicidó con cianuro. Fin de la historia de un hombre brillante.
Cronológicamente, primero supe de su muerte y luego de su biblioteca y su fervor por sumar libros, lo que me llevó a ver su muerte de otra manera. Tengo para mí que alimentar y conservar una biblioteca personal es una apuesta por la permanencia. Dicen que los novelistas nos atamos a la escritura porque, en el fondo, nos trae la ilusión de que no moriremos hasta terminar esa novela; lo que puede significar varios o muchos años. Y, se me ocurre, que una biblioteca es una apuesta por la eternidad, porque no tiene fin, y el hombre se puede sentir inmortal.
La broma, la mala broma, la broma sangrienta, fue que a Benjamin los nazis lo obligaron a abandonar su biblioteca. Y me imagino que para él tiene que haber sido un quiebre brutal. Se le había muerto la inmortalidad. Se la había asesinado la bestia.
Los que compartieron sus últimas horas dicen que si hubiera esperado unos días la historia habría sido distinta. Pero él no podía esperar.
Y bien, después de esta historia optimista, que invita a quemar los libros para no dejar atrás nada que duela, retorno a mi orfandad de bibliotecas, y no de lecturas. Otra vez Borges. El hombre que era su mejor metáfora -¿Qué otra cosa puede ser un ciego que dirige la Biblioteca Nacional, que una metáfora, vaya uno a saber de qué?- decía que alguien es culto cuando repite como propias palabras de libros que leyó y ha olvidado.
Al fin, los libros se pueden perder, pero lo que dejaron en el lector no se puede perder. Uno será siempre la suma de los libros que ha leído. El libro, el objeto libro, se puede perder en manos de los nazis, o de algún amigo que lo quería leer y nunca lo devolverá. Pero el libro intangible, el bueno, nos habrá dejado una marca.
De allí entonces que me parece que la vida, esa cosa que sucede aunque no nos guste para donde rumbea, puede ser como las bibliotecas. Y, ante los hechos, resulta más sano refugiarse en el fatalismo, y decir Alá es Alá, que viene a ser lo mismo que Dios sabe lo que hace.
 
(La foto pertenece a la sala de lectura de la Biblioteca Pública Arús, de Barcelona. Una sala donde me quedaría a vivir. Rosend Arús, masón, fue su impulsor y fue la primera biblioteca pública de España. En la actualidad es depositaria de material de la masonería y de las bibliotecas personales de dirigentes anarquistas que murieron en el exilio luego de la Guerra Civil y se las dejaron en custodia. Sobrevivió al franquismo cerrada por muchos años. Dicen que fue un falangista el que la protegió desde las sombras, porque entendía a los masones en el amor a la cultura y los libros).

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