“Lejos de los centros editoriales parecemos
escritores invisibles”
Por
Raúl Argemí
Este año, el premio Dashiell Hammett, que otorga la Semana Negra de Gijón
a la mejor novela negra escrita y publicada en castellano en cualquier parte
del mundo, fue dado a La estrategia del pequinés, de Alexis Ravelo. El
escritor, que nació y vive en Las Palmas de Gran Canaria, sería reconocido por
Roberto Arlt porque se construyó como tal por “prepotencia de trabajo”,
incursionando en novela dura, histórica, juvenil y también en relatos, al
tiempo que dicta un taller para niños donde se revela el talento creativo de
los más chicos.
Adelantándose a su llegada al país, más concretamente a Córdoba, para
participar en el festival Córdoba Mata a mediados de septiembre, Miradas alSur le propuso dialogar sobre la literatura y los lazos que unen a canarios
y suramericanos. También era tema obligado la crisis económica de España, su
reflejo en las islas y la inquietante movida del gobierno central que autorizó
exploraciones petroleras en un medio ambiente frágil, que los locales se
preocupan por preservar.
Como los escritores se comunican mejor por escrito, y el correo electrónico
pone las cosas fáciles, las preguntas volaron hacia las islas y de vuelta
llegaron las respuestas. Este es el resultado:
–Sus novelas, a las que habría que llamar “negro
policiales”para no confundirlas con las que agrupa en la serie La iniquidad
–que son muy negras pero de otra manera– se plantan sólidamente en el universo
de Canarias. ¿Bajo tanto sol y turista rozagante hay mucha maldad escondida?
–Decía Jim Thompson que sólo hay un argumento: las cosas no son lo que parecen.
El estereotipo de Canarias como lugar turístico (que lo es) tiende a velar el
hecho de que tiene ciudades relativamente importantes. Las Palmas de Gran
Canaria, por ejemplo, es una ciudad muy cosmopolita con una interesante
densidad de población. Digamos que es una ciudad con maneras de capital de
provincias pero vicios de gran ciudad. Y ya sabe usted cómo somos los seres
humanos: basta con que nos juntemos cinco para que a alguno se le ocurra
depredar al otro.
–¿Se puso a pensar que, porque suceden en una isla tal
vez sin escape, sus historias son de cuarto cerrado? Como isleño, ¿se siente,
subjetivamente, encarcelado por el mar, o sólo les sucede a sus personajes
cuando necesitan huir?
–Ese es, creo, uno de los asuntos principales de mis novelas: la isla como
microcosmos y la influencia del hecho insular en la conducta individual y
colectiva de quienes están sometidos a él. No tengo respuesta cierta a eso,
porque entiendo la literatura como una indagación (si pretendiera dar
respuestas, no escribiría novelas, sino catecismos). Pero la geografía siempre
condiciona al ser humano. En el caso de la insularidad, este condicionamiento
es bastante peculiar. Lo estudió muy bien un poeta canario, Pedro García
Cabrera, en un ensayo titulado El hombre en función del paisaje. Allí
dice que el mar es grillete. Y que, por eso, el tiempo del isleño (como el del
pampeano) transcurre en una aparente quietud, mirando al horizonte, del cual
han de llegar todos los evangelios. De hecho, esa insularidad (en sentido
geográfico) deviene insularidad (en sentido ontológico), como si el isleño
llevase siempre la isla por dentro. No se trata sólo de que vivamos en un sitio
que no puedes abandonar por carretera, sino de la propia percepción del
espacio.
–Los personajes de La estrategia del pequinés
son unos pobres tipos. Una prostituta de alto nivel que va camino del retiro.
Un par de tipos que nunca dieron un gran golpe pero sueñan con retirarse
poniendo un barcito, por ejemplo, con una “mexicaneada” a un traficante de
drogas que no es ni grande ni chico. Tenían todo para perder. ¿No se sintió
tentado de convertirlos en ganadores a todos?
–No. Es una historia de perdedores. Si hubiesen ganado, hubieran dejado de
serlo y no se trataría de la historia que yo quería contar. Desde el comienzo,
sabía que no podría salir bien. De hecho, incluso los que salen ganando, no son
del todo ganadores: todos sacrifican algo que les importa, todos acaban
sintiendo nostalgia de algo que dejaron atrás para sobrevivir.
–Respecto de la pregunta anterior: ¿cómo domina las
ganas de ser cómplice de los pobres chorizos, o chorizos pobres, y salvarles el
asado? ¿O les juega en contra para que la moral cristiana triunfe castigando al
criminal, como proponía en su decálogo Raymond Chandler?
–Por suerte, la moral cristiana siempre me importó tres pepinos. Uno trabaja
con lo que ve. Y lo que veo, normalmente, es que la cadena siempre se rompe por
el eslabón más débil. Como me dijo un fiscal en cierta ocasión, las cárceles no
están llenas exactamente de malos, sino de malos que no tienen dinero. Así
pues, aunque en algún momento la ficción me permita hacer algo de justicia
poética y hacer que alguno de mis choricillos salga más o menos indemne, la
cruda realidad es que las cosas no suelen ser así. Incluso, aunque no los
atrapen, cuando uno ejerce la violencia se acerca a un abismo al que acabará
cayendo. Yo escribo sobre eso: sobre el abismo.
–Usted lleva talleres de escritura para chicos, y
publicó literatura juvenil, al tiempo que escribe novelas negras rabiosas.
¿Cómo hace el cambio de uno a otro registro? ¿Es un cambio de mirada, un cambio
en las reglas de juego, algo obligado por quién dialoga con usted desde el otro
lado del libro, el lector?
–Es un cambio en las reglas del juego. No creo que existan temas sobre los que
no se puede hablar cuando uno escribe para lectores más jóvenes. Solo que hay
que cambiar las técnicas y los códigos. Para empezar, como dijo Roald Dahl, es
imprescindible el sentido del humor. Y luego, eso es cierto, hay en mi caso una
cierta responsabilidad. Uno escribe para lectores que se están formando: creo
que es necesario contribuir a que sean individuos libres de los prejuicios de
los que fue víctima mi generación. Por lo demás, trato en mis libros infantiles
todos los temas que podría tratar en mis libros para adultos. El año pasado,
por ejemplo, publiqué un libro de hadas, Las pruebas de Maguncia, en el
que se tocan temas como la desigualdad o el machismo.
–La condición de un escritor canario, respecto al
resto de España, tiene mucho de marginalidad, como si se tratara de un escritor
no español. ¿Haber ganado el Dashiell Hammett cree que le facilitará el camino
para ser conocido fuera del archipiélago?
–Como en cualquier otro país, los escritores lejanos a los grandes centros
editoriales (en el caso de España son Madrid y Barcelona) siempre tenemos
dificultades para hacernos visible. Pero los canarios, que vivimos en unas
islas situadas frente a otro continente, lo tenemos aún mucho más difícil que
los autores del País Vasco, Extremadura o Andalucía. Hay autores canarios de
mucha valía, tanto en narrativa como en poesía. Pero son casi absolutos
desconocidos en el resto del país, porque la condición insular ultraperiférica
dificulta las tareas de promoción. Yo, por ejemplo, comencé a publicar en el
año 2000. La estrategia del pequinés es mi decimotercer libro, mi
séptima novela. Pero fuera del Archipiélago, es como si fuese la primera. Así
que el Dashiell Hammett, aparte del honor y la alegría que supone (lo ganaron
muchos de mis escritores favoritos del género), es una gran ganancia para mí,
porque contribuye a situarme en el mapa. Antes era conocido en la península
solo para lectores de género muy especializados. Ahora, gracias al eco en los
medios, será posible llegar a otros lectores.
–Hablemos de identidades. Por la música caribeña del
habla canaria, que usted utiliza en sus novelas a despecho de los preceptos de la Real Academia
Española, los canarios son un puente entre América y Europa. ¿Eso confirma la
singularidad canaria, o es algo así como una doble identidad?
–Triple, porque también hay algo de africano en nuestro modo de ser. O más,
porque también, a lo largo del siglo XX hubo muchas influencias orientales.
Canarias fue la primera plaza española en ultramar. Muchos de los errores y
aciertos que el Imperio tuvo en América los ensayó primero allí, donde
arrasaron con una interesante cultura de origen bereber. Los primeros esclavos
que pisaron América eran canarios. Luego, Canarias fue siempre el puente, el
lugar de recalada. Estuvieron bajo la influencia española y portuguesa en su
tráfico con América, después bajo la británica en su relación colonial con
África, y más tarde recibieron antes que nadie las influencias de la cultura
hispanoamericana. Aparte de eso, en el caso de Gran Canaria, hubo grandes
aportes que tenían que ver con quienes recalaban en el puerto: una gran comunidad
indostaní, que hizo negocio tras la independencia de la India gracias a la
existencia de un puerto franco; o la presencia de las flotas pesqueras de Japón
y Corea del Sur. El primer sello discográfico de salsa, el primer restaurante
japonés y el primer gimnasio de taekwondo que se abrieron en España estuvieron
en Canarias. Todo esto, todas estas influencias (España, Portugal, Gran
Bretaña, Oriente, África e Hispanoamérica, sobre una cultura insular de origen
primigeniamente bereber) tienen que dar como resultado, casi obligatoriamente,
una forma muy diferente de ser y de pensar, que se expresa en un español rico y
musical, con influencias de muchas lenguas distintas. Como decía Wittgenstein,
los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo. Y el mundo,
cuando se vive en una encrucijada, es muy grande. Así, los canarios llamamos
“magua” a la nostalgia, “naife” a nuestro cuchillo típico, utilizamos el
anglicismo importado de Cuba “guagua” para denominar al colectivo. Pero hay
otras peculiaridades, como llamar “sopladeras” a los globos o hablar del futuro
en perífrasis, como si no creyéramos en la existencia de un futuro perfecto.
–En los sitios destinados al turismo universal los
centros hoteleros y hasta las discotecas, se hacen gemelas con Cancún, Miami o
Varadero. ¿Cómo conserva su identidad un escritor canario en medio de esa
fuerte tendencia hacia la supresión de lo propio?
–En la novela que publicaré el próximo año, hago algunas reflexiones a ese
respecto, cuando un personaje compara los paisajes turísticos de diferentes
zonas de España. Son algo así como si alguien se hubiera dedicado a cagarse en
el Paraíso. Por suerte, como decía antes, la identidad canaria es una especie
de esponja, que toma todo lo que viene de fuera y lo adapta a su peculiar
molde. Por lo tanto, uno hace de la necesidad virtud y aprovecha lo que puede
de esa posible impersonalidad. La cuestión es que mis historias no les ocurren
a los clientes de esos establecimientos hoteleros, sino a quienes trabajan en
ellos.
–El delito de alto vuelo que juega en ligas superiores
suele estar ligado a las esferas políticas. Su personaje de serie, Eladio
Monroy, rozó ese universo. ¿Usted prefiere a los protagonistas pobres porque no
se quiere meter con los pesos pesados, o es porque desconoce el submundo de las
finanzas y los ricos?
–Cuando uno escribe novela criminal, se dirige a un lector que busca que le
hablen acerca de la violencia. En Canarias no existen grandes delitos
violentos, pero alcanzamos altos niveles de corrupción en las altas esferas y
muchos delitos de cuello blanco. Yo utilizo siempre el crimen violento, el que
cometen los de abajo, para hablar de la violencia que más me preocupa, que es
esa violencia de arriba, la violencia estructural, porque la primera es circunstancial,
pero la otra es sistémica y, en mi opinión, intrínseca al capitalismo
desregulado. Pero si empiezo a hablar sobre eso, un lector de novela de
crímenes no se interesará. Así que hablo del crimen explícitamente violento y
dejo siempre el delito de cuello blanco como pregunta que lanzo al lector. Por
lo demás, sé que como autor tiene más miga, más materia que tratar, más vida
interior, quien no se sitúa en ese mundo de las altas finanzas.
–Al fin, en el fondo de toda novela negra el motor es
el dinero; hablemos de dinero. ¿La crisis económica española se nota menos en
Canarias? Si es así, ¿por qué los peninsulares no emigran en masa al
archipiélago, en cayucos, como lo hacen los subsaharianos?
–La crisis no se nota menos, se nota más. Tenemos uno de los mayores índices de
paro, records en paro juvenil y ha habido un preocupante repunte de personas
que viven bajo el umbral de la pobreza. Cosa paradójica, pues las cifras de
visitantes (nuestra principal industria es el turismo) no dejaron de crecer. Pero
ocurre que el canario tiene un modo peculiar de aguantar todo esto: siempre con
la sonrisa puesta. Una sonrisa de hiena, socarrona, pero sonrisa al fin.
Los gigantes, que no son molinos, amenazan la costa canaria.
–Hablemos de petróleo, ¿le parece? En Canarias, por el
turismo y por conciencia ambiental protegieron sus costas y los habitats
marinos que cobijan especies como los cachalotes, por ejemplo. Pero el gobierno
español autorizó perforaciones de exploración, con vista a la extracción. Eso
generó una dura controversia. ¿Es un acto de irresponsabilidad, de corrupción,
o de desprecio por los resultados sobre ese pedazo de tierra más africano que
europeo?
–Es las tres cosas al mismo tiempo. Desoyendo todos los informes técnicos de
los ambientólogos, las advertencias de organizaciones como el Fondo Mundial
para la Naturaleza
o Greenpeace, las protestas de las autoridades de los lugares afectados y aun
de la ciudadanía, que se manifestó en masa en contra de estas prospecciones, el
ministerio de Industria (cartera que paradójicamente detenta un canario, don
José Manuel Soria, viejo conocido de los argentinos como defensor de Repsol)
promovió un rápido proceso para autorizar a que Repsol realice unas
prospecciones a una distancia entre cincuenta y sesenta kilómetros de las
costas canarias, en el talud continental, a profundidades realmente
inquietantes. Casi en plena zona de paso de cetáceos, algo importante no solo
para Canarias, sino para el mundo. No es ya que nos preocupe la posibilidad de
un vertido, sino que ya los propios sondeos resultan de una inquietante agresividad
hacia el hábitat marino. Y, encima, ni siquiera se trataría de un crudo que
viniese a aliviar las necesidades energéticas del país, porque la concesión se
hace a una corporación privada que podrá especular luego con ese crudo en el
mercado internacional (y probablemente acabará haciéndolo). Así pues, estamos
ante unos señores que decidieron jugar con cosas que no tienen repuesto para
obtener un beneficio económico privado, jugar a la ruleta rusa con un revólver
que no apunta hacia su propia cabeza, sino a la nuestra, la de los canarios. Un
ejemplo: el 90% del agua que se consume en la isla de Fuerteventura (la más
cercana a las prospecciones) es agua de mar desalinizada. Un potencial vertido
supondría una catástrofe, el absoluto desabastecimiento para esa isla.
Políticamente, el asunto abrió una brecha entre las autoridades de las Islas y
las del Gobierno Central. Pero, más allá de la política inmediata, hablamos de
una actividad de alto riesgo, impuesta con absoluta desfachatez y con la mayor
prepotencia por un gobierno al servicio de las mayores empresas, poniendo en
peligro algo que es de todos (y por tanto no es de nadie) y que tiene la
obligación de preservar. Eso por no entrar en que Canarias es un lugar
privilegiado para la obtención de energías alternativas, actividad en la que
podríamos ser punteros. Una de las islas occidentales, El Hierro, acaba de
conseguir no depender del petróleo para generar energía eléctrica. Tenemos mar,
viento y sol de sobra para generar electricidad. Pero el actual gobierno, desde
su llegada, suprimió las ayudas a las energías limpias. Uno no puede dejar de
pensar que aquellos que han sido elegidos para defender el bien común se
dedican, más bien, a defender los intereses privados.
–Usted señaló alguna vez que “la literatura no se mide
por autores, sino por libros”; que un autor muy malo puede parir un gran libro
y un gran autor escribir a su vez libros mediocres. ¿Se permite la posibilidad
de equivocarse, de no apostar a ganador con lo conocido, cuando encara un nuevo
libro?
–Sigo creyendo eso: que lo importante no es el currículum o la personalidad del
autor, sino la calidad del texto. Lo demás es prestigio académico o
mercadotecnia. Por eso, pienso mucho antes de encarar cada nuevo proyecto,
porque un buen lector no perdona una mala obra. Me planteo mi trabajo como un
continuo aprendizaje, en el que me propongo retos. Si mi nuevo proyecto no va a
ser mejor o, al menos, distinto del anterior, no tiene sentido iniciarlo. De
ahí que, aunque me mueva siempre en parámetros similares, siempre intente hacer
algo diferente (hay que decir que el resultado no siempre es satisfactorio,
porque el libro siempre será mejor en tu cabeza que sobre el papel, pero si del
cielo te caen limones...). Sin embargo, también es cierto que, en ocasiones,
hay argumentos y temas, e incluso estilos, dictados por algo que está más allá
de ti mismo. O en ti mismo, y en un nivel tan profundo que no eres capaz de
determinar dónde. El caso es que, a veces, una determinada historia te arrastra
y casi te obliga a escribirla. A mí me ha sucedido en muy pocas ocasiones, con Los
días de mercurio o con Las fauces de Amial (una novela infantil de
terror): libros en los que me vi inmerso de pronto y que me llevaron a
temporadas realmente obsesivas. En esos casos uno puede olvidarse de comer, de
dormir o hasta de asearse: todo es texto, hasta cuando no estás al escritorio.
–Manuel Vázquez Montalbán decía que su Pepe Carvalho
era su herramienta de denuncia. ¿Considera realmente que el escritor es un
intelectual con obligación de dar testimonio?
–Mi idea de la figura del intelectual se corresponde con algo mucho más alto y
mejor de lo que yo soy. A uno le hubiera gustado ser Walter Benjamin, Michel
Foucault, Ludwig Wittgenstein o María Zambrano, pero acabó quedándose en lo que
su pobre intelecto y sus circunstancias personales le permitieron. Sin embargo,
aunque solo me dedique a escribir ficciones (o incluso ensayo), sí que tengo
ciertas preocupaciones sociopolíticas, éticas o, incluso, ontológicas que no
puedo evitar que se cuelen en mis textos. Más que una obligación autoimpuesta,
es una circunstancia, algo inevitable que, ya que no puedo soslayar, prefiero
asumir. En cuanto a los demás, creo que el concepto de obligación no tiene
demasiado que ver con el hecho creativo. Así que cada uno debe bregar con la
concepción del mundo y de la é(sté)tica que considere oportunas. Eso sí: si uno
decide adoptar una postura conformista con el establishment o darse a la pura
evasión (lo que viene a ser la misma cosa), luego no puede ir por el mundo
presumiendo de profundo o de haberse mojado. No tengo nada contra la
superficialidad, pero sí ontra las imposturas.
BONUS TRACK
Gofio, papas, calima y la Chacarita
A los ojos de un “sudaca” –gentilicio despectivo
aplicado por los peninsulares a todos los sudamericanos–, Canarias es el sitio
de las sorpresas y los asombros., porque el contacto a tres puntas, Europa,
África y Latinoamérica, se manifiesta en un vital mestizaje de usos y
costumbres .
Por ejemplo, que cuando alguien conocido ha muerto, la frase coloquial para
contarlo sea “se fue para la
Chacarita”. Por supuesto, sólo los estudiosos del habla y de
sus particularidades, son capaces de señalar que la referencia, tan porteña, es
el cementerio de la
Chacarita. ¿Cómo y cuándo cruzó el charco? La misma pregunta
pero en sentido geográfico inverso cabría para el gofio, producto de consumo
infantil y argentino hasta los años ‘50 que, por su calidad de polvo azucarado,
a pocos pasos del kiosco ya motivaba atragantamientos y toses que sembraban
gofio sobre el mundo cercano, como parte de la fiesta. Pocas cosas pueden ser
más canarias que el gofio, un molido fino de trigo o maíz, levemente tostado,
que se agrega como espesante desde la sopa hasta los guisos, pasando por las
mamaderas, o con azúcar y de postre. En aquellos ‘50, la frase despectiva hacia
aquel a quien faltaba calle era, “a este lo criaron a gofio”. Y, por si fuera
poco que la música en el habla de los canarios está a mitad de camino entre
Venezuela y Cuba, el sudaca descubre que ellos también se sienten sudacas y que
por eso no dudan llamar “papa” a la papa y “banana” a la banana, en
contradicción con el resto de España, donde son “patatas” y “plátanos”.
La convicción de que se está en un sitio distinto a lo que enuncia su integración
política llega inevitablemente un día de calima. Y hay calima cuando sopla el
Siroco sobre los desiertos del Sahara y el Sahel. El aire se espesa sobre las
islas, el cielo enrojece, una fina arenilla opaca hasta la respiración, y se
toma conciencia de que Canarias está a un paso de África y tres horas de vuelo
de España.
Bajo la calima, y mirando esa como neblina que desdibuja un mar infinito, el
viajero rioplatense no se asombraría de ver galeones y piratas llegando desde
las Antillas, y la música de un bandoneón añorando nieblas del Riachuelo.