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jueves, 11 de agosto de 2016

Del paso del tiempo y los cachivaches


“Año 2054. Mis nietos están explorando el desván de mi casa. Descubren una carta fechada en 2004 y un CD-ROM. La carta dice que ese disco CD-ROM que tienen entre manos contiene un documento en el que se da la clave para heredar mi fortuna. Mis nietos tienen una viva curiosidad por leer el CD, pero jamás han visto uno salvo en las viejas películas. Aún cuando localizaran un lector de discos adecuado ¿cómo lograrían hacer funcionar los programas necesarios para la interpretación del disco? ¿Cómo podrían leer mi anticuado documento digital? Dentro de 50 años lo único directamente legible será la carta. JEFF ROCHENBERG.”
(Del libro “Nocilla Dream”, de Agustín Fernández Mallo, un muy interesante escritor, y una rara avis, para ser español: lee y admira a Borges.) 



“Año 1993. Museo de los inmigrantes en General Roca. Un viejo tocadiscos con un disco de pasta de 78 rpm. ¡Uy, yo tuve de estos discos! Claro, después vinieron los de 33 rpm y los long play, digo, para mi hija Marina, que señala con el dedo eso, redondo y negro y, desde su inocencia de loco bajito, dice ¿Y esto qué es? En un segundo entiendo lo que significa quedar obsoleto, uno, y respondo: un CD muy antiguo. ¡Ah!, dice, qué grandes eran.” RAÚL ARGEMí, a propósito de la velocidad del tiempo y la tecnología.


domingo, 8 de febrero de 2015

Argentinos: arma de destrucción masiva


Jorge Luis Borges, el hombre metáfora, ciego al comando de una biblioteca nacional, el mismo que aseguró que el truco, el juego del truco, era la mejor síntesis del ser nacional: mentira, farol y parada, alguna vez ironizó que los argentinos descendían de los barcos. Esta afirmación forzó un rictus en la frente de Colin Powell, ex general cuatro estrellas estadounidense, cuando fue confrontado por un becario suplente de sociales, cultura y espectáculo en un periódico no muy conocido de Santa Bárbara, California. Allí, entre música de los Beach Boys y alternadoras de minifalda, Powell –el mismo que denunció la existencia, inexistente, de armas de destrucción masiva en Irak– compartía mojitos con dos agentes de la CIA, uno disfrazado de rapero cubano y el otro de fallera valenciana. No hay fotografías del hecho porque el dueño del tugurio portuario, un ex fabricante argentino de pañales para bebé que quebró con la crisis del 2001 y cambió de rubro, apuesta por el bajo perfil y la media luz. 
Hubiera sido mejor, dijo, pensativo, el hombre de las cuatro estrellas, que los argentinos no hubieran bajado nunca de los barcos. Al pasante, becario, dragoneante de periodista, que había hecho una pregunta sobre cultura general robada de Google, tal vez para poner en aprietos al general de origen jamaiquino, se le escaparon las implicancias de la respuesta, toda vez que en los muelles de Santa Bárbara (California-EE.UU.) flamea la bandera argentina. Junto a la rusa, la yanqui y la española, pero flamea.
Al que no se le escaparon es al analista de política internacional que nos puso sobre la pista. El papelón de las armas de destrucción masiva, que quedó como un trauma flotante en la psiquis del guerrero, volvía en una nueva versión, que implicaba a los argentinos. Tal afirmación puede hacer pensar que dicho analista, que después de la revelación cambió de nombre y buscó refugio en lo que queda de Krakatoa, entre Java y Sumatra, esgrimiendo lejano parentesco con Sandokán, necesita un par de electroshocks, pero su recuento de hechos conduce a otras conclusiones. Es que la coincidencia de Powell con la bandera argentina en Santa Bárbara y la extraña afirmación de deseo de que nunca hubieran bajado de los barcos, daba mucho jugo. Ordenando los factores todo se ve más claro.
A caballo entre 1817 y 1818, Hipólito Bouchard, uno que había nacido en otra parte pero había bajado del barco en Argentina para hacerse marinero y argentino, volvió a bajar del barco, esta vez de guerra, con su diploma de corsario oficial en el bolsillo, para ocupar Monterrey, todavía española, un cacho al sur de San Francisco. Saqueo mediante, de algo tiene que vivir un corsario, la bandera argentina flameó seis días, liberando Monterrey. Pero había que trabajar, y Bouchard siguió hacia el sur.
Completaría su singladura de combate liberando de godos y gachupines Santa Bárbara y San Juan de Capistrano, ese sitio mitológico desde donde parten, dicen, las golondrinas que llegarán hasta Buenos Aires para de los balcones sus nidos a colgar.
Es cierto que fueron liberaciones más bien simbólicas, de corta duración, pero fueron.
Tras los pasos del toco y me voy de Hipólito Bouchard, un día de 1982, Diego Armando Maradona, un morochito que la rompía, desembarcó en Europa, jugando para el Barcelona. Hasta ahí era lo que parecía, un talentoso jugador de fútbol, pero un día se fue a jugar al Nápoles de Italia y empezó a cambiar de música. En poco tiempo, consustanciado con la identidad “cabecita negra” de los tanos del sur, se convirtió en el más odiado para los italianos del norte, que se ven más cerca de los austríacos que de los sicilianos. Como un auténtico artista del dadaísmo, como un émulo de Salvador Dalí, se compró un par de Ferraris de lujo delirante y mientras soltaba incomodidades verbales incomprensibles por surrealistas –atribuidas a los malos hábitos por las malas lenguas–, se paseaba con abrigos de piel que recordaban aquel tapado de armiño todo forrado en lamé, que tu cuerpito abrigaba al salir del cabaret, que narraba un tango. Pero eso fue sólo el comienzo, porque su carrera en esa dirección se definió aún más al hacerse amigo de Fidel Castro y Hugo Chávez, desnudando así su verdadera identidad anárquica y antisistema, camuflada tras el peronismo. Pero nadie advirtió que Maradona no era una mosca blanca. Que podía ser la cabecera de playa de un desembarco a largo plazo, parte de un arma de destrucción masiva, como pensaba, según nuestro analista, el pobre Colin, mojito mediante, en un tugurio de Santa Bárbara.
Hace poco, muy poco, en España, un país sin izquierda política durante, al menos, el último medio siglo, apareció Podemos. Para nuestro analista refugiado en lo que queda de Krakatoa, son “Felipe González con Internet”. Para el franquismo gobernante y su correlato bipartidista o bipolar, son la peste roja, el fin del mundo conocido. Lo cierto es que ante la sorpresa universal metieron cuatro diputados en el Parlamento Europeo. Y uno de ellos, Pablo Echenique-Robba, nació en Rosario, Argentina, y reparte su corazón entre el Barça y Newell’s Old Boys.
El caso no era para preocuparse porque, en rigor, los eurodiputados pinchan poco y cortan menos, sólo que a los astutos estrategas de la inteligencia internacional no se les pasa nada, con lo que abrieron ficha y relacionaron datos. Sospechas, teorías de conspiración que se confirmaron en muy poco tiempo en Grecia, un país sangrado por las imposiciones de sus socios mayores en la comunidad europea, subordinados y cómplices del Fondo Monetario Internacional. Rechiflados, los griegos decidieron patear el tablero y votaron a Syriza, una propuesta de izquierda que mira para Latinoamérica y se dice, si a esos, que los hizo bolsa el FMI, les va bien, probemos. 
No es motivo de esta nota el análisis político de Syriza, sino la alimentación de la conspiranoia: el viceministro de Defensa, o coministro, se llama Costas Isychos, es nieto de griegos, nació en Quilmes, provincia de Buenos Aires, y es hincha de Independiente de Avellaneda.
Se puede argumentar que Pablo Echenique-Robba y Costas Isychos, por las razones que fueran, no viven en Argentina. Pero ese patriotismo de bajo vuelo olvida que las dictaduras y el neoliberalismo sembraron el mundo de argentinos, y que los argentinos vienen subiendo y bajando de los barcos desde el siglo XIX, y por parecidas razones. En todo caso, lo que cuenta, es que más allá de Máxima Zorreguieta, argentina y reina de Holanda, que puede considerarse una jugada de distracción, el desembarco argentino, con su raíz de truco, fútbol y populismo explica la preocupación de Colin Powell. Al fin, entre Maradona y el rosarino y el quilmeño, aterrizó un porteño, hincha de San Lorenzo de Almagro, para quedarse con la corona de uno de los estados más pequeños y poderosos del mundo, El Vaticano, tomando como nombre de guerra el de Francisco.

Nuestro analista anónimo, a la convicción de que lo dicho por Colin Powell implica la calificación de arma de destrucción masiva para los argentinos, lo que podría explicar los ataques de fondos buitre, sumó como observador inquisitivo que en el tugurio del ex fabricante de pañales el ex general bebía mojitos, un trago cubano por excelencia. Lo dijo, guiñó un ojo cómplice y suspicaz y desapareció hacia el mar de Java sin explicar qué tiene que ver una cosa con otra. Es lo que tienen los analistas. No se puede confiar. Siempre inventan algo. Quien puede creer que sea descendiente de Sandokán.
Publicado en Miradas al Sur

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domingo, 26 de octubre de 2014

La vida, las bibliotecas y un suicida



Pequeñas columnas para sostener una radio (1)
La vida, las bibliotecas y un suicida
A veces a uno le proponen escribir sobre la vida que tuvo, la que esperó o la que quería, y puede terminar hablando de los libros y las bibliotecas. Una cosa y la otra parecen tener tanto que ver como la economía pragmática y la inmortalidad del cangrejo. Pero, puestos a pensar, aun negando que todo tenga que ver con todo, el psicoanalista que no tengo, tuve, ni tendré –soy globalmente ateo- diría que si pensar sobre la vida, la propia, tuvo un eco de bibliotecas perdidas, debe ser por algo.
Sí, al fin de cuentas se trata de bibliotecas perdidas. Amo tanto la lectura como la escritura y el sexo, aunque esto último queda afuera de este texto. Aprendí a leer de la mano de mi padre cuando tenía cinco años y aún no he podido parar. Leo indiscriminadamente, con un solo mandato, el mismo que teníamos con Cecilia Boggio cuando hacíamos para Canal 10 de Río Negro “El Señalador”, un programa sobre libros, escritores, y el mundo en el que habían vivido y escrito: si a la página veinte no se lleva bien con el libro, déjelo sin culpa. Jorge Luis Borges decía ante ese caso de incompatibilidad manifiesta, que había que dejarlo. En ese momento ese libro no estaba para ese lector, y ese lector no estaba para ese libro. Si no se peleaban, tal vez podrían a encontrarse en algún momento futuro. Resultado: leo dos o tres por semana y algunos son pateados en la página veinte, que es una referencia, porque puede ser antes o poco después.
Pero vuelvo a las bibliotecas, y la envidia que sentí muchos años por aquellos que han ido atesorando libros, y eran capaces de tener los de sus primeros años como lectores. Luego, un día, no hace mucho, pensando en Walter Benjamin, acepté que eso no era para mí. Que no se trataba solo de que la mala vida, pongamos que la militancia, la clandestinidad y la cárcel, me habían tumbado una biblioteca detrás de otra. Había algo más.
Ausculté –diga 33- mi historia personal, para descubrir que cuando me marché de Argentina en el año 2000, porque la catástrofe se veía venir desde hacía por lo menos cinco años, mientras la clase media bailaba sobre el Titanic aferrada al uno a uno, disparé mis libros en cualquier dirección y me llevé solo tres. Cuando regresé de España, dejando atrás un naufragio personal, allá también quedaron muchos libros de la biblioteca que llegué a pensar que sería la última, y me traje solo dos. Todo era pérdida.
Es cierto que entre una cosa y la otra ayudé a la devastación de los bosques escribiendo y publicando diez u once novelas, más participaciones en varias antologías de relatos. Pero, en términos que tal vez quieren decir algo, entre los libros que voy acumulando ahora no hay ninguno mío.
Hace poco supe de Walter Benjamin, escritor y filósofo alemán, que afirmaba algo que puedo compartir: la biblioteca de alguien dice mucho de ese alguien. Sólo que Benjamin iba más allá. Amaba el libro objeto. Tanto que llegaba a afirmar que es difícil que el dueño de una biblioteca haya leído todos sus libros. “Sus” en términos de posesión, no de haberlos escrito. Y él, coherente, amarrocaba libros en una frondosa biblioteca personal.
Entonces pensé en su muerte. Judío como era tuvo que salir de raje perseguido por los nazis. Con cuatro cosas en la maleta llegó a España he hizo el intento de pasar a Francia por Portbou, en la frontera catalana, pero no lo dejaron. Como a muchos judíos, no los querían de ninguno de los dos lados de cualquier frontera. Hubo quién buscó el camino por izquierda y se largó a cruzar los montes. Walter Benjamin no era uno de esos. Tal vez algo se le había roto adentro. Cuando llegó a la convicción de que nunca lo dejarían pasar regresó a la mísera pensión donde tenía sus cosas, y se suicidó con cianuro. Fin de la historia de un hombre brillante.
Cronológicamente, primero supe de su muerte y luego de su biblioteca y su fervor por sumar libros, lo que me llevó a ver su muerte de otra manera. Tengo para mí que alimentar y conservar una biblioteca personal es una apuesta por la permanencia. Dicen que los novelistas nos atamos a la escritura porque, en el fondo, nos trae la ilusión de que no moriremos hasta terminar esa novela; lo que puede significar varios o muchos años. Y, se me ocurre, que una biblioteca es una apuesta por la eternidad, porque no tiene fin, y el hombre se puede sentir inmortal.
La broma, la mala broma, la broma sangrienta, fue que a Benjamin los nazis lo obligaron a abandonar su biblioteca. Y me imagino que para él tiene que haber sido un quiebre brutal. Se le había muerto la inmortalidad. Se la había asesinado la bestia.
Los que compartieron sus últimas horas dicen que si hubiera esperado unos días la historia habría sido distinta. Pero él no podía esperar.
Y bien, después de esta historia optimista, que invita a quemar los libros para no dejar atrás nada que duela, retorno a mi orfandad de bibliotecas, y no de lecturas. Otra vez Borges. El hombre que era su mejor metáfora -¿Qué otra cosa puede ser un ciego que dirige la Biblioteca Nacional, que una metáfora, vaya uno a saber de qué?- decía que alguien es culto cuando repite como propias palabras de libros que leyó y ha olvidado.
Al fin, los libros se pueden perder, pero lo que dejaron en el lector no se puede perder. Uno será siempre la suma de los libros que ha leído. El libro, el objeto libro, se puede perder en manos de los nazis, o de algún amigo que lo quería leer y nunca lo devolverá. Pero el libro intangible, el bueno, nos habrá dejado una marca.
De allí entonces que me parece que la vida, esa cosa que sucede aunque no nos guste para donde rumbea, puede ser como las bibliotecas. Y, ante los hechos, resulta más sano refugiarse en el fatalismo, y decir Alá es Alá, que viene a ser lo mismo que Dios sabe lo que hace.
 
(La foto pertenece a la sala de lectura de la Biblioteca Pública Arús, de Barcelona. Una sala donde me quedaría a vivir. Rosend Arús, masón, fue su impulsor y fue la primera biblioteca pública de España. En la actualidad es depositaria de material de la masonería y de las bibliotecas personales de dirigentes anarquistas que murieron en el exilio luego de la Guerra Civil y se las dejaron en custodia. Sobrevivió al franquismo cerrada por muchos años. Dicen que fue un falangista el que la protegió desde las sombras, porque entendía a los masones en el amor a la cultura y los libros).