Mostrando las entradas con la etiqueta Fidel Castro. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Fidel Castro. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de febrero de 2015

Argentinos: arma de destrucción masiva


Jorge Luis Borges, el hombre metáfora, ciego al comando de una biblioteca nacional, el mismo que aseguró que el truco, el juego del truco, era la mejor síntesis del ser nacional: mentira, farol y parada, alguna vez ironizó que los argentinos descendían de los barcos. Esta afirmación forzó un rictus en la frente de Colin Powell, ex general cuatro estrellas estadounidense, cuando fue confrontado por un becario suplente de sociales, cultura y espectáculo en un periódico no muy conocido de Santa Bárbara, California. Allí, entre música de los Beach Boys y alternadoras de minifalda, Powell –el mismo que denunció la existencia, inexistente, de armas de destrucción masiva en Irak– compartía mojitos con dos agentes de la CIA, uno disfrazado de rapero cubano y el otro de fallera valenciana. No hay fotografías del hecho porque el dueño del tugurio portuario, un ex fabricante argentino de pañales para bebé que quebró con la crisis del 2001 y cambió de rubro, apuesta por el bajo perfil y la media luz. 
Hubiera sido mejor, dijo, pensativo, el hombre de las cuatro estrellas, que los argentinos no hubieran bajado nunca de los barcos. Al pasante, becario, dragoneante de periodista, que había hecho una pregunta sobre cultura general robada de Google, tal vez para poner en aprietos al general de origen jamaiquino, se le escaparon las implicancias de la respuesta, toda vez que en los muelles de Santa Bárbara (California-EE.UU.) flamea la bandera argentina. Junto a la rusa, la yanqui y la española, pero flamea.
Al que no se le escaparon es al analista de política internacional que nos puso sobre la pista. El papelón de las armas de destrucción masiva, que quedó como un trauma flotante en la psiquis del guerrero, volvía en una nueva versión, que implicaba a los argentinos. Tal afirmación puede hacer pensar que dicho analista, que después de la revelación cambió de nombre y buscó refugio en lo que queda de Krakatoa, entre Java y Sumatra, esgrimiendo lejano parentesco con Sandokán, necesita un par de electroshocks, pero su recuento de hechos conduce a otras conclusiones. Es que la coincidencia de Powell con la bandera argentina en Santa Bárbara y la extraña afirmación de deseo de que nunca hubieran bajado de los barcos, daba mucho jugo. Ordenando los factores todo se ve más claro.
A caballo entre 1817 y 1818, Hipólito Bouchard, uno que había nacido en otra parte pero había bajado del barco en Argentina para hacerse marinero y argentino, volvió a bajar del barco, esta vez de guerra, con su diploma de corsario oficial en el bolsillo, para ocupar Monterrey, todavía española, un cacho al sur de San Francisco. Saqueo mediante, de algo tiene que vivir un corsario, la bandera argentina flameó seis días, liberando Monterrey. Pero había que trabajar, y Bouchard siguió hacia el sur.
Completaría su singladura de combate liberando de godos y gachupines Santa Bárbara y San Juan de Capistrano, ese sitio mitológico desde donde parten, dicen, las golondrinas que llegarán hasta Buenos Aires para de los balcones sus nidos a colgar.
Es cierto que fueron liberaciones más bien simbólicas, de corta duración, pero fueron.
Tras los pasos del toco y me voy de Hipólito Bouchard, un día de 1982, Diego Armando Maradona, un morochito que la rompía, desembarcó en Europa, jugando para el Barcelona. Hasta ahí era lo que parecía, un talentoso jugador de fútbol, pero un día se fue a jugar al Nápoles de Italia y empezó a cambiar de música. En poco tiempo, consustanciado con la identidad “cabecita negra” de los tanos del sur, se convirtió en el más odiado para los italianos del norte, que se ven más cerca de los austríacos que de los sicilianos. Como un auténtico artista del dadaísmo, como un émulo de Salvador Dalí, se compró un par de Ferraris de lujo delirante y mientras soltaba incomodidades verbales incomprensibles por surrealistas –atribuidas a los malos hábitos por las malas lenguas–, se paseaba con abrigos de piel que recordaban aquel tapado de armiño todo forrado en lamé, que tu cuerpito abrigaba al salir del cabaret, que narraba un tango. Pero eso fue sólo el comienzo, porque su carrera en esa dirección se definió aún más al hacerse amigo de Fidel Castro y Hugo Chávez, desnudando así su verdadera identidad anárquica y antisistema, camuflada tras el peronismo. Pero nadie advirtió que Maradona no era una mosca blanca. Que podía ser la cabecera de playa de un desembarco a largo plazo, parte de un arma de destrucción masiva, como pensaba, según nuestro analista, el pobre Colin, mojito mediante, en un tugurio de Santa Bárbara.
Hace poco, muy poco, en España, un país sin izquierda política durante, al menos, el último medio siglo, apareció Podemos. Para nuestro analista refugiado en lo que queda de Krakatoa, son “Felipe González con Internet”. Para el franquismo gobernante y su correlato bipartidista o bipolar, son la peste roja, el fin del mundo conocido. Lo cierto es que ante la sorpresa universal metieron cuatro diputados en el Parlamento Europeo. Y uno de ellos, Pablo Echenique-Robba, nació en Rosario, Argentina, y reparte su corazón entre el Barça y Newell’s Old Boys.
El caso no era para preocuparse porque, en rigor, los eurodiputados pinchan poco y cortan menos, sólo que a los astutos estrategas de la inteligencia internacional no se les pasa nada, con lo que abrieron ficha y relacionaron datos. Sospechas, teorías de conspiración que se confirmaron en muy poco tiempo en Grecia, un país sangrado por las imposiciones de sus socios mayores en la comunidad europea, subordinados y cómplices del Fondo Monetario Internacional. Rechiflados, los griegos decidieron patear el tablero y votaron a Syriza, una propuesta de izquierda que mira para Latinoamérica y se dice, si a esos, que los hizo bolsa el FMI, les va bien, probemos. 
No es motivo de esta nota el análisis político de Syriza, sino la alimentación de la conspiranoia: el viceministro de Defensa, o coministro, se llama Costas Isychos, es nieto de griegos, nació en Quilmes, provincia de Buenos Aires, y es hincha de Independiente de Avellaneda.
Se puede argumentar que Pablo Echenique-Robba y Costas Isychos, por las razones que fueran, no viven en Argentina. Pero ese patriotismo de bajo vuelo olvida que las dictaduras y el neoliberalismo sembraron el mundo de argentinos, y que los argentinos vienen subiendo y bajando de los barcos desde el siglo XIX, y por parecidas razones. En todo caso, lo que cuenta, es que más allá de Máxima Zorreguieta, argentina y reina de Holanda, que puede considerarse una jugada de distracción, el desembarco argentino, con su raíz de truco, fútbol y populismo explica la preocupación de Colin Powell. Al fin, entre Maradona y el rosarino y el quilmeño, aterrizó un porteño, hincha de San Lorenzo de Almagro, para quedarse con la corona de uno de los estados más pequeños y poderosos del mundo, El Vaticano, tomando como nombre de guerra el de Francisco.

Nuestro analista anónimo, a la convicción de que lo dicho por Colin Powell implica la calificación de arma de destrucción masiva para los argentinos, lo que podría explicar los ataques de fondos buitre, sumó como observador inquisitivo que en el tugurio del ex fabricante de pañales el ex general bebía mojitos, un trago cubano por excelencia. Lo dijo, guiñó un ojo cómplice y suspicaz y desapareció hacia el mar de Java sin explicar qué tiene que ver una cosa con otra. Es lo que tienen los analistas. No se puede confiar. Siempre inventan algo. Quien puede creer que sea descendiente de Sandokán.
Publicado en Miradas al Sur

.

lunes, 19 de enero de 2015

Revoluciones y contras, color de ron

La historia de la popular bebida que une al fundador catalán Facundo Bacardí con algunos aspectos ocultos de la historia revolucionaria de la isla rebelde. De aquel pionero a la vuelta a Cuba luego del acuerdo con los EE.UU.
Facundo Bacardí I
Facundo Bacardí III

Bacardí y el bloqueo a Cuba
En 1862, el inmigrante catalán don Facundo Bacardí Massó, fundó en Santiago de Cuba la destilería de ron más famosa del mundo, que en 1960 fue intervenida por la naciente revolución de Fidel Castro, razón que motivó su traslado a Puerto Rico. Pero, a la luz del reciente acercamiento entre La Habana y Washington, el heredero del emporio que produce el ron Bacardí ha dicho que quiere regresar a Cuba, ahora que parece estar cambiando de rumbo. “Cuba pasó de una postura de línea dura, bajo Fidel, a Raúl Castro, que está dando pasos de bebé”, así de tajante ha sido Facundo Bacardí III, en unas declaraciones que, una vez más, han tenido un fuerte impacto en la comunidad exiliada cubana del sur de Florida. Probablemente alguno recordó que la empresa Bacardí fue un motor importante en las políticas anticastristas, participando, incluso, en la redacción de la ley Helms-Burton, en que se basó el bloqueo económico. Más aún, Pepín Bosch, máximo directivo de la multinacional en los años ’60, organizó el bombardeo de las refinerías de petróleo de Cuba, acción que no se concretó porque los delataron, y en el diario The New York Times apareció la foto del bombardero B-26, sobrante de la Segunda Guerra.
Entre el primer Facundo y el tercero hay una larga historia de inmigración, alcoholes, revoluciones y contrarrevoluciones, en que se mezclan Cuba y Cataluña como una misma cosa. Una saga que comienza antes, en 1791, cuando la rebelión de los esclavos en Haití que trajo la destrucción de los ingenios azucareros. Cuba, que entonces contaba con 300.000 habitantes, se convirtió en el monopolio de las exportaciones de azúcar hacia Europa, y algo más, porque para 1860 había más de 1.000 destilerías en la isla. Sólo que el ron era una bebida áspera, fuerte, reservada a los piratas del Caribe y los esclavos. Los cubanos de mayor linaje preferían el vino, que llegaba en galeones desde España, y con los calores del trópico y el bamboleo del Atlántico solía transformarse en vinagre. De aquel tiempo, seguramente, ha sobrevivido un trago popular en Cataluña, el ron quemado. Importa poco la calidad del mismo, porque se le agrega azúcar, un puñado de granos de café y se lo prende fuego, con lo que si es poco civilizado casi no se nota.
Bebida de pobres. Sería la Guerra de la Independencia, en 1895, el punto de viraje para que esta bebida cambiara de linaje. Las tropas españolas enviadas a sofocar el alzamiento compartían con la casta hispano criolla el origen, pero no sus vinos, porque eran tan pobres como los más pobres de los cubanos y, como ellos, cataban el ron barato, tosco y grueso, que raspaba la garganta y que invadía las tabernas y los puertos. El vino se había vuelto caro y lejano, y hasta la oligarquía cubana volvió su mirada hacia el ron, reparando en que no todo era áspero: estaba el que producía Facundo Bacardí, que había ganado la Medalla de Oro en la Exposición Universal de Filadelfia de 1876.
¿Quién era el primer Facundo Bacardí? Como muchos catalanes había puestos sus miras en Cuba, hacia la que se embarcó desde su ciudad natal, Sitges, a los quince años, para hacer fortuna. Seguramente llevaba como consigna un axioma con el que se definen sus paisanos: Els catalans de les pedres fan pans (Los catalanes de las piedras hacen pan.) Fueron muchas las fortunas que se hicieron en la isla lagarto verde, y los enriquecidos, cuando volvieron a sus orígenes, se construyeron mansiones barrocas, alejadas de la sobriedad local, justificando el apelativo de “indianos”. Pero en ese cruce del mar ida y vuelta la inevitable nostalgia parió música, las habaneras, cuya melodía fue una de las vertientes del tango. Aparte de eso, su contracción al trabajo, y el hecho de que por lo general ocupaban puestos modestos, en el rango más bajo de la sociedad blanca, se vio reflejada en el folklore popular de los negros: “Ay madre, quién fuera blanco, aunque fuese catalán”.
Volviendo al principio, en 1862 Facundo Bacardí fundó en Santiago de Cuba su destilería, sobre alambiques y trapiches de una destilería que se cerraba. No conforme con el ron habitual, de poco valor, trabajó en busca de suavizar su sabor y aumentar su calidad. La leyenda afirma que hubo un secreto en el principio, pero de todos los rones se dice lo mismo, y tal vez su mejoramiento se deba a que se lo añejó en toneles de madera varios años. Parece que los Bacardí se inclinaron por la crianza en barriles que antes habían curado whisky. Otras bodegas, como es el caso de la que produce en Canarias el buen ron Arehucas, optan por curar en barricas que antes criaron coñac en Francia.
El amigo de Martí. En ese proceso de refinamiento del aguardiente de caña, el primer Facundo ganaría años más tarde la Medalla de Oro y dejaría en manos de su hijo la continuidad ronera. Entonces ocurrió la primera revolución, porque el heredero, Emilio Bacardí, conoció a José Martí en Nueva York en 1892 y se sumaría a la Guerra de la Independencia de Cuba, llegando a ser el primer alcalde de Santiago post colonial. Probablemente, como catalán, no veía mal hacer la guerra contra España.
Pero no sólo el apellido Bacardí está ligado al ron antillano, hubo otros catalanes en su salto de calidad. Emigrado de Santiago de Cuba, Andrés Brugal Montaner refinó el muy conocido ron Brugal, desde República Dominicana, y Julián Barceló llegó a fundar en la ciudad de Santo Domingo, Barceló y Compañía. Brugal y Barceló, con Bacardí, son tres de los rones más apreciados. Del otro lado del mar, en Gelida, ciudad catalana, se produce el muy conocido de los argentinos ron Negrita.
Para llegar al último, por ahora, Facundo Bacardí III, hay que repasar lo que sucede ahora con el acercamiento y eventual desarme del bloqueo, porque como narra el colombiano Hernando Calvo Ospina en su Ron Bacardí: la guerra oculta, “valiéndose de su poder económico y de sus contactos en las altas instancias políticas, (Bacardí) prácticamente redactó y acomodó a sus necesidades una ley estadounidense. La Helms-Burton, como se le conoce, no sólo atenta contra la soberanía de Cuba y la sobrevivencia de sus ciudadanos, sino que está aportando a la locura en que se desliza peligrosamente el sistema comercial capitalista, en sus ansias de derribar la mínima barrera de control”. Porque, en los años ’90, el ron Bacardí encontró un duro competidor por el mercado mundial, el ron cubano Havana Club, perteneciente a un consorcio del Estado cubano y la multinacional francesa Pernod-Ricard, y pugnó por quedárselo.
El anteúltimo acto de esa pelea –porque el último está por verse– fue que, ampliando la Ley Helms-Burton, se estableció que los Estados Unidos no pueden reconocer ningún derecho a marca o patente de ninguna empresa extranjera, que tenga conexión cualquiera con propiedades de algún ciudadano estadounidense, que haya sido nacionalizada, sin indemnización, por el gobierno revolucionario de Cuba. Con lo que Bacardí pudo comercializar un falso Havana Club, no cubano.
Tal vez ahora, que parecen abrirse otras puertas y a Bacardí, que tiene muchos intereses y marcas en juego, se le abren nuevas oportunidades en el Caribe, cambien las cosas y la larga guerra entre los originales indianos y el castrismo se cierre con un brindis entre Raúl Castro y Facundo Bacardí III.

Publicado en Miradas al Sur: