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jueves, 13 de octubre de 2016

El corresponsal de guerra


Ernie Pyle

*Por estos días se supo que los correos, y otros buzones de la red de redes, de algunos periodistas, habían sido hackeados, espiados, por los servicios de inteligencia que, se supone, se verticalizan al Poder Ejecutivo.

*Hace años, con fuerte criterio de márquetin, una editorial tituló “El siglo de las guerras” a un panorama detallado de los conflictos bélicos durante el pasado siglo XX; que abarcaban casi todo el mundo conocido.

*Aquí estoy, de regreso, después de un silencio de años. Siempre con mis historias "no periodísticas"; por algo no pude publicar nada en tanto tiempo. La Segunda Guerra Mundial me sigue tan viva en el recuerdo como el primer día, y si el mundo estuviera en paz seguiría escribiendo como antes, sobre Normandía, o Tarawa, o El Alamein. Pero cañones y fusiles siguen su diálogo letal: hoy la guerra se llama Vietnam. (Héctor Germán Oesterheld/ Ernie Pike)

Tres acápites para una nota son un síntoma de caos mental o una invitación a completar el puzle, el rompecabezas. Ordenemos las piezas, comenzando por el siglo de las guerras, y ya veremos dónde encajan.
Llamar al siglo XX de esa manera supone desconocer que, en los tiempos precedentes, las guerras cambiaron cien veces las fronteras internas de Europa, creando y borrando del mapa países enteros. ¿Por qué centrarnos en Europa? Porque es el corazón del mundo conocido, y porque hay infinidad de testimonios documentales. Y, para muestra, basta un botón; o dos. Primer botón: La guerra de los Treinta Años asoló, bajo banderas supuestamente religiosas, al Sacro Imperio Romano Germánico. Mesnadas de mercenarios enterraron en el hambre a poblaciones enteras. (Ya se sabe, el que tiene la fuerza come, el otro, se jode) Muchas ciudades, hoy parte de Alemania, vieron morir por hambre, o sus efectos colaterales, a la mitad de su población. Algunas investigaciones señalan que el origen de un relato tan conocido como “Hansel y Gretel” fue ese caldo, con padres que abandonaban a sus hijos a los lobos para no compartir la comida.
Segundo botón: Las Cruzadas. Por donde pasaron los cruzados quedó tierra arrasada. Especialmente en Europa, porque en el otro lado del charco demostraron ser bastante ineficientes. Cosa que es comprensible, porque en la borrosa Palestina que se proponían conquistar había poco para robar. Llevar la cruz no está mal, pero enriquecerse suele estar mejor.
Bonus track: Las guerras de conquista. En nombre de la civilización, las regiones más tarde llamadas del tercer mundo, África, India, Oriente, América, fueron esquilmadas por bandas que no practicaban el fair play.
¿Cuál es la diferencia con el siglo XX? La tecnología y sus efectos sociales. El afianzamiento de los grandes diarios y la masificación de la imagen, como fotografía o como cine, sin olvidar la radio, dieron conocimiento de lo que, de otra manera, nadie se enteraba. Por esas tecnologías hemos sido testigos, más o menos manipulados, de lo que sucedía más allá del barrio, del pueblo, de las fronteras tangibles. Y es en ese tiempo en el que aparece una figura, una profesión, el corresponsal de guerra. Lo que nos lleva al texto de Oesterheld. 
Ernie Pike (Oesterheld)
Con las palabras del tercer acápite, enmascaradas detrás de un personaje de ficción devaluada -es decir de historieta- llamado Ernie Pike, Héctor Germán Oesterheld justificaba su vuelta al ruedo en 1971. Tiempo en que, imaginamos, cocinaba su decisión de sumarse a la lucha revolucionaria. Compromiso que sería sancionado con su desaparición y la de sus hijas.
La raíz de ese personaje, al que el guionista hasta le prestó su cara, fue Ernie Pyle, corresponsal en la campaña de África y la invasión de Italia, durante la Segunda Guerra Mundial. Pyle, que moriría bajo fuego amigo en Okinawa, narró el conflicto no desde las banderas, sino desde las personas; lo que lo hizo distinto a todo el resto.
Ernie Pyle, sin cruzar la barrera que impedía la crítica directa, supo contar del hombre metido en una máquina de triturar sin escape. Los desembarcos en Sicilia, Anzio, Salerno y, luego, Normandía, tuvieron una constante: enviar soldados al combate como quien arroja mierda a un pozo. Los mandos aliados fueron más letales para sus propias fuerzas que el enemigo. ¿Podía Pyle extender su mirada más allá de las historias individuales, pese a que vivía esa masacre como una úlcera que lo carcomía? No. Si hubiera ido un paso más allá seguramente no le habrían publicado ni una línea; por derrotista. Bertolt Brecht decía que, para narrar la verdad, primero hay que conocerla y, luego, disfrazarla para que no nos impidan contarla. En ese sentido hay una sintonía profunda entre Brecht, Pyle y Oesterheld.
Hoy, nuevos saltos tecnológicos, ya integrados a la vida cotidiana, nos hablan de un nuevo escenario. Un escenario del que no terminamos de enterarnos, y que cambia a cada momento. Alguien dijo que la tecnología es una locomotora, sin maquinista, que acelera todo el tiempo y nos lleva a la rastra. En el último vagón, mirando la vía que se deja atrás, viajan los “inteligentes”, que explican lo que pasó, pero nada saben de lo que viene, porque el futuro es ciencia ficción. Situación que nos acerca al primer acápite, la intrusión en los correos privados, o sea en la vida privada. ¿O la vida privada es cosa del pasado, como las Cruzadas?
Las guerras ya no se libran con uniformes y campos de batalla claramente determinados. Politólogos (¿operadores políticos, más que analistas?) como Gene Sharp, a quien se atribuye la invención de las “guerras blandas”, señalan ese cambio. En lugar de ejércitos de ocupación se batalla con medios de comunicación con intereses afines, con lo que, aquello que en el siglo XX era sólo una herramienta más, la guerra psicológica, reemplaza las flotillas de bombarderos, y la bomba de Hiroshima no apunta a los cuerpos, sino a las mentes.
¿Es de extrañar, entonces, que los servicios de inteligencia metan la nariz en lo privado, cuando hasta se comercia con esa información? No hay que tener una memoria privilegiada para recordar que, en el episodio que involucró al presidente Mauricio Macri en supuestas escuchas ilegales, afloró una mini red que hackeaba correos para vender esos datos a políticos, empresarios y programas de la televisión basura. En un universo de usuarios de las redes, cuya ingenuidad se parece tanto a la estupidez, no es necesaria la intervención de la CIA para que te pinchen los correos.
Con lo que, como en otra vuelta del círculo, que, en rigor, es una espiral, la figura del corresponsal de guerra cobra actualidad. Corresponsal en una guerra que no se libra en las trincheras del Marne o el sitio a Saigón, sino en la radio que escuchamos, en la tele que vemos, y hasta en el tres al precio de dos de los supermercados. Hoy, cada periodista es un corresponsal de guerra. Y no solamente los periodistas comprometidos (muéstrenme alguno no “comprometido” y me caeré de culo), todos, hasta los no periodistas, somos corresponsales de una guerra.
Como tengo cierta debilidad por Brecht, cito una frase suya que ha supervivido en el tiempo y se hace actual: “Hasta el último coolie chino tiene que hacer política internacional”.
Publicado en LaTecl@ Eñe: http://www.lateclaene.com/argemral

Di Benedetto y las palomas


Contaba un observador de aves cómo un grupo de palomas se volvía contra una de ellas y la atacaba a picotazos, hasta darle muerte. Los picos de las palomas no son eficientes a la hora de matar, y la víctima agonizó durante horas, en una ordalía de dolor, perdiendo piel, ojos, plumas, sangre hasta que la liberó la muerte. Siempre recuerdo esta historia cuando pienso en Antonio Di Benedetto.
A Di Benedetto -nunca me atreví a llamarlo Antonio- lo conocí en uno de los patios de la cárcel de La Plata, poco antes del mundial de fútbol del 78. Me lo presentó Daniel Alcoba, un poeta y caminábamos los recreos hablando. Bueno, yo escuchaba, con la avidez de una esponja, porque Antonio Di Benedetto era el primer escritor que conocía en persona, y eso imponía.
Era un hombre bajito, como vencido, de hablar pausado, como si escribiera, que no llevaba bien la cárcel. Por qué había caído preso me queda en el terreno de la leyenda. Decían que porque le había puesto los cuernos a un coronel de la dictadura, y también que fue por esconder al hijo guerrillero de un amigo. Ambas cosas podían ser ciertas.
En esos tiempos era director del diario Los Andes, de Mendoza, es decir, un hombre cercano al poder desde siempre. Y, como tal, nunca se había pensado preso, a merced de la brutalidad de carceleros, por lo que navegaba en el desconcierto del que subió al Titanic seguro de que nunca naufragaría. Lo mantenía vivo el saber que universidades y escritores de medio mundo pedían constantemente su libertad, pero un día por poco no fue suficiente.
Recuerdo que bajó al patio demudado. El suplemento cultural de un prestigioso y conservador diario de Argentina, con el que había colaborado, acababa de publicar un texto parecido a este: La editorial Gallimard ha editado “Sama”, la novela del escritor argentino Antonio Di Benedetto, que en la actualidad ejerce su cátedra de literatura latinoamericana en la Sorbona.
–Ellos saben que estoy preso. Me están negando –repetía al borde del derrumbe, porque nunca había esperado una puñalada por la espalda de la gente de la cultura–. Son gente culta, no son como estos carceleros ¿cómo pueden hacerme esto?
Si no cayó en el suicidio fue porque en los días siguientes, el pibe, el compañero que barría el pabellón y llevaba mandados de celda en celda, se ocupó de verlo a cada rato y darle ánimo. Ese pibe, casi analfabeto, peón de una granja de cerdos, lo separó de la muerte.
Después, porque en las cárceles nada estaba quieto, lo perdí de vista. Di Benedetto salió en libertad, emprendió el exilio, y un día, con el regreso de la democracia, volvió a Argentina, para encontrarse con que era un apestado. Sin posibilidades de trabajo, repudiado por las palomas, fue sobreviviendo por los favores de los amigos.
Por esos días, con la primera Feria del Libro de la democracia, se hizo una feria paralela, y Antonio Di Benedetto encabezó una lista de firmas en un petitorio por mi libertad. Sé, tengo la seguridad, que no se acordaba de mí, pero llevaba la marca de la cárcel, y ya no era aquel que había sido como director de Los Andes.
Lo volví a ver, un tiempo más tarde, en una desangelada conferencia sobre la escritura y los sueños que dio en Buenos Aires. Una de esas cosas que le conseguían los amigos para que se ganara el pan, porque las palomas no habían dejado de picotearle la cabeza.
Otro tiempo más tarde supe que había muerto. Seguramente de asco.
Después de las dictaduras en el campo de la cultura sólo se registran víctimas, nunca cómplices, sin embargo…
Que los dioses nos cuiden de las palomas.


jueves, 11 de agosto de 2016

Del paso del tiempo y los cachivaches


“Año 2054. Mis nietos están explorando el desván de mi casa. Descubren una carta fechada en 2004 y un CD-ROM. La carta dice que ese disco CD-ROM que tienen entre manos contiene un documento en el que se da la clave para heredar mi fortuna. Mis nietos tienen una viva curiosidad por leer el CD, pero jamás han visto uno salvo en las viejas películas. Aún cuando localizaran un lector de discos adecuado ¿cómo lograrían hacer funcionar los programas necesarios para la interpretación del disco? ¿Cómo podrían leer mi anticuado documento digital? Dentro de 50 años lo único directamente legible será la carta. JEFF ROCHENBERG.”
(Del libro “Nocilla Dream”, de Agustín Fernández Mallo, un muy interesante escritor, y una rara avis, para ser español: lee y admira a Borges.) 



“Año 1993. Museo de los inmigrantes en General Roca. Un viejo tocadiscos con un disco de pasta de 78 rpm. ¡Uy, yo tuve de estos discos! Claro, después vinieron los de 33 rpm y los long play, digo, para mi hija Marina, que señala con el dedo eso, redondo y negro y, desde su inocencia de loco bajito, dice ¿Y esto qué es? En un segundo entiendo lo que significa quedar obsoleto, uno, y respondo: un CD muy antiguo. ¡Ah!, dice, qué grandes eran.” RAÚL ARGEMí, a propósito de la velocidad del tiempo y la tecnología.


Agnóstico de tiempo completo


Cuando Mario Vargas Llosa se presentó para la presidencia en Perú, en 1990, los hechos reseñables son que ganó la primera vuelta con el doble de votos que Alberto Fujimori, y que esa relación se iba a invertir en la segunda vuelta, donde Fujimori dobló los votos del escritor y se quedó con el Ejecutivo.

Esos datos se encuentran en Wikipedia, y no dicen nada interesante a un tipo que trafica con palabras, un escritor. Sí resulta atractivo, para esta clase de traficantes de ficción, un mínimo fragmento de “El pez en el agua”, ensayo en que recuerda, entre otras cosas, su campaña por la presidencia. Allí, quien, desde 2011 ostenta el título de Marqués de Vargas Llosa, bendecido por Juan Carlos I de España, muestra su desconcierto porque los peruanos, nos repetimos, entre otras cosas, no entendieron que fuera agnóstico. Con lo que la referencia del pez en el agua, rescatada de Mao y, a su vez, rescatada de chinos milenarios, se queda seca, por no decir que hace agua, o que el pez no está en el agua que le corresponde. A ver.

Vargas Llosa refiere su perplejidad ante la incomprensión, pero no se toma el trabajo, en ese ensayo, de incluir una línea que explique qué es el agnosticismo. Probablemente da por sentado que los lectores de su libro, que no son quienes no lo comprendieron, a él, candidato y agnóstico, no necesitan que les expliquen qué es el agnosticismo. Categoría que tampoco explicaremos en esta nota porque damos por sentado no que los lectores saben de qué se trata, sino que tienen Google para consultarlo al toque. En todo caso no es eso lo que importa, sino la ausencia de vinculación verbal entre un político y quienes dice representar.

Si hacemos un salto en el tiempo hasta los últimos cinco años de la vida política argentina tropezamos con una variante del incomprendido agnosticismo de Vargas Llosa, el vocablo que parecía una obligatoria marca de fábrica del kirchnerismo y sus vecinos: empoderamiento. No había dirigente que se propusiera parecerlo que no descerrajara lo del empoderamiento en sus discursos, charlas o entrevistas. Para este escriba, que regresaba luego de una década fuera del país, el “palabro” lo obligó a una investigación para saber qué quería decir, lo que trajo la otra pregunta ¿quién lo entiende? La respuesta, en los sectores populares, y en el mejor de los casos, se resumía en agarrar la manija por cuenta propia y no esperar que los Reyes Magos te resuelvan la vida. Si esa aproximación era ajustada ¿para qué complicar las cosas chamullando de empoderamiento?

La navaja de Ockham indica el camino más directo hacia una explicación: las jergas compartidas identifican a los grupos aportando identidad y pertenencia, lo que siempre significa el reconocimiento dentro del grupo, aunque fuera de él no se comprendan esas variantes idiomáticas. Para cerrar el círculo, faltaría que alguno de aquellos proclamadores del empoderamiento argumente que Mauricio Macri es presidente porque los argentinos no entendieron que deberían empoderarse. ¿Lo qué? diría un votante estilo Nini Marshall.       

En rigor, debería señalar que lo peor no son las jergas indentitarias, sino la adopción de categorías por lo menos frágiles y esquemáticas que, además de entenderse difícilmente, son enunciadas como verdades sin equívoco. Entiendo que, a la hora de las barricadas, todo vale, pero sería saludable que quienes se piensan militantes también piensen lo que dicen; a más de preguntarse qué es lo que entiende su interlocutor. Un ejemplo, para no irnos por las ramas.

Hoy, en los foros de encuentro, virtuales y no virtuales, la oposición al actual gobierno esgrime un fantasma, la “década del 90”. Designando con ese título la etapa en que el neoliberalismo puso al país al borde de la extinción, se critica, y con razón, las políticas sociales y económicas del macrismo. Pero, que haya razones no justifica una simplificación, por no decir una falsía, porque cuando alguien cita la década del 90 elude la realidad, que un par de referencias básicas dibujan sin lugar a dudas.

La mayor parte de esa etapa fue ocupada por Carlos Menen -1989/ 1999- y un cachito así, cuando ya estaba todo podrido, por Fernando de la Rua -diciembre del 99 a diciembre de 2001-, que no podía hacer nada, y me es difícil creer que pueda hacer algo, en cualquier terreno. Las políticas económicas, incluyendo entre otras la paridad cambiaria, que obligaba a subvencionar el peso y no la producción -alimentando la bicicleta financiera- se aplicaron durante la égida de Menem. Incluyamos la privatización de bienes del Estado, es decir de todos, a precio de regalo. Menem fue un presidente que no estuvo solo, porque lo acompañó el establishment de derecha -el mismo que hoy apoya a Macri- la inmensa mayoría de su partido y nueve de cada diez dirigentes sindicales. Esta afirmación tiene una demostración fáctica. A pesar de haber ido en contra de las tres banderas tradicionales y básicas del peronismo, Carlos Menem no ha sido expulsado de su partido. Ese es un botón que no se quiere apretar porque los que quedarían afuera son una chorrera.

Escuchar la denostación de la década del 90 en boca de militantes del campo popular, con una agregada referencia al cuco de la Alianza, coloca el discurso en el terreno de la subjetividad más irracional y alimenta una argumentación de una debilidad flagrante. No se puede hablar seriamente de la década del 90 sin hacerse cargo de sus protagonistas. Me temo que se vea como natural que, más adelante, cuando la siempre coherente clase media vuelva a votar en contra de sus propios intereses, alguien se justifique diciendo, como Vargas Llosa, no me entendieron cuando dije década, cuando dije empoderar, cuando dije agnóstico.

Es cierto que lo que parece y no necesariamente lo que es, gobierna nuestras vidas y construye hasta nuestra identidad. Durante una buena parte de la Edad Media se vivió lo que los eruditos llaman “la invención de la reliquia”. No era imaginable que una iglesia fuera importante si no tenía, por lo menos, una astilla de la cruz de Cristo. Esa astilla convocaba a los fieles y en ella confiaban sus pesares. Que la suma de todas las astillas que andaba por ahí alcanzara el volumen de un bosque era lo de menos. ¿Quién que no sea un hereje va a cuestionar la santidad de las reliquias? Al fin, como la ficción es tan poderosa como lo real, con un par de datos trataré de bocetar nuestra esencia ficcional. Una manera descarnada, y descarada, de describir el ser nacional.

Ante Plaza de Mayo está el Cabildo. ¿Está? El original, con techo de paja y probablemente de ladrillo crudo, se quemó hace media Historia. De allí en más fue reconstruido en estilo italiano, francés, rococó, etc, hasta terminar copiado de un cuadro de Ceferino Carnacini, que no pudo verlo como era porque nació a fin del siglo XIX. Singularmente, en el cuadro de Carnacini, inspirador del cabildo trucho, o no había pueblo o sobran paraguas, artefactos que eran cosa de ricos. Como anécdota repetida se recuerda, de aquel sacrosanto 25 de mayo, la militancia -que no era grasa porque los próceres nunca son grasa- de dos personajes. Los pibes aprenden que Domingo French y Antonio Luis Beruti repartían cintas celestes y blancas, cuando, según quién, parece que eran solo blancas, o rojo jacobino, o blancas y verdes, preanunciando el simbolismo unitario. Con lo que, las ilustrativas excursiones de escolares a ese monumento nacional los aventuran en la ficción, en la imaginación, tal vez para que se vayan acostumbrando a que todo lo que nos han enseñado puede ser un cuento chino, y que, casi siempre, cuando se dice una cosa se está diciendo otra, que probablemente no es lo que uno entiende.

Entre que parece que tenemos problemas para entendernos en una lengua común -donde el pan se llame pan- y la tendencia a fabular los hechos y las personas, se me ocurre que la Historia, los libros de Historia, son una rama de la ficción no suficientemente apreciada. Hasta en eso se puede ser agnóstico.


Buenos Aires 1 de Agosto de 2016, revista digital Latecl@ Eñe.

martes, 26 de julio de 2016

Maquiavelo, Napoleón y Macri


En el boxeo suele usarse la calificación de “tiempista” para algunos púgiles. Son boxeadores que manejan con inteligencia los tiempos de la pelea, la regulan en función de sus posibilidades, combinando ataques con pequeñas treguas, siempre a su favor. Funciona bien cuando el contrincante es un peleador de pocas luces. Cuando el manejo de los tiempos no es ajustado, el resultado puede ser catastrófico, más allá de un “zapallazo” que lo emboque cuando va ganando por puntos y lo deje mirando la lona de cerca.
Como en revuelto cajón de sastre, se me mezclaron los boxeadores con Nicolás Maquiavelo, y todo como observación de la política diaria del actual gobierno de Argentina, porque uno de los ejes más importantes de “El príncipe” es la conciencia y el uso de los tiempos políticos.
Digo, como comentario al margen, que el analista político más importante de varios siglos, Maquiavelo, tiene mala prensa. El retorcido accionar de cualquier político, o lo que fuere, de alto o bajo vuelo, es denostado como maquiavélico, y eso es una burrada; como tantas. Antonio Gramsci, que parece estar de moda tanto para un roto como para un descocido, rescataba “El príncipe” como uno de los grandes aportes para entender cómo funciona el poder en la política. Tenía claro que Maquiavelo no sugería maneras, formas de perpetuarse en el poder, sino que, con la excusa de aconsejar a un príncipe -necesaria para que no le cortaran el cogote- hacía una radiografía documentada de los mecanismos del juego. Pero volvamos al uso de los tiempos.
De la observación de etapas ya sucedidas, desprendía que, entre otras cosas, quienes habían sabido manejar esa escurridiza categoría se habían consolidado, y quienes no lo supieron fueron arrasados por sus enemigos. Para resumir la ley que mandaba en esa situación señalaba que todo príncipe que llega al poder tiene un tiempo de gracia. Los que perduraron hicieron de ese tiempo el tiempo del cuchillo, aplicando la violencia institucional, y no tanto, sin concesiones, eliminando a sus opositores y todo aquello que pueda favorecer a los que no son los suyos. Lo que, en criollo, se dice machacar al hierro mientras está caliente. El jacobino Mariano Moreno decía, en su manifiesto, más o menos lo mismo. A los amigos todo, a los neutralizables tratar de no joderlos y al contrario ni agua.
Sólo que, informaba Maquiavelo, el tiempo de la sangre -incluso la metafórica- tiene un límite, poco antes del cual hay que cambiar el ritmo, porque la paciencia, e incluso el miedo también tienen límites. Si la cosa ha funcionado bien para el príncipe levantar la mano dura es un buen negocio y habrá logrado la aceptación de un estado de cosas. Si no lo hace tendrá que comenzar a pelear por su supervivencia, lo que siempre es una situación difícil, muy difícil de revertir; porque algunos propios y muchos neutrales ya lo verán con malos ojos.
Napoleón Bonaparte leyó atentamente el libro de Maquiavelo y lo acotó en los márgenes. Se le atribuye, sobre este asunto del tiempo de avanzar sin remilgos y la necesidad de abandonarlo cuando caduca, haber dicho: “las bayonetas sirven para muchas cosas, pero no para sentarse sobre ellas”. Rescato esta frase de Napoleón, que no encontré en el ejemplar de “El príncipe” comentado que tuve, porque si no la dijo podría haberla dicho y, casi siempre, la leyenda expresa mejor a la realidad que lo documental.
No dudo de que Durán Barba, asesor publicitario del presidente Mauricio Macri, leyó a Maquiavelo con la misma dedicación que Gramsci y Napoleón. Pero, el que está en medio del ring es Macri, y los segundos de su rincón pueden proponer, pero, en medio de la pelea no deciden. En ese sentido la insularidad del boxeador es absoluta. Como dijo Ringo Bonavena para explicar por qué hacía lo que le parecía mejor en medio de las piñas: “cuando suena el gong te quitan hasta el banquito”, estás solo.
Visto lo que va de la presidencia de Mauricio Macri se nos hace evidente que calibró con acierto la debilidad de la oposición, contando a políticos, sindicalistas, etc, etc, y transforma la realidad en función de los intereses de su sector social, sin detenerse a contabilizar los costos; porque hasta hoy han sido bajos. Todavía está en el tiempo de gracia, el tiempo de los cuchillos. El interrogante que campea en la cabeza de los observadores políticos es si tiene conciencia de la caducidad y si sabrá cuando tiene que cambiar de ritmo, porque está liquidando esa etapa con una velocidad sorprendente, en gran parte por la desprolijidad de muchas de sus medidas, que le ganan enemigos gratuitamente.
¿Qué pueden hacer los integrantes de su equipo si no quieren encontrarse con una papa caliente en las manos? Poco, porque ni siquiera sus consejeros más cercanos pueden decidir en lugar del número uno.
Un creativo publicitario que participó en la campaña presidencial de Ricardo Alfonsín señaló cierta vez las limitaciones de lo que puede hacer un asesor. Si el candidato no es capaz de resolver los problemas que se le presentan el asesor no puede hacer nada por él. Si el asesor fuera mejor, debería ser el candidato, estaría en el centro del ring, no en el rincón, custodiando el banquito y las toallas.
Resumiendo desde la fragilidad de los tiempos, los “tiempistas” y las lealtades, en esta ensalada de Maquiavelo, Napoleón y Macri es saludable recordar que, cuando el boxeador pierde se va su casa con la cara abollada, sus segundos empiezan a buscarse un nuevo pupilo, y sus seguidores a otro a quien admirar. Como cierre convengamos que, aunque como figura literaria esto último sea bonito, no es del todo real. El boxeador pierde sólo. Si es un presidente, los que tendrán la cara abollada serán miles.

(Publicado en "Zoom")

viernes, 11 de diciembre de 2015

Entre la puerta y la pared


Rubashov, el ciudadano N.S. Rubashov, no vuelve la cabeza cuando la puerta se cierra a sus espaldas. Ignora el camastro con la frazada gris y camina sin apuro, siete pasos y medio, hasta esa pared con la ventana enrejada que muestra el cielo. Un cielo que ya mismo comienza a negar, porque es hora de trazar una línea y cerrar las cuentas: de esa celda, de ese edificio, saldrá con un tiro en la nuca.
Respira hondo y enciende uno de los cigarrillos que le quedan. Por un instante se le cruza la idea de arrojarlos por la ventana, pero la rechaza. Esas heroicas intenciones siempre se presentan, a traición, en las primeras horas de cárcel; y después se hacen insoportables. Mientras dure el tabaco, fumará.
Gira sobre sus pasos y recupera, paulatinamente, esa manera de caminar la celda que tienen los presos de Berlín, Buenos Aires o Moscú. Pasos de autómata, giros que se repiten ante la puerta y la pared. Un andar que cansa el cuerpo y libera la mente para lo único que importa: el claro espacio que media entre el cero y el infinito.
Rubashov sabe que es el último de aquellos primeros. Stalin liquidó a todos los que ofrecían dudas, y él sobrevivió a la mayoría. Todavía no quiere recordar a costa de qué renuncias, pero lo hará. De eso se va a ocupar Arthur Koestler, que se mira en él como en un espejo. Aunque todavía faltan páginas para eso.
Cuando gira bajo la ventana alcanza a ver como se cierra la mirilla de vigilancia de la puerta. No los escuchó antes.
-Debo de estar perdiendo reflejos –piensa, y agrega con socarronería- Me estoy aburguesando...
¿Este era el resultado inevitable? ¿La revolución devorando a sus hijos? ¿O podía hacerse de otra manera? Rubashov, curtido en la pelea contra los enemigos en las calles, y quemado en la lucha con los propios tras la barricada de los escritorios, sabe que no podrá desprenderse de esa duda. Que le buscará una respuesta cuando duerma, cuando camine esas baldosas, cuando su cuerpo se rompa bajo las manos de los torturadores; y que el punto final lo pondrá una escueta explosión de rabia en el corazón de una pistola. Una pregunta que nunca se hizo le detiene los pasos:
-¿Oiré el disparo, o sólo será como un golpe de oscuridad?
Se saca los lentes y limpia los cristales con el pañuelo, sin necesidad. Vuelve la cabeza en un gesto casual y la mirilla sigue cerrada. Camina hasta la puerta y apoya la oreja en la madera. Afuera, en el corredor, no hay nadie. Un llanto contenido, que quizás no sea un llanto, trata de no sobresalir en el silencio.
Retoma la caminata y la reflexión mientras enciende un cigarrillo. Le duelen los pies. Tendría que haber elegido un calzado más cómodo cuando fueron a detenerlo.
El chino lo observa, sentado en el borde del camastro. El otro, se recuesta bajo la ventana, en el rincón más alejado del cubo que los carceleros le destinaron a las deposiciones.
INTERIOR. DÍA.
(Rubashov, con el cigarrillo en la boca, orina ruidosamente en el cubo. Habla sin girar la cabeza.)
RUBASHOV: Sun Tzú y Nicolás Maquiavelo, supongo...
SUN TZÚ (con un brillo de burla en los ojos): Supone bien.
RUBASHOV: Sólo falta Von Clausewitz.
MAQUIAVELO: ¿Para qué? Ese prusiano no podría encontrar su culo ni con un mapa.
SUN TZÚ (a medias irónico): Ya... Para usted, la política es la continuación de la guerra por otros medios.
MAQUIAVELO: Y también el amor ¿qué duda cabe? (ríe)
La puerta se cierra con violencia. Rubashov se tambalea hasta la cama y se deja caer sobre la frazada. Tiene un rictus de derrota en el rostro muy pálido. Se pasa la lengua por los labios resecos y hace una mueca. Se mete un dedo en la boca y observa la sangre con ojos miopes. Luego enciende un cigarrillo, y se da un tiempo antes de decir:
-Estuve a punto de retractarme, de aceptar que soy un traidor, para que me dejen en paz.
(e-mail de B.B. a Erasmo de Rotterdam) (A:dudas) Nuestro amigo va por mal camino. No se atreve a ser El Que Dijo No.
(e-mail de E.D.R. a Bertold Bretch) (A: Re/dudas) Se dejó atrapar por la Razón. Hay que recordarle que Sófocles hizo el mejor elogio de mi amiga, la Locura: “Cuanto menos sabiduría se tiene, más feliz se es.”
... de aceptar que soy un traidor a la revolución, para que me dejen en paz- dice Rubashov, ahogando la rabia con el humo del tabaco.
Sun Tzú, se despega de las sombras y murmura a modo de sentencia: Cuando estés seguro de que te darán muerte, conserva la cara. Es lo único que te llevarás de este mundo.
-Ya no se trata de vivir... –contesta Rubashov- se trata de saber, y para eso necesito tiempo. ¿Dónde está Nicolás?
LECTOR 1- Cada vez entiendo menos. Esta nota es un caos.
LECTOR 2- De eso se trata. La revolución es un sueño eterno, y los sueños son el caos.
LECTOR 1- ¡Ah! Ya me parecía que... ¿te queda un cigarrillo?
Rubashov camina por un corredor oscuro con las manos esposadas. Sabe que no llegará a ver el final. Antes, en un movimiento sin aviso, el guardia que lo sigue apretará el gatillo. A su lado, Maquiavelo no deja de hablar: El que funda una república y no mata a los hijos de Bruto, gobernará poco tiempo. ¿De los otros que importa? Los hombres perdonan más fácilmente la muerte del padre que una olla vacía. ¿Te queda claro?
Rubashov no tiene fuerzas para contestar, pero piensa: No. Allí estará siempre la maldita piedra, para que tropiecen los que recojan nuestras banderas. Aunque quizás/ GOLPE DE OSCURIDAD. CORTE.
ATARDECER PERPETUO. SÉPTIMO CÍRCULO. FUMAROLAS DE AZUFRE.
(El hombre de barba rala y boina se inclina, y enciende un cigarro en las ascuas en que se tuesta Teresa de Calcuta. Retoma su caminar. El hombre que lo acompaña se levanta la túnica, y sacude el pie para liberarse de un carboncillo que le quedó en la sandalia. Da una carrerita y lo alcanza.)
ERNESTO: No, Dante... no me venga con cambios. El verdadero Infierno es saber que soy una cara en una camiseta. Como esos putos cocodrilos de Lacoste.
DANTE (insiste): Su caso se puede revisar, y yo puedo sacarlo de acá.
ERNESTO (lo apunta con el cigarro y sonríe): Ni se le ocurra. Con los asesinos uno sabe a que atenerse, con los idiotas no hay manera.
(FUNDIDO A NEGRO, MUY LENTO.)

(Este texto fue publicado en “R de réel”, revista parisina que publicó cada número con relación a una letra del abecedario. A mí me tocó participar, hace ya unos años, en el número “R”, de resístanse, ridicule, r.i.p. o Rubashov. Traducido, claro. Lo acabo de reencontrar en su versión en castellano y, como para darle un poco de aire a mi blog, lo vuelvo a colgar. Nada nuevo mi admiración hacia “El cero y el infinito” de Arthur Koestler, a quién rindo homenaje.)

lunes, 30 de marzo de 2015

Muñeca, Discépolo, Audivert



El Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, en Corrientes al 1500, es uno de esos sitios a los que se quiere volver y, allí, en la sala del subsuelo, se puede ver Muñeca, la pieza que Armando Discépolo puso en escena en 1924 en el Teatro Nacional de Buenos Aires. Esta versión libre dirigida por Pompeyo Audivert y Andrés Mangone permite afirmar algo que podría ser una insolencia: que supera a su original de partida.
Con una puesta en escena sin los resquicios habituales que dejan tanto el grotesco como el género chico, todos los personajes ponen pólvora a una explosión conjunta que atraviesa los sentidos del espectador. Para entender por qué el rescate de Muñeca y cuál fue el camino hasta esta visión particularmente incisiva, Miradas al Sur dialogó con Pompeyo Audivert.
–¿Cómo llega a Muñeca, un texto algo desvaído respecto de la producción de Discépolo?
–Me gustan los materiales de este tipo. Muñeca parece casi un folletín romántico, un drama sentimental, pero esconde una tragedia metafísica. Funciona como un caballo de Troya: uno cree estar asistiendo a una escena convencional y cuando menos se lo espera se desata otra percepción, se abren otras puertas asociativas. Esa es la virtud poética de esta obra de Discépolo. El tema que me resulta central es el de la máscara como frontera entre la identidad histórica y la sagrada. Anselmo, el protagonista, es un oligarca riquísimo encerrado en un cuerpo espantoso, y para colmo enamorado de una chica que le han entregado casi como un regalo para calmarlo. Siente su cuerpo como una condena, lo rechaza como identidad, se siente otro, el de adentro, el que está atrás de la careta. Vaya una situación dramática y teatral. ¿Quién no ha sentido la extraña sensación de no ser el que le devuelve el espejo? Muñeca también produce resonancias pirandelianas, la sospecha de que el mundo es una construcción teatral, y nosotros sólo actores puestos aquí para unos fines que nunca se nos revelan, el destino del que hablaban los griegos. En Muñeca puedo poner en juego la visión que tengo del teatro como máquina de escrutación metafísica, como el lugar al que vamos a preguntarnos ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Qué estamos haciendo? Creo que el teatro está para intensificar poéticamente esas preguntas, ese es su sentido. Cuando se apaga la luz antes de empezar la obra que fuere, en ese instante donde se suspende el tiempo histórico, sentimos la sensación de estar en otro sitio, en ese lugar sin nombre al que pertenecemos y del que venimos. El ritual del teatro nos ayuda a suspender la identificación con la máscara que nos protege, nos permite alcanzarnos en otra latitud.
–La lectura de la realidad en que se mueven los personajes privilegia, como fondo, el contexto político. ¿Puede pensarse el teatro de ese tiempo sin lo político? Más, la puesta parece una mirada crítica de la coyuntura actual.

–Anselmo es Yrigoyen, Perón, Ramón Falcón, Uriburu, es una fuerza histórica estallada poéticamente, representa a la vez al pueblo y a sus asesinos; es contradictorio, no se lo puede estabilizar en un signo de nobleza que calme las aguas de la interpretación romántica. Esa es la gracia de esta obra, que no tiene moralina ni moraleja, no hay redención sino en la muerte. Anselmo es un actor, por lo tanto no tiene moral sino estructura, en ella resuena el caos histórico. Es dable asociar la casa de Anselmo con el país, a él como su dueño y a los parásitos que lo rodean como la clase política que siempre rodea al poder del capital, pero la obra es mucho más que esa relación histórica que el teatro suele reflejar por añadidura, lo central es el planteo antihistórico, es decir la cuestión metafísica y poética que Muñeca desata. No quisimos producir una reconstrucción espejo de aquella realidad de principio de siglo, no quisimos decir “somos esos”, sino situar la teatralidad como campo de realidad autónomo, la escena es lo real más allá de su referente que funciona como coartada o remitente, como carnada para concitar una unidad referencial con el público. Es decir, lo teatral por sus propios medios es la potencia significativa que es, a fin de cuentas, lo que me interesa, la razón poética de fondo de la estructura teatral. Muñeca nos permite intentar llevar adelante esa operación poético teatral, nuestro deber es hacerlo desde sus temáticas y sus razones aparentes, no traicionar su plan de contingencia, sino usarlo de trampolín.
–El travestismo de varios personajes –todos los femeninos, menos el personaje de Muñeca– ¿es una metáfora de la máscara, del travestismo/gatopardismo como estrategia de supervivencia o adaptación?
–El personaje de Perla que encarna Mosquito Sancineto es como ella misma se define “la reina de la casa mientras Muñeca no está”, una mujer de la noche que mantiene viva la farra con que tratan de sostener a Anselmo. También funciona como un corifeo, es la encargada de organizar ese coro de aduladores y de conectar con el público la obra. En esta versión el único personaje que es absolutamente femenino es el de Muñeca, los demás, Perla, Carlota y Estela están interpretados por hombres, son personajes travestidos; hay allí una intención de hablar de ese mundo, como un mundo de hombres misóginos que se regodean en la representación de la mujer.
–En esta puesta hay una vuelta de tuerca al grotesco, que siempre tiene una mirada piadosa hacia sus protagonistas. En esta puesta desaparece la piedad, y tanto la actuación como los textos se tensan al máximo. ¿El grotesco de Discépolo, Defilippis Novoa, etc., reclama tensión máxima para llegar al público actual?
–Creo que el grotesco y el sainete son nuestra expresión teatral por excelencia y por herencia, pero como toda herencia viene medio envenenada de mandato histórico, hay que tener cuidado de que no nos implique en el realismo costumbrista, esa forma nostálgica y atrasada del nacionalismo. Lo que intentamos hacer fue subvertir los modos de producción de este legado extraordinario, desechar las dinámicas costumbristas y lineales con que se agita tradicionalmente y sustituirlas por otras que le permitan desovar su notable carga metafísica, transparentar sus misterios y su nueva sangre que vendríamos a ser nosotros. Intentamos llevar el grotesco a una dinámica poetizante, cruzarlo con otros niveles de producción que veníamos investigando.
–Con los textos de Marusa Di Giorgio en boca de Muñeca, el personaje alcanza una potencia que no tiene en el original, en el que no se sabe si es tonta o a qué juega. Con esos textos, sexualmente animales, primarios, aparece su discurso interior. ¿La construcción de sus desplazamientos y silencios, como un robot humanoide, busca deconstruir el juego exterior/ interior?
–Tomamos textos de Marosa Di Giorgio para que Muñeca tenga una voz propia que dé cuenta de su carácter sobrenatural y poético, cosa que en la obra original no sucede pues es situada en el lugar de la víctima por un entorno misógino. Muñeca es un personaje muy misterioso, el punto y encaje de la tragedia; condensa muchas asociaciones y desata las fuerzas dormidas o latentes en ese mundo de hombres. Creo que en su nombre residen las claves de su enigma: Muñeca. Es un mecanismo, una especie de construcción artificial, mitad humana mitad inhumana. Los textos de Marosa nos permiten a su vez dar cuenta de su pertenencia a una zona salvaje e inapresable de la naturaleza femenina, ella es de la tierra, “soy la lengua de las rosas, no entiendo esta piel con que me cubren para deshabitarme, no comprendo esta máscara que anuncia que no estoy”, dice en un pasaje.
–¿Cuánto tiempo estuvieron trabajando en esta puesta?, porque no tiene fisuras, ni en la actuación ni en la reescritura del original.
–Trabajamos durante dos años. El primer año en el marco de una varieté metafísica que hacíamos en mi estudio probamos algunas escenas sueltas, ahí nos dimos cuenta de que estábamos ante un material muy potente. El segundo año fue de experimentación y montaje. Fue arduo y placentero.


Poder y sexo: Tal vez viejas costumbres criollas
Porque Armando Discépolo era capaz de ver el futuro, o porque los argentinos solemos repetirnos, esta versión de Muñeca, trasladada a la crisis del gobierno irigoyenista, represión y partidos con destino elástico, al espectador actual lo remite a las últimas noticias de la arena política. Pero, al mismo tiempo, como si lo pusiera el violoncelo que sostiene en vivo la música incidental de la puesta, el juego de decadencia es atravesado por un mito tan eterno que parece infantil, el de la bella y la bestia. Como dice Pompeyo Audivert en la entrevista, quién no se ha visto feo en el espejo.
Y allí, en el espejo más brutal, el de lo que convencionalmente suele llamarse amor, se juegan los factores básicos de la animalidad humana: hambre y sexo. Y las dos cosas, sumándose y alternándose, trenzándose, construyen una tercera: el poder. Por eso el poder es afrodisíaco. Por eso el poder concentra parásitos en torno, como bichos voladores las luces en la noche. Al fin, de eso trata Muñeca.

Mederos: de tangos y papas fritas


Rodolfo Mederos es algo más que un hombre con un bandoneón, su espíritu crítico lo lleva a cuestionar la existencia misma del tango, y es capaz de decir, cuando comentaristas llenos de optimismo hablan de un resurgimiento de ese género, que “el tango se ha macdonalizado”, porque hay un público adiestrado para el consumo de “sonidos fabricados en oficinas de marketing, donde nada tiene historia y todo suena igual. Una globalización del gusto, la estética, la sensibilidad y las decisiones”.
Resulta duro escucharlo afirmar que los músicos están ante una realidad en la que “el tango, en su más pura manifestación, ya no existe”, Agregando que “dejó de ser la música cotidiana de un conjunto social para convertirse en ‘música de culto’ para entendidos y, desde lo comercial, para el turismo poco exigente”. Una recorrida por los escenarios tangueros de Buenos Aires, incluso los más alejados del turístico Caminito y sus bailarines de corte y quebrada, muestra rastros de esa orientación hacia el tópico vacío. Ese espacio que le lleva a decir que hoy no existe nada de lo que se vivió en los ’60 y ’70 en poesía, intérpretes o arregladores: “Lo que queda son fotocopias de fotocopias cada vez más borrosas”. Y de las fusiones, de las incursiones en la electrónica, también tiene algo que decir: “Eso no es música, es basura, es producto de la ignorancia, de la mediocridad y del oportunismo. Estos músicos no hacen música, hacen papas fritas”. 
En estos días, cuando en el Centro Cultural Torquato Tasso, frente al Parque Lezama, alterna los fines de semana su trío con su orquesta típica, accedió a dialogar con Miradas al Sur, sobre el hoy y si hay mañana para el tango. Y cómo lo anterior configura un interrogante que desborda por todos los costados, es preferible ir a la voz de Rodolfo Mederos, que a modo de repuesta dice:
–Ésa es la pregunta que me hago todos los días. La que me hago yo y le hago a mis alumnos todos los días. ¿Qué hacer? Una pregunta difícil de contestar, porque estamos en un territorio desvastado, mercantilizado, en el que no es fácil saber dónde estamos y qué queremos, porque la globalización de las culturas le ha quitado valor a todo. Hoy el tango es un negocio más, y como negocio ha entrado en liquidación.
–En ese sentido, el tango no se diferenciaría de otras músicas.
–Es que el tango es, fue, más que una música. En los años grandes del tango, en los ’40 y hasta los ’60, era parte de la vida de la gente; una manera de vivir y de sentir; una filosofía de vida. Era la música popular porque era la música de la gente en cualquier circunstancia de su vida. Pero ya no lo es, y lo que queda son los gestos, repetidos, gastados, el circo. Hoy la música que baila la gente, la que siente propia, son tal vez el cuarteto en Córdoba, el chamamé en el litoral y la cumbia; pero ya nadie baila el tango, como no sea en academias.
–Hasta los años ’50, los bailes populares contaban con orquesta típica y era una obligación saber bailar bien el tango, en el estilo de entonces, de salón. Después sucedió algo y se pasó a la escucha; muy lejos del baile.
–En esos años sesenta la presencia de Astor Piazzolla es responsable de la desaparición del tango. La discusión que tenían hacía tiempo, los puntos de vista distintos entre Piazzolla y Troilo (Aníbal), se inclinaron para un lado. Troilo defendía que el tango tenía que conservar su forma bailable, cuando Piazzolla empujaba por un tango para ser escuchado. En esa puja en los ’60 se fue dejando de bailar el tango y se impuso escuchar a Piazzolla.
–Parece como si Piazzolla fuera el responsable de la caída del tango, cuando, quizás, fue un emergente inevitable.
–Seguramente que era un emergente, pero fue la herramienta usada por el establishment para romper la que era profundo en la identidad. El avance de la globalización cultural estaba cuestionando todo. La música que difundían las radios y las grabadoras se habían estandarizado y acá teníamos productos como El Club del Clan y otros parecidos. Se usó a Piazzolla y su bandoneón se terminó con el tango bailable, el tango del barrio, porque la dominación también pasa por ahí.
–Tal vez tendríamos que definir qué es el tango, porque mientras algunos dicen que está “más vivo que nunca” usted sostiene que murió.
–El tango es una manera de vivir. Una manera de relacionarse con la gente, con el vecino, con el amigo, porque el tango es el barrio. Un barrio que ahora no se reconoce en el tango. A ver… todas las manifestaciones culturales han nacido en cierto momento, tuvieron un desarrollo, incubaron corrientes culturales posteriores, entraron en decadencia y luego se extinguieron. Sucedió con el barroco, con el renacimiento, con todas las corrientes; incluso las modas, lo que esté de moda, tiene que ver con eso, con un ciclo inevitable.
–Un ciclo que nos remite a lo biológico: nacer, crecer, decaer y desaparecer.
–Puede doler que algo se extinga, pero nada dura para siempre, y el tango ha tenido ese desarrollo, con su mayor esplendor en los ’40 y ’50, y luego su decadencia. ¿Por qué pensar que el tango debería ser eterno? Si fue popular era porque representaba una época y la gente se reconocía en él, hoy esa época es pasado; y el tango también. Nadie llora porque desapareció el barroco, Bach… todo eso que es pasado, y que sigue vivo, pero como pasado. Nada impide hoy que, en lo que se da en llamar la música clásica se interprete música del barroco, y yo suelo incursionar, jugar, con la música de Bach, maravillosa, pero lo hago desde hoy. Ni el barroco ni Bach son hoy populares. Y eso es lo que hay que asumir con el tango; ya no es popular. Lo que no quiere decir, otra vez, que no lo pueda disfrutar, sólo que ya no es como una lengua viva, ya no está en la calle, lo tengo que encontrar en el salón, casi en el museo.
–¿Entonces? Porque usted toca, compone y enseña tango. ¿Qué pasa con los jóvenes que se acercan al tango ahora?
–Lo que pasa es que lo tienen que aprender “in Vitro”. Tiene que buscar las grabaciones de unos y de otros, escucharlas, observarlas y aprender de ellas lo que puedan. Cuando yo era chico no tenía que ir a buscar el tango, estaba en mi casa, en el barrio, en el vecino que tocaba la guitarra o el bandoneón, en la vecina que cantaba. Hoy tenemos academias de música popular, donde los músicos pueden aprender los “yeites” indispensables. Antes no había academias porque el músico aprendía en contacto con los músicos, en la calle, en los clubes, en los escenarios; ahí estaba el tango. Por eso digo que hoy lo tienen difícil los que se acercan al tango.
–Esa clase de aprendizaje se parece a una búsqueda arqueológica. ¿Cuál es el imán, entonces, que atrae músicos hacia el tango?
–Tal vez una manera de mirar la vida; no sé. Sí sé que lo tienen muy complicado. Y yo también. ¿Qué podemos hacer? Hay que encontrar esa respuesta, ¿y mientras tanto, qué? Escuchar, incorporar, tocar, buscar… ¿Buscar desde dónde? Yo no creo que alguien pueda encerrarse en una torre de cristal y decir, voy a producir la música popular de este tiempo. Eso no sucede así, hay un proceso vivo, una vinculación de fondo, una raíz común con el pueblo o no hay manera. Si alguien, después, es reconocido por haber hecho algún aporte en ese sentido no es porque se haya encerrado entre cristales, sino porque estaba conectado, vivo.
–Se puede definir al origen del tango como la música del desarraigo. El pibe de la guitarra expulsado del campo por los latifundios, el pibe que aprendió el violín en una sinagoga europea, el italianito que toca el bandoneón  porque no tiene plata para un acordeón; y el bandoneón, instrumento para iglesias ambulantes empeñado en el puerto por marineros alemanes. Eso era el desarraigo. ¿Ya no hay tango porque falta del desarraigo?
–Lo que tengo claro es que el tango apareció con la inmigración europea, y que la cumbia que se baila en los sectores más populares es un producto de la inmigración latinoamericana. Sólo que en los primeros tiempos del tango la comunicación, la influencia de la comunicación mundial no era tanta como hoy, donde se impone una homogeneización, un achatamiento de los perfiles locales. Yo no sé si esa cumbia que se baila está cerca de la original o también es un producto del mercado. Lo que sé es que no quiero, no es lo mío tocar cumbias.
–¿Entonces? ¿Cuál es el camino?
–Ojala lo supiera. Pienso que es algo que tenemos que encontrar entre todos, hablando, haciendo. Yo toco con el trío y también con la orquesta típica. Podrían preguntarme, diciendo lo que dice, ¿qué sentido tiene tocar con una típica? No sé, un poco por pedagogía, para que la gente de hoy pueda escuchar como sonaba una orquesta típica, de la época en que había muchas, y otro poco porque es un placer. Algo que uno lleva. Pero hay que estar abierto, bien abierto.
–Justamente, eso me parece un tema. Ajustarse a un género, en este caso el tango, muerto o vivo, ¿no limita la ambición del músico? Tal vez por el lado de romper los moldes se pueda entender el tango electrónico, por ejemplo.
–No quiero atarme a un género como quien se ata a un reciente, algo que ya está preformado. En ese sentido, hoy miro hacia adelante y no me cierro a nada que sea auténtico, sin especulación comercial o de marketing. Hace tiempo, cuando comenzaba la dictadura, formamos “Generación Cero”, con la intención de explorar, experimentar. Ni siquiera llamábamos tango a lo que hacíamos, era un experimento.
–Sin embargo, cuando uno escucha, hoy, a “Generación Cero”, no tiene dudas de que eso es tango. Al menos es esa música urbana, con olor a asfalto recalentado, subte y cafés de parado, propia de la década del ’70.
–Puede ser, pero no era lo que nos proponíamos, más allá de juntar, encontrar, el rock, el jazz y el tango, para ver qué salía.
–Usted ha tocado con gente de muchos géneros, rock, folclore, jazz, incluso flamenco. ¿Cómo ve las versiones de tangos de Diego El Cigala?
–No me gustan.
–¿Por aquello de zapatero a tus zapatos?
–Yo no me meto con lo que no sé, como el flamenco. El problema de estos cantantes es que no piensan en lo que hacen.
–Una pregunta indiscreta. ¿Ponerle pulso tanguero al Himno Nacional Argentino fue un encargo, como el que recibió el catalán Blas Parera?
–No. Estaba jugando con la música y el bandoneón, cuando se me cruzó el Himno y empecé a improvisar. A mi hijo le gustó y la cosa quedó ahí. Tiempo después estaba grabando y el técnico, que no se cómo se había enterado, insistió para que grabara mi versión del Himno; y lo hice. Después lo eligieron para el bicentenario, y ahí está. 
–Su visión sobre el tango no deja de ser desoladora para un joven que se aproxime a él. ¿Algo de esperanza en el futuro?

–Reconozco que es desalentadora, pero también es un desafío, y los desafíos son atractivos. Podemos quedarnos quietos o seguir avanzando, quizás encontremos algo; al fin, la vida misma es un continuo desafío.

Recuerdos del futuro
Bandoneonista, arreglador, docente, Rodolfo Mederos es un referente de un tiempo de tránsito desde el tango como rey de los bailes populares a la marginalidad de los Centros Culturales, donde se escucha pero no se baila. Espacios que parecen tener su contracara –sólo parece– en las milongas y las academias donde se “curte” el tango con cortes y quebradas que ya era viejo y abandonado en los años ’50.
Rodolfo Mederos, reconocido como un joven bandoneonista talentoso por Astor Piazzolla –mientras Mederos estudiaba en la Universidad y tocaba en Córdoba– pega el salto a Buenos Aires y comienza una carrera siempre junto a los mejores. Así, a mediados de los ’60 graba Buenos Aires, al rojo, con temas propios, de Piazzolla y de Carlos Cobián y se presenta en público apadrinado por Eduardo Rovira. Poco después, siguiendo la senda de ese tiempo de la confluencia de poetas y músicos, pone su bandoneón al servicio de los poemas del Grupo Barrilete.
Ya en el ’69 integra la orquesta de Pugliese, con Daniel Binelli y Juan José Mosalini. Con ellos dos seguirá como arreglista en el “Quinteto Guardia Nueva”, pero ya en 1976 inicia un grupo que se constituiría en “conjunto de culto”. Esta calificación significa, normalmente, que el sujeto adjetivado no llegó a ser reconocido por el gran público, pero sí por los iniciados en el misterio áulico, y por sus colegas, que descubren a través de sus audacias nuevos caminos, nuevas puertas a que tocar.
Por cierto que “Generación Cero” –hoy fácil de acceder en Youtube– tuvo toda la irreverencia propia de esos tiempos y cruzó música de distintos orígenes, con sus pulsos y respiraciones propias. Los eruditos hablan de “triple fusión”, porque sumaron, entrecruzaron, el jazz, el rock y el tango. Desde la misma irreverencia de los músicos, se les podría cuestionar a los eruditos su clasificación, al fin, el jazz, el rock –al menos al argentino– y el tango tienen el mismo origen y la misma sangre: el suburbio, la marginación y el asfalto.
Para aquellos, trágicos, mediados de los ’70 la propuesta de Mederos en “Generación Cero” no sonaba como tango, pero tampoco lo negaba. Al fin, con la aparición de Astor Piazzolla y Eduardo Rovira se había roto un dique que condenaba al tango a una manera, a un estilo, a una mirada, que se estaba haciendo vieja y lejana para las nuevas generaciones. Los Beatles, Los Gatos, Manal y Almendra ganaban el baile de los jóvenes, alternando con las cumbias y los colombianos vallenatos de Los Wawancó y el Cuarteto Imperial. El baile y el club de barrio habían sido desplazados por las discotecas y la identidad local se hacía papel picado en nombre de la universalidad, cuando se le daba nombre.
El primer disco del grupo fue “Fuera de broma”, al que siguieron “De todas maneras”,”Todo hoy”,”Buenas noches, Paula”, “Verdades y mentiras” y “Reencuentros”.
Al fin, “Generación Cero”, tal vez anticipando la visión que hoy manifiesta Rodolfo Mederos sobre aquellos tiempos, fue adquiriendo cierta trascendencia y logró reconocimiento del público, especialmente en escenarios fuera de la Argentina. Algo así como recuerdos del futuro.

Publicado en Miradas al Sur