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viernes, 9 de septiembre de 2016

Harraga, o las cárceles para inmigrantes


Cuando crecen las expectativas de conflictos socioeconómicos, el equipo de gobierno del presidente Mauricio Macri anuncia el proyecto de crear cárceles para inmigrantes sin papeles, argumentando que es parte de la lucha contra el narcotráfico internacional y su consecuencia social, la drogodependencia. Si ya es una convicción generalizada que la pelea contra el narcotráfico y el terrorismo son excusas fantasmáticas que justifican cualquier desaguisado, una mirada somera abre camino a un interrogante: ¿Los funcionarios saben lo que hacen o viven dentro de un “taper”? ¿Creen, realmente, que un boliviano sin papeles tiene peso en el tráfico de drogas ilegales? Como el tema, cuando lo explican algunos especialistas, parece muy complejo, nos proponemos simplificarlo analizando dos de sus componentes, las drogas que se consumen y la experiencia en cárceles de este tipo que tienen otros países.

Hace poco tiempo hubo un par de muertos en Costa Salguero, por consumo de MDMA, llamado vulgarmente éxtasis. Más allá de que los encuentros con música electrónica, rave, o como se los quiera llamar, están indisolublemente ligados al consumo de éxtasis para alcanzar un estado de trance catártico, que esa droga pueda ser importada clandestinamente es una posibilidad muy relativa. La experiencia mundial demuestra que se produce localmente, sin dificultad, en la trastienda de alguna farmacia, veterinaria o garaje; cosa que sucede en todos los países con una industria médica medianamente desarrollada. Esto no es nuevo ni desconocido, tiene antecedentes ya viejos, que hoy parece que se repiten, como el mercadeo sin “importación” de anfetaminas y codeína.

Una breve anécdota ilustrativa. El que firma, allá por los 70, acatarrado, concurrió a una farmacia nada clandestina del conurbano norte en busca de un jarabe para la tos, con poco azúcar, por la gastritis. Con mirada de compresión, que al fin era de complicidad, el farmacéutico le dio un jarabe con endulzante artificial. Con dos cucharadas de ese jarabe el tipo quedó en stand by. Imbecilizado por varias horas. Pero no tanto como para no entender que había sucedido. Muchos, llamémoslos jipis, se colocaban con jarabe para la tos, que contiene codeína, un opiáceo apenas unos grados por debajo de la morfina. Pero, como el exceso de azúcar que supone beberse un frasco les reventaba el estómago, los emprendedores producían en la trastienda esas bombas con mucha codeína, nada de azúcar, y mínima acidez estomacal.

Por ese tiempo menudeaban los robos a las farmacias, para procurarse gratis el jarabe o las anfetaminas; que procuran un efecto acelerante y suelen ser consumidas por los que van por la vía rápida. En Europa es habitual que los rockeros punkis se chuten vía nasal anfetamina en polvo, despreciando la cocaína como una mariconada. Uno puede sospechar que los robos de farmacias no eran generalizados, sino puntuales, porque no en todas partes se hace fábrica clandestina, pero eso queda para la policía. Para lo que toca a esta nota, es reseñable que el consumo de jarabes para la tos ha aumentado entre los adolescentes, y es de presumir que hay nuevos emprendedores en ese ramo. Dicho esto, podemos pensar que éxtasis, anfetas y codeína integran la industria nacional, como en todos los países del Primer Mundo, sin necesidad de cárteles de tráfico internacionales, menudeando las micro redes y los revendedores que, a su vez, consumen. Así las cosas, cualquier campaña contra el narcotráfico como flagelo internacional alcanza a una parte, sólo una parte, del mercado de las drogas.

En cuanto a cárceles especiales, uno siguió de cerca el proceso español, con sus Centros de Internación para Extranjeros, donde iban a parar quienes arribaban a las costas de España en “pateras” y “cayucos”, cruzando el Mediterráneo o haciendo miles de kilómetros, pongamos desde Somalia, Mauritania o Mali. Sobre sus portales podría inscribirse lo que leyó Dante en su incursión al Infierno de la mano de Virgilio: Lasciate ogni speranza oh voi che entrate.
En esos centros de internamiento primaba el limbo jurídico, algo que sucederá, inevitablemente, con las cárceles proyectadas para Argentina. Cómo los que llegaban no estaban procesados, porque ingresar sin papeles es una contravención y no un delito, se negaba el acceso tanto para abogados como para ONG que defendieran los derechos humanos. Es cierto que se suponía que la estancia sería corta, porque los infractores serían deportados a su país de origen, pero… harraga.

“Harraga” es una novela negra del canario, nacido en Tánger, Antonio Lozano. Toma el título de una costumbre de los marroquíes de las pateras: quemar sus papeles personales para llegar a la otra orilla sin documentación que acredite de dónde vienen. Vaya uno a saber cómo llamaban a eso los subsaharianos, es decir africanos negros, que llegaban sin documentos, imposibilitando la deportación. Por ese camino los limbos de detención españoles se llenaron a tope, hacinando gente que, en definitiva, sólo buscaba huir de alguna guerra o vivir un poco mejor. Si a esa circunstancia sumamos la costumbre de que hicieran el viaje mujeres al punto de parir, para que sus hijos nacieran al llegar y fueran españoles, la situación toma carices de problema irresoluble.

Más allá de que, en un país poco poblado, como el nuestro, los inmigrantes deberían ser incorporados, porque, en definitiva, la inmensa mayoría procura un trabajo y una vida de mejor calidad, suponerlos traficantes de drogas no sólo es un dislate, es un insulto. ¿Serán obligados a quemar sus documentos, o a parir al llegar? Si los funcionarios cambiaran su punto de mira y observaran los countries de nivel medio y alto, seguramente darían con auténticos traficantes cartelizados y, para esos, que no son tantos, con las cárceles ya existentes alcanza y sobra. Por lo que no es disparatado suponer que, otra vez, la lucha contra el narcotráfico es una excusa. ¿Conspiracionismo? Puede ser, pero, en los días que corren, el que no está sanamente paranoico está totalmente loco.


Publicado en La Tecl@ Eñe. http://www.lateclaene.com/ral-argem Buenos Aires, 5 de septiembre de 2016

jueves, 11 de agosto de 2016

Agnóstico de tiempo completo


Cuando Mario Vargas Llosa se presentó para la presidencia en Perú, en 1990, los hechos reseñables son que ganó la primera vuelta con el doble de votos que Alberto Fujimori, y que esa relación se iba a invertir en la segunda vuelta, donde Fujimori dobló los votos del escritor y se quedó con el Ejecutivo.

Esos datos se encuentran en Wikipedia, y no dicen nada interesante a un tipo que trafica con palabras, un escritor. Sí resulta atractivo, para esta clase de traficantes de ficción, un mínimo fragmento de “El pez en el agua”, ensayo en que recuerda, entre otras cosas, su campaña por la presidencia. Allí, quien, desde 2011 ostenta el título de Marqués de Vargas Llosa, bendecido por Juan Carlos I de España, muestra su desconcierto porque los peruanos, nos repetimos, entre otras cosas, no entendieron que fuera agnóstico. Con lo que la referencia del pez en el agua, rescatada de Mao y, a su vez, rescatada de chinos milenarios, se queda seca, por no decir que hace agua, o que el pez no está en el agua que le corresponde. A ver.

Vargas Llosa refiere su perplejidad ante la incomprensión, pero no se toma el trabajo, en ese ensayo, de incluir una línea que explique qué es el agnosticismo. Probablemente da por sentado que los lectores de su libro, que no son quienes no lo comprendieron, a él, candidato y agnóstico, no necesitan que les expliquen qué es el agnosticismo. Categoría que tampoco explicaremos en esta nota porque damos por sentado no que los lectores saben de qué se trata, sino que tienen Google para consultarlo al toque. En todo caso no es eso lo que importa, sino la ausencia de vinculación verbal entre un político y quienes dice representar.

Si hacemos un salto en el tiempo hasta los últimos cinco años de la vida política argentina tropezamos con una variante del incomprendido agnosticismo de Vargas Llosa, el vocablo que parecía una obligatoria marca de fábrica del kirchnerismo y sus vecinos: empoderamiento. No había dirigente que se propusiera parecerlo que no descerrajara lo del empoderamiento en sus discursos, charlas o entrevistas. Para este escriba, que regresaba luego de una década fuera del país, el “palabro” lo obligó a una investigación para saber qué quería decir, lo que trajo la otra pregunta ¿quién lo entiende? La respuesta, en los sectores populares, y en el mejor de los casos, se resumía en agarrar la manija por cuenta propia y no esperar que los Reyes Magos te resuelvan la vida. Si esa aproximación era ajustada ¿para qué complicar las cosas chamullando de empoderamiento?

La navaja de Ockham indica el camino más directo hacia una explicación: las jergas compartidas identifican a los grupos aportando identidad y pertenencia, lo que siempre significa el reconocimiento dentro del grupo, aunque fuera de él no se comprendan esas variantes idiomáticas. Para cerrar el círculo, faltaría que alguno de aquellos proclamadores del empoderamiento argumente que Mauricio Macri es presidente porque los argentinos no entendieron que deberían empoderarse. ¿Lo qué? diría un votante estilo Nini Marshall.       

En rigor, debería señalar que lo peor no son las jergas indentitarias, sino la adopción de categorías por lo menos frágiles y esquemáticas que, además de entenderse difícilmente, son enunciadas como verdades sin equívoco. Entiendo que, a la hora de las barricadas, todo vale, pero sería saludable que quienes se piensan militantes también piensen lo que dicen; a más de preguntarse qué es lo que entiende su interlocutor. Un ejemplo, para no irnos por las ramas.

Hoy, en los foros de encuentro, virtuales y no virtuales, la oposición al actual gobierno esgrime un fantasma, la “década del 90”. Designando con ese título la etapa en que el neoliberalismo puso al país al borde de la extinción, se critica, y con razón, las políticas sociales y económicas del macrismo. Pero, que haya razones no justifica una simplificación, por no decir una falsía, porque cuando alguien cita la década del 90 elude la realidad, que un par de referencias básicas dibujan sin lugar a dudas.

La mayor parte de esa etapa fue ocupada por Carlos Menen -1989/ 1999- y un cachito así, cuando ya estaba todo podrido, por Fernando de la Rua -diciembre del 99 a diciembre de 2001-, que no podía hacer nada, y me es difícil creer que pueda hacer algo, en cualquier terreno. Las políticas económicas, incluyendo entre otras la paridad cambiaria, que obligaba a subvencionar el peso y no la producción -alimentando la bicicleta financiera- se aplicaron durante la égida de Menem. Incluyamos la privatización de bienes del Estado, es decir de todos, a precio de regalo. Menem fue un presidente que no estuvo solo, porque lo acompañó el establishment de derecha -el mismo que hoy apoya a Macri- la inmensa mayoría de su partido y nueve de cada diez dirigentes sindicales. Esta afirmación tiene una demostración fáctica. A pesar de haber ido en contra de las tres banderas tradicionales y básicas del peronismo, Carlos Menem no ha sido expulsado de su partido. Ese es un botón que no se quiere apretar porque los que quedarían afuera son una chorrera.

Escuchar la denostación de la década del 90 en boca de militantes del campo popular, con una agregada referencia al cuco de la Alianza, coloca el discurso en el terreno de la subjetividad más irracional y alimenta una argumentación de una debilidad flagrante. No se puede hablar seriamente de la década del 90 sin hacerse cargo de sus protagonistas. Me temo que se vea como natural que, más adelante, cuando la siempre coherente clase media vuelva a votar en contra de sus propios intereses, alguien se justifique diciendo, como Vargas Llosa, no me entendieron cuando dije década, cuando dije empoderar, cuando dije agnóstico.

Es cierto que lo que parece y no necesariamente lo que es, gobierna nuestras vidas y construye hasta nuestra identidad. Durante una buena parte de la Edad Media se vivió lo que los eruditos llaman “la invención de la reliquia”. No era imaginable que una iglesia fuera importante si no tenía, por lo menos, una astilla de la cruz de Cristo. Esa astilla convocaba a los fieles y en ella confiaban sus pesares. Que la suma de todas las astillas que andaba por ahí alcanzara el volumen de un bosque era lo de menos. ¿Quién que no sea un hereje va a cuestionar la santidad de las reliquias? Al fin, como la ficción es tan poderosa como lo real, con un par de datos trataré de bocetar nuestra esencia ficcional. Una manera descarnada, y descarada, de describir el ser nacional.

Ante Plaza de Mayo está el Cabildo. ¿Está? El original, con techo de paja y probablemente de ladrillo crudo, se quemó hace media Historia. De allí en más fue reconstruido en estilo italiano, francés, rococó, etc, hasta terminar copiado de un cuadro de Ceferino Carnacini, que no pudo verlo como era porque nació a fin del siglo XIX. Singularmente, en el cuadro de Carnacini, inspirador del cabildo trucho, o no había pueblo o sobran paraguas, artefactos que eran cosa de ricos. Como anécdota repetida se recuerda, de aquel sacrosanto 25 de mayo, la militancia -que no era grasa porque los próceres nunca son grasa- de dos personajes. Los pibes aprenden que Domingo French y Antonio Luis Beruti repartían cintas celestes y blancas, cuando, según quién, parece que eran solo blancas, o rojo jacobino, o blancas y verdes, preanunciando el simbolismo unitario. Con lo que, las ilustrativas excursiones de escolares a ese monumento nacional los aventuran en la ficción, en la imaginación, tal vez para que se vayan acostumbrando a que todo lo que nos han enseñado puede ser un cuento chino, y que, casi siempre, cuando se dice una cosa se está diciendo otra, que probablemente no es lo que uno entiende.

Entre que parece que tenemos problemas para entendernos en una lengua común -donde el pan se llame pan- y la tendencia a fabular los hechos y las personas, se me ocurre que la Historia, los libros de Historia, son una rama de la ficción no suficientemente apreciada. Hasta en eso se puede ser agnóstico.


Buenos Aires 1 de Agosto de 2016, revista digital Latecl@ Eñe.

martes, 26 de julio de 2016

Maquiavelo, Napoleón y Macri


En el boxeo suele usarse la calificación de “tiempista” para algunos púgiles. Son boxeadores que manejan con inteligencia los tiempos de la pelea, la regulan en función de sus posibilidades, combinando ataques con pequeñas treguas, siempre a su favor. Funciona bien cuando el contrincante es un peleador de pocas luces. Cuando el manejo de los tiempos no es ajustado, el resultado puede ser catastrófico, más allá de un “zapallazo” que lo emboque cuando va ganando por puntos y lo deje mirando la lona de cerca.
Como en revuelto cajón de sastre, se me mezclaron los boxeadores con Nicolás Maquiavelo, y todo como observación de la política diaria del actual gobierno de Argentina, porque uno de los ejes más importantes de “El príncipe” es la conciencia y el uso de los tiempos políticos.
Digo, como comentario al margen, que el analista político más importante de varios siglos, Maquiavelo, tiene mala prensa. El retorcido accionar de cualquier político, o lo que fuere, de alto o bajo vuelo, es denostado como maquiavélico, y eso es una burrada; como tantas. Antonio Gramsci, que parece estar de moda tanto para un roto como para un descocido, rescataba “El príncipe” como uno de los grandes aportes para entender cómo funciona el poder en la política. Tenía claro que Maquiavelo no sugería maneras, formas de perpetuarse en el poder, sino que, con la excusa de aconsejar a un príncipe -necesaria para que no le cortaran el cogote- hacía una radiografía documentada de los mecanismos del juego. Pero volvamos al uso de los tiempos.
De la observación de etapas ya sucedidas, desprendía que, entre otras cosas, quienes habían sabido manejar esa escurridiza categoría se habían consolidado, y quienes no lo supieron fueron arrasados por sus enemigos. Para resumir la ley que mandaba en esa situación señalaba que todo príncipe que llega al poder tiene un tiempo de gracia. Los que perduraron hicieron de ese tiempo el tiempo del cuchillo, aplicando la violencia institucional, y no tanto, sin concesiones, eliminando a sus opositores y todo aquello que pueda favorecer a los que no son los suyos. Lo que, en criollo, se dice machacar al hierro mientras está caliente. El jacobino Mariano Moreno decía, en su manifiesto, más o menos lo mismo. A los amigos todo, a los neutralizables tratar de no joderlos y al contrario ni agua.
Sólo que, informaba Maquiavelo, el tiempo de la sangre -incluso la metafórica- tiene un límite, poco antes del cual hay que cambiar el ritmo, porque la paciencia, e incluso el miedo también tienen límites. Si la cosa ha funcionado bien para el príncipe levantar la mano dura es un buen negocio y habrá logrado la aceptación de un estado de cosas. Si no lo hace tendrá que comenzar a pelear por su supervivencia, lo que siempre es una situación difícil, muy difícil de revertir; porque algunos propios y muchos neutrales ya lo verán con malos ojos.
Napoleón Bonaparte leyó atentamente el libro de Maquiavelo y lo acotó en los márgenes. Se le atribuye, sobre este asunto del tiempo de avanzar sin remilgos y la necesidad de abandonarlo cuando caduca, haber dicho: “las bayonetas sirven para muchas cosas, pero no para sentarse sobre ellas”. Rescato esta frase de Napoleón, que no encontré en el ejemplar de “El príncipe” comentado que tuve, porque si no la dijo podría haberla dicho y, casi siempre, la leyenda expresa mejor a la realidad que lo documental.
No dudo de que Durán Barba, asesor publicitario del presidente Mauricio Macri, leyó a Maquiavelo con la misma dedicación que Gramsci y Napoleón. Pero, el que está en medio del ring es Macri, y los segundos de su rincón pueden proponer, pero, en medio de la pelea no deciden. En ese sentido la insularidad del boxeador es absoluta. Como dijo Ringo Bonavena para explicar por qué hacía lo que le parecía mejor en medio de las piñas: “cuando suena el gong te quitan hasta el banquito”, estás solo.
Visto lo que va de la presidencia de Mauricio Macri se nos hace evidente que calibró con acierto la debilidad de la oposición, contando a políticos, sindicalistas, etc, etc, y transforma la realidad en función de los intereses de su sector social, sin detenerse a contabilizar los costos; porque hasta hoy han sido bajos. Todavía está en el tiempo de gracia, el tiempo de los cuchillos. El interrogante que campea en la cabeza de los observadores políticos es si tiene conciencia de la caducidad y si sabrá cuando tiene que cambiar de ritmo, porque está liquidando esa etapa con una velocidad sorprendente, en gran parte por la desprolijidad de muchas de sus medidas, que le ganan enemigos gratuitamente.
¿Qué pueden hacer los integrantes de su equipo si no quieren encontrarse con una papa caliente en las manos? Poco, porque ni siquiera sus consejeros más cercanos pueden decidir en lugar del número uno.
Un creativo publicitario que participó en la campaña presidencial de Ricardo Alfonsín señaló cierta vez las limitaciones de lo que puede hacer un asesor. Si el candidato no es capaz de resolver los problemas que se le presentan el asesor no puede hacer nada por él. Si el asesor fuera mejor, debería ser el candidato, estaría en el centro del ring, no en el rincón, custodiando el banquito y las toallas.
Resumiendo desde la fragilidad de los tiempos, los “tiempistas” y las lealtades, en esta ensalada de Maquiavelo, Napoleón y Macri es saludable recordar que, cuando el boxeador pierde se va su casa con la cara abollada, sus segundos empiezan a buscarse un nuevo pupilo, y sus seguidores a otro a quien admirar. Como cierre convengamos que, aunque como figura literaria esto último sea bonito, no es del todo real. El boxeador pierde sólo. Si es un presidente, los que tendrán la cara abollada serán miles.

(Publicado en "Zoom")

sábado, 25 de junio de 2016

España: de sorpassos y ratones


Como las elecciones de este próximo 26 de junio en España prometen ser un calco de la del 20 de diciembre, resulta interesante hablar de bueyes perdidos, o de la migración de vocablos que se hacen internacionales, como sorpasso, palabra que los analistas han hecho suya para describir el avance de la alianza Unidos Podemos hacia el primer puesto. En la Argentina de los años 60 ese concepto impregnaba el habla cotidiana y, especialmente, la narrativa de la Fórmula 1. El fenómeno tuvo arranque en la película Il sorpasso, protagonizada por Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant. El personaje de Gassman era de los que van rápido por la vida, sin ataduras que le impidan ser ganadores. Y por eso el título, producto de la sabiduría de calle italiana, que define la jugada del que arrebata, oportunamente, el primer puesto, si es posible en la última vuelta de la carrera, cuando ya el otro no puede recuperarse. Valentino Rossi, “il profesore”, as del motociclismo italiano, más de una vez ganó carreras con esta mezcla de sorpresa, oportunismo y audacia. Como los oportunistas tienen mala prensa conviene recordar que Lenin decía que un revolucionario es un oportunista con principios. (Si a alguien le incomoda esta referencia marxista puede recurrir al Martín Fierro, donde encontrará definiciones semejantes, pero más folclóricas).
Es posible que estas sutilezas estén lejos de las intenciones de los analistas, pero el concepto ancló fuerte en esta campaña, incluyendo entre los “sorpasistas” al partido en el gobierno, que amenaza la supremacía histórica del PSOE en Andalucía; un escenario ideal para observar la fragmentación interna que sacude a los socialistas.
Con una sumatoria de señoritos “felipistas” y trabajadores históricamente de izquierda, en las últimas elecciones el PSOE conservó el poder, afianzando a la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, por algo más de dos puntos sobre el PP. Pero esta vuelta la cosa es más complicada, porque la disputa interna al PSOE obliga a Susana Díaz a una doble apuesta: ganar en Andalucía y que pierda Pedro Sánchez, el candidato de su partido a nivel nacional. (Cualquier analogía o comparación con las últimas elecciones en Argentina, y la campaña por el candidato oficial, corre por cuenta de la suspicacia del lector.)
Así las cosas, con una diferencia previa mínima, los socialistas andaluces encaran la última curva, atentos a los espejos retrovisores, porque hay amenaza de sorpasso por izquierda y por derecha. Si eso sucede, si los socialistas andaluces suben al podio en el tercer puesto, el pase de facturas cruzadas será sangriento, porque el PSOE habrá dejado de ser la alternancia natural al PP y, para no hacerse papel picado, deberá sumarse a quien mejor negocio le proponga.
A esto se suma que, como España es España, y las identidades históricas tienen mucho peso, la onda de choque iniciada por Podemos y potenciada por su alianza con Izquierda Unida, amenaza a una fuerza tradicional como es el PNV (Partido Nacionalista Vasco) y sucede lo mismo con Unión del Pueblo Navarro (UPN) y el Partido Aragonés (PAR), los tibios nacionalistas de Navarra y Aragón. El partido de Pablo Iglesias, por sí sólo, les arrebató una buena cantidad de votos en las últimas elecciones. Ahora, con Izquierda Unida, que le da un toque de confiabilidad tradicional que no tenía, es posible que arrastre al progresismo de esos partidos, con lo que la onda de choque amaga con tener efectos de tsunami.
Lo único seguro es que, después de estas elecciones, poco será semejante a lo que era antes porque, si bien en las encuestas “inversas”, donde se pregunta no a quien se votaría, sino a quien nunca se votaría, Unidos Podemos aparece como el campeón de los campeones, el voto a PNV, UPN y PAR naufraga en la duda, con lo que es de prever que la inercia y el conservadorismo arrimen sufragios al PP, o sumen gente a la abstención.
Este panorama no pasa desapercibido para los dirigentes tanto del partido de Mariano Rajoy como del PSOE, que con mayor o menor entusiasmo se inclinan por pactar un gobierno conjunto. En ese sentido se han pronunciado los presidentes autonómicos de Aragón y Extremadura -Javier Lambán y Guillermo Fernández Vara- que sugieren una alianza con el oficialismo, algo que coincide con la idea de tres históricos del socialismo, como son Felipe González, Alfonso Guerra y José Bono. Es un rumor ampliamente compartido que, si Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, pierde las elecciones, su partido le exigirá la renuncia y que se permita gobernar al PP. Algo así como que si no se puede ser cabeza de león bien vale ser cola de ratón para pararle las patas a los “extremistas venezolanos”, con o sin sorpasso.
De todas maneras, no las tienen todas consigo. En los últimos días, tanto el presidente de gobierno como el arco que se juega la supervivencia han empezado a mover la idea de que, si no hay acuerdo para nombrar la sucesión, se deje gobernar al que más votos logre, o sea la primera minoría. Huele a un salvavidas desesperado, que, incluso, cuestiona las leyes electorales. Pero, como suele decirse, de perdidos al agua, que quizás cuela.
Para cerrar este panorama algo caótico, una referencia a lo dicho al principio sobre los vocablos importados a la lucha política, en este caso en relación con el líder de Ciudadanos -partido que arrancó en Barcelona como Ciutadans pel Canvi (Ciudadanos Por el Cambio) a favor de la “España una”-, el catalán Albert Rivera. Después de un acto en su tierra, donde fue acosado por CUP, tendencia independentista que le recrimina ser todo lo contrario, se quejó de ser víctima de los escraches, una palabra de la jerga argentina que, junto con corralito, parece haber sacado carta de ciudadanía, con perdón de Ciudadanos.
Extremistas venezolanos, sorpasso, escraches, corralito y, potencialmente, un “que se vayan todos”. Tal parece que la política desde la calle exporta tecnología. Ya se verá qué nuevas e irónicas categorías inventa nuestro sur del sur cuando se arribe a un nuevo 2001, que podemos presagiar por el rumbo hacia la tormenta que lleva el gobierno de Argentina. En todo caso, seguiremos exportando. Hay que ser positivo.


España: la alternancia en juego


Para observar las próximas elecciones en España hay que tener en cuenta que el nombramiento del Presidente de Gobierno es indirecto, determinado por los parlamentarios elegidos por el voto, lo que obliga, si ningún partido consigue un número propio suficiente, a las alianzas. Algo que en las elecciones del 20 de diciembre pasado no se pudo lograr, pese a que las negociaciones fueron múltiples. Para la instancia del 26 de junio todo indica un panorama similar, lo que implica el temor de que la crisis de gobernabilidad se haga crónica. Esta sensación está presente en la mayoría de los españoles y se traduce en la presión, desde las bases partidarias, para que sus dirigentes hagan lo necesario para “salvar a España”.
Lo dicho se refleja en la única novedad visible, el frente conformado por Podemos e Izquierda Unida (IU), que las encuestas colocan en segundo lugar en las preferencias, por detrás del PP y postergando al tercer puesto al PSOE. La niña bonita de los últimos tiempos, Ciudadanos -la nueva derecha- llega muy lejos de los tres primeros, esperando que la requieran a la hora de construir una mayoría.
La alianza Podemos-IU no se produjo antes por recelos de ambas fuerzas. El núcleo duro de IU es el Partido Comunista español, el mismo que firmó la transición arriando las banderas de la república y aceptando la monarquía. Sus dirigentes, acomodados a sus escaños en el Parlamento, se sostienen sobre una generación muy mayor que se conforma con una tibia actitud testimonial. Son los más jóvenes quienes empujan a juntarse con Podemos. La dirigencia teme perder la manija ante la potencia demostrada por el partido de Pablo Iglesias. Algo semejante, paralelo, le sucede a Podemos, que no es un partido tradicional, sino un frente líquido, que oscila entre el democratismo y la verticalidad. Su débil cadena de conducción fue el principal elemento para que no fraguara el acuerdo con el PSOE en la instancia anterior: el aparato partidario del PSOE y de IU es una herramienta de temer en cualquier alianza. Sólo que la cautela de Pablo Iglesias, que seguramente prefiere colocar a Podemos como la principal oposición, contrasta con la presión de sus partidarios, que quieren ser gobierno ahora y no en el futuro.
¿Hacia dónde se inclina el electorado y qué opciones habrá para las alianzas parlamentarias? Comparando las encuestas del diario El País (supuestamente de izquierda), el diario El Mundo, (supuestamente de derecha) y Metroscopía, una fuente supuestamente independiente, se puede hacer una radiografía de los votantes de los dos partidos tradicionales.
El votante fiel al PP tiene unos 55 años. Con lo que enfrentan, a no muchos años por delante, una masiva baja vegetativa. Por ahora, sin embargo, les sirve para aspirar y sostenerse en el poder. ¿Qué piensa ese votante? Que la responsabilidad del actual estado de cosas es del PSOE, que no apoyó al presidente pepiano, Mariano Rajoy, y no va a cambiar su voto respecto a la elección anterior. Esta fidelidad conservadora coloca al PP en condiciones de ganar, otra vez, las elecciones generales, por poco, y necesitado de sumar parlamentarios ajenos para alcanzar el Ejecutivo.
¿Qué pasa con el Partido Socialista Obrero Español, el otro polo de la alternancia política? Desde la llegada de Felipe González a su cabeza, hubo un claro corrimiento hacia la social democracia y un sacarse de encima a los dirigentes clasistas. Con el correr del tiempo y la llegada al gobierno -afirman que con apoyo del Departamento de Estado norteamericano, que temía al PC- desmovilizaron a sus militantes, hicieron fe de realismo político y se acomodaron a turnarse la administración con el PP. La presidencia de José Luís Rodríguez Zapatero, que cerró con ajustes propios del más férreo neoliberalismo, le creó una crisis de credibilidad. Tanto que se ha desdibujado como mayoría partidaria, y ni siquiera figura en dos rubros que interesan a los ciudadanos, como son la capacidad de transformación de la realidad económica y la capacidad de gestión. En el primer caso gana ampliamente Podemos. En el segundo, el PP, pese a que su gestión es la administración de la pobreza. Para el PSOE, una alianza de gobierno con el PP, supuestamente antagónico en principios y proyectos, es una apuesta de riesgo que pondría en juego su existencia.

Pero, ¿hay otra posibilidad a la vista? Con el frente Podemos/IU a la caza del Ejecutivo, y Ciudadanos a la espera de negociar sus reducidos votos, todo parece indicar que la alianza de PP y PSOE es la única solución que preserva el control del poder para los dos partidos tradicionales. Se argumentará que, en el pasado, este juego de hoy yo y mañana vos, era garantía de gobernabilidad. La pregunta sería: ¿gobernabilidad para quién y para qué? Los gobiernos de frentes progresistas, en Madrid y Barcelona, cuestionan ese argumento, pero no alcanzan para gestar un cambio profundo, que archive en el desván la alternancia de dos partidos que se diferencian sólo en el nombre.


lunes, 30 de marzo de 2015

Muñeca, Discépolo, Audivert



El Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, en Corrientes al 1500, es uno de esos sitios a los que se quiere volver y, allí, en la sala del subsuelo, se puede ver Muñeca, la pieza que Armando Discépolo puso en escena en 1924 en el Teatro Nacional de Buenos Aires. Esta versión libre dirigida por Pompeyo Audivert y Andrés Mangone permite afirmar algo que podría ser una insolencia: que supera a su original de partida.
Con una puesta en escena sin los resquicios habituales que dejan tanto el grotesco como el género chico, todos los personajes ponen pólvora a una explosión conjunta que atraviesa los sentidos del espectador. Para entender por qué el rescate de Muñeca y cuál fue el camino hasta esta visión particularmente incisiva, Miradas al Sur dialogó con Pompeyo Audivert.
–¿Cómo llega a Muñeca, un texto algo desvaído respecto de la producción de Discépolo?
–Me gustan los materiales de este tipo. Muñeca parece casi un folletín romántico, un drama sentimental, pero esconde una tragedia metafísica. Funciona como un caballo de Troya: uno cree estar asistiendo a una escena convencional y cuando menos se lo espera se desata otra percepción, se abren otras puertas asociativas. Esa es la virtud poética de esta obra de Discépolo. El tema que me resulta central es el de la máscara como frontera entre la identidad histórica y la sagrada. Anselmo, el protagonista, es un oligarca riquísimo encerrado en un cuerpo espantoso, y para colmo enamorado de una chica que le han entregado casi como un regalo para calmarlo. Siente su cuerpo como una condena, lo rechaza como identidad, se siente otro, el de adentro, el que está atrás de la careta. Vaya una situación dramática y teatral. ¿Quién no ha sentido la extraña sensación de no ser el que le devuelve el espejo? Muñeca también produce resonancias pirandelianas, la sospecha de que el mundo es una construcción teatral, y nosotros sólo actores puestos aquí para unos fines que nunca se nos revelan, el destino del que hablaban los griegos. En Muñeca puedo poner en juego la visión que tengo del teatro como máquina de escrutación metafísica, como el lugar al que vamos a preguntarnos ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Qué estamos haciendo? Creo que el teatro está para intensificar poéticamente esas preguntas, ese es su sentido. Cuando se apaga la luz antes de empezar la obra que fuere, en ese instante donde se suspende el tiempo histórico, sentimos la sensación de estar en otro sitio, en ese lugar sin nombre al que pertenecemos y del que venimos. El ritual del teatro nos ayuda a suspender la identificación con la máscara que nos protege, nos permite alcanzarnos en otra latitud.
–La lectura de la realidad en que se mueven los personajes privilegia, como fondo, el contexto político. ¿Puede pensarse el teatro de ese tiempo sin lo político? Más, la puesta parece una mirada crítica de la coyuntura actual.

–Anselmo es Yrigoyen, Perón, Ramón Falcón, Uriburu, es una fuerza histórica estallada poéticamente, representa a la vez al pueblo y a sus asesinos; es contradictorio, no se lo puede estabilizar en un signo de nobleza que calme las aguas de la interpretación romántica. Esa es la gracia de esta obra, que no tiene moralina ni moraleja, no hay redención sino en la muerte. Anselmo es un actor, por lo tanto no tiene moral sino estructura, en ella resuena el caos histórico. Es dable asociar la casa de Anselmo con el país, a él como su dueño y a los parásitos que lo rodean como la clase política que siempre rodea al poder del capital, pero la obra es mucho más que esa relación histórica que el teatro suele reflejar por añadidura, lo central es el planteo antihistórico, es decir la cuestión metafísica y poética que Muñeca desata. No quisimos producir una reconstrucción espejo de aquella realidad de principio de siglo, no quisimos decir “somos esos”, sino situar la teatralidad como campo de realidad autónomo, la escena es lo real más allá de su referente que funciona como coartada o remitente, como carnada para concitar una unidad referencial con el público. Es decir, lo teatral por sus propios medios es la potencia significativa que es, a fin de cuentas, lo que me interesa, la razón poética de fondo de la estructura teatral. Muñeca nos permite intentar llevar adelante esa operación poético teatral, nuestro deber es hacerlo desde sus temáticas y sus razones aparentes, no traicionar su plan de contingencia, sino usarlo de trampolín.
–El travestismo de varios personajes –todos los femeninos, menos el personaje de Muñeca– ¿es una metáfora de la máscara, del travestismo/gatopardismo como estrategia de supervivencia o adaptación?
–El personaje de Perla que encarna Mosquito Sancineto es como ella misma se define “la reina de la casa mientras Muñeca no está”, una mujer de la noche que mantiene viva la farra con que tratan de sostener a Anselmo. También funciona como un corifeo, es la encargada de organizar ese coro de aduladores y de conectar con el público la obra. En esta versión el único personaje que es absolutamente femenino es el de Muñeca, los demás, Perla, Carlota y Estela están interpretados por hombres, son personajes travestidos; hay allí una intención de hablar de ese mundo, como un mundo de hombres misóginos que se regodean en la representación de la mujer.
–En esta puesta hay una vuelta de tuerca al grotesco, que siempre tiene una mirada piadosa hacia sus protagonistas. En esta puesta desaparece la piedad, y tanto la actuación como los textos se tensan al máximo. ¿El grotesco de Discépolo, Defilippis Novoa, etc., reclama tensión máxima para llegar al público actual?
–Creo que el grotesco y el sainete son nuestra expresión teatral por excelencia y por herencia, pero como toda herencia viene medio envenenada de mandato histórico, hay que tener cuidado de que no nos implique en el realismo costumbrista, esa forma nostálgica y atrasada del nacionalismo. Lo que intentamos hacer fue subvertir los modos de producción de este legado extraordinario, desechar las dinámicas costumbristas y lineales con que se agita tradicionalmente y sustituirlas por otras que le permitan desovar su notable carga metafísica, transparentar sus misterios y su nueva sangre que vendríamos a ser nosotros. Intentamos llevar el grotesco a una dinámica poetizante, cruzarlo con otros niveles de producción que veníamos investigando.
–Con los textos de Marusa Di Giorgio en boca de Muñeca, el personaje alcanza una potencia que no tiene en el original, en el que no se sabe si es tonta o a qué juega. Con esos textos, sexualmente animales, primarios, aparece su discurso interior. ¿La construcción de sus desplazamientos y silencios, como un robot humanoide, busca deconstruir el juego exterior/ interior?
–Tomamos textos de Marosa Di Giorgio para que Muñeca tenga una voz propia que dé cuenta de su carácter sobrenatural y poético, cosa que en la obra original no sucede pues es situada en el lugar de la víctima por un entorno misógino. Muñeca es un personaje muy misterioso, el punto y encaje de la tragedia; condensa muchas asociaciones y desata las fuerzas dormidas o latentes en ese mundo de hombres. Creo que en su nombre residen las claves de su enigma: Muñeca. Es un mecanismo, una especie de construcción artificial, mitad humana mitad inhumana. Los textos de Marosa nos permiten a su vez dar cuenta de su pertenencia a una zona salvaje e inapresable de la naturaleza femenina, ella es de la tierra, “soy la lengua de las rosas, no entiendo esta piel con que me cubren para deshabitarme, no comprendo esta máscara que anuncia que no estoy”, dice en un pasaje.
–¿Cuánto tiempo estuvieron trabajando en esta puesta?, porque no tiene fisuras, ni en la actuación ni en la reescritura del original.
–Trabajamos durante dos años. El primer año en el marco de una varieté metafísica que hacíamos en mi estudio probamos algunas escenas sueltas, ahí nos dimos cuenta de que estábamos ante un material muy potente. El segundo año fue de experimentación y montaje. Fue arduo y placentero.


Poder y sexo: Tal vez viejas costumbres criollas
Porque Armando Discépolo era capaz de ver el futuro, o porque los argentinos solemos repetirnos, esta versión de Muñeca, trasladada a la crisis del gobierno irigoyenista, represión y partidos con destino elástico, al espectador actual lo remite a las últimas noticias de la arena política. Pero, al mismo tiempo, como si lo pusiera el violoncelo que sostiene en vivo la música incidental de la puesta, el juego de decadencia es atravesado por un mito tan eterno que parece infantil, el de la bella y la bestia. Como dice Pompeyo Audivert en la entrevista, quién no se ha visto feo en el espejo.
Y allí, en el espejo más brutal, el de lo que convencionalmente suele llamarse amor, se juegan los factores básicos de la animalidad humana: hambre y sexo. Y las dos cosas, sumándose y alternándose, trenzándose, construyen una tercera: el poder. Por eso el poder es afrodisíaco. Por eso el poder concentra parásitos en torno, como bichos voladores las luces en la noche. Al fin, de eso trata Muñeca.

viernes, 23 de enero de 2015

¿Todos los fuegos al fuego?


La casa en llamas
(Parábola del Buda)
Bertolt Brecht

Gautama, el Buda, enseñaba
la doctrina de la rueda de los deseos, a la que estamos uncidos, y nos recomendaba
renunciar a cualquier apetencia para así, ya sin pasiones,
hundirnos en la Nada, que él llamaba Nirvana.
Un día sus discípulos le preguntaron:
—¿Cómo es esa Nada, maestro? Todos quisiéramos
liberarnos de nuestras ansias, según recomiendas, mas dinos
si esa Nada en la que entraríamos es comparable
a la unión con todo lo creado cuando al mediodía
yacemos en el agua sin sentir el peso
del cuerpo, indolentes, casi sin pensamientos. O cuando
en el lecho, apenas conscientes, tiramos de la sábana
segundos antes de hundirnos en el sueño; dinos
si esa Nada de que hablas es una Nada radiante y buena o si es
una simple Nada; fría, vacía y sin sentido—.
Guardó silencio el Buda largo rato; después,
con indiferencia, dijo:
—Ninguna respuesta hay para vuestra pregunta—.
Mas aquella misma noche, cuando se hubieron ido, a quienes
hasta aquel momento no habían abierto la boca, refirió el Buda,
sentado todavía bajo el árbol del pan, la siguiente parábola:
—Vi no hace mucho una casa que ardía. Las llamas
devoraban el tejado. Al acercarme advertí
que en su interior quedaba aún gente. Fui
a la puerta y les grité que el fuego llegaba ya al tejado y que debían
por tanto salir inmediatamente. Mas allí nadie
parecía tener prisa. Uno me preguntó,
mientras le chamuscaba el fuego las dos cejas,
qué tal tiempo hacía fuera, si llovía,
si hacía viento, si existía otra casa
y cosas por el estilo. Sin responder,
salí de nuevo. Estos, pensé, se abrasarán mas
seguirán preguntando. En verdad, amigos,
a quienes el suelo que pisan, la planta de los pies no queme tanto
que sientan deseos de cambiarlo por otro cualquiera,
nada tengo que decirles—. Así habló Gautama, el Buda.
Pero también nosotros, que no cultivamos ya el arte de la tolerancia,
que cultivamos más bien el arte de la intolerancia, nosotros,
que con consejos de índole terrena incitamos al hombre a liberarse de sus verdugos humanos,
a quienes viendo acercarse las escuadrillas de bombarderos del capitalismo siguen preguntándonos
cómo concebimos esto, cómo nos imaginamos aquello,
y qué será de su hucha y de su pantalón de los domingos después de una revolución, a esos, poco creemos tener que decirles.

martes, 20 de enero de 2015

Pávlov en Plaza de Mayo




Nos juntamos, en la mañana del martes, para ver el sumario tentativo del Miradas al Sur siguiente. La muerte, con un tiro en la cabeza, del fiscal Alberto Nisman, descubierta en la noche del domingo al lunes, en un exclusivo piso del exclusivo Puerto Madero, de Buenos Aires, marcaba la agenda. El hombre había cargado en los días previos contra la presidenta y un variopinto grupo de políticos, atribuyéndoles complicidad para tapar la pista iraní en el atentado a la AMIA, la mutual judía de Buenos Aires. Tenía que presentar las pruebas ante el Congreso, pero no pudo ser, la muerte le impidió ir a la cita.
Como era de esperar, el lunes, con la investigación en pañales, una parte de la oposición salió a decir que lo había matado el gobierno, cuando si alguien tiene mucho que perder con esta historia es el gobierno. Pero, ya se sabe, los petardistas de la política no tienen límites, estén en el gobierno o en la contra. Y no sigo, porque esta ¿nota? para mi blog tiene otro tema.
Un tema que me empezó a rondar cuando, en la reunión, alguien dijo, o creí entender, que sólo faltaba que salieran en manifestación con carteles “Yo soy Nisman”. Me reí. Más, pensando en que, especialmente los “progres”, son como el perro de Pávlov, que al escuchar un timbre babeaba y sentía hambre porque generaba jugos gástricos, algunos, repito, tienen reflejos condicionados muy previsibles. Por supuesto, no dije esto, dije: la cosecha de boludos nunca se acaba.
Lo que no sabía, porque me tocaba Latinoamérica y mi cabeza estaba por Honduras y Guatemala, y no entendí en ese momento, era que el “Yo soy Nisman”, ya había sucedido, en Plaza de Mayo, la tarde del lunes. Por una llamada en las redes, grupos de opositores a la actual administración se juntaron con los bonitos carteles, insultaron al gobierno y hasta cantaron el Himno Nacional.
Entonces a lo que voy. Como el perro de Pávlov, la progresía siempre responde como se espera de ella si uno sabe qué botón apretar. Si se aprieta este botón dirán yo soy Nisman, yo soy Charlie. Si se aprieta el otro botón, cantan el Himno, o la Marsellesa. Si se aprieta aquel otro proclaman “Podemos”, o Mahoma es una mierda, o lo que esté su programación masificada. Y eso no quiere decir que es lo que piensen, aunque la mayor aspiración de la libertad es pensar por cuenta propia, aún a riesgo de equivocarse. Actúan por reflejo y si alguien aprieta el botón adecuado cantarán loas al gobierno, o cantarán la marcha peronista, o la Internacional… en fin.
Cuando el 18 de julio de 1994 alguien, aún por identificar, hizo estallar un vehículo con explosivos ante la AMIA, mutual en la que no había militares, ni funcionarios, ni espías, como seguramente sí los había en la embajada de Israel en Buenos Aires que volaron el 17 de marzo de 1992, corrió una voz que hice mía: “Todos somos judíos”.
Porque los judíos y no judíos asesinados en la AMIA, 85 muertos y 300 heridos, eran nuestros vecinos, nuestros amigos, nuestras parejas. Eran nuestros, por eso el “Todos somos judíos”.
Ahora algo ha cambiado tal vez de fondo, porque a la boludez programada y pavloviana se suma una diferencia, que dejo a los filólogos, o algo parecido. Ante aquel atentado TODOS fuimos judíos. Ante lo de Francia y la muerte de Nisman, YO soy Charlie, YO soy Nisman. Se ha cambiado el todos por el yo.
Supongo que porque soy un atravesado, soy el único rayado que se fija en esas boludeces. Pero, como me fijo, y me pone los huevos al plato la actuación por reflejo pavloviano, digo: ¿Qué carajo me importa tu YO? ¿Desde cuándo tiene YO un humano pavloviano?
Lo dicho: la cosecha de “predecibles” nunca se acaba.

lunes, 19 de enero de 2015

Revoluciones y contras, color de ron

La historia de la popular bebida que une al fundador catalán Facundo Bacardí con algunos aspectos ocultos de la historia revolucionaria de la isla rebelde. De aquel pionero a la vuelta a Cuba luego del acuerdo con los EE.UU.
Facundo Bacardí I
Facundo Bacardí III

Bacardí y el bloqueo a Cuba
En 1862, el inmigrante catalán don Facundo Bacardí Massó, fundó en Santiago de Cuba la destilería de ron más famosa del mundo, que en 1960 fue intervenida por la naciente revolución de Fidel Castro, razón que motivó su traslado a Puerto Rico. Pero, a la luz del reciente acercamiento entre La Habana y Washington, el heredero del emporio que produce el ron Bacardí ha dicho que quiere regresar a Cuba, ahora que parece estar cambiando de rumbo. “Cuba pasó de una postura de línea dura, bajo Fidel, a Raúl Castro, que está dando pasos de bebé”, así de tajante ha sido Facundo Bacardí III, en unas declaraciones que, una vez más, han tenido un fuerte impacto en la comunidad exiliada cubana del sur de Florida. Probablemente alguno recordó que la empresa Bacardí fue un motor importante en las políticas anticastristas, participando, incluso, en la redacción de la ley Helms-Burton, en que se basó el bloqueo económico. Más aún, Pepín Bosch, máximo directivo de la multinacional en los años ’60, organizó el bombardeo de las refinerías de petróleo de Cuba, acción que no se concretó porque los delataron, y en el diario The New York Times apareció la foto del bombardero B-26, sobrante de la Segunda Guerra.
Entre el primer Facundo y el tercero hay una larga historia de inmigración, alcoholes, revoluciones y contrarrevoluciones, en que se mezclan Cuba y Cataluña como una misma cosa. Una saga que comienza antes, en 1791, cuando la rebelión de los esclavos en Haití que trajo la destrucción de los ingenios azucareros. Cuba, que entonces contaba con 300.000 habitantes, se convirtió en el monopolio de las exportaciones de azúcar hacia Europa, y algo más, porque para 1860 había más de 1.000 destilerías en la isla. Sólo que el ron era una bebida áspera, fuerte, reservada a los piratas del Caribe y los esclavos. Los cubanos de mayor linaje preferían el vino, que llegaba en galeones desde España, y con los calores del trópico y el bamboleo del Atlántico solía transformarse en vinagre. De aquel tiempo, seguramente, ha sobrevivido un trago popular en Cataluña, el ron quemado. Importa poco la calidad del mismo, porque se le agrega azúcar, un puñado de granos de café y se lo prende fuego, con lo que si es poco civilizado casi no se nota.
Bebida de pobres. Sería la Guerra de la Independencia, en 1895, el punto de viraje para que esta bebida cambiara de linaje. Las tropas españolas enviadas a sofocar el alzamiento compartían con la casta hispano criolla el origen, pero no sus vinos, porque eran tan pobres como los más pobres de los cubanos y, como ellos, cataban el ron barato, tosco y grueso, que raspaba la garganta y que invadía las tabernas y los puertos. El vino se había vuelto caro y lejano, y hasta la oligarquía cubana volvió su mirada hacia el ron, reparando en que no todo era áspero: estaba el que producía Facundo Bacardí, que había ganado la Medalla de Oro en la Exposición Universal de Filadelfia de 1876.
¿Quién era el primer Facundo Bacardí? Como muchos catalanes había puestos sus miras en Cuba, hacia la que se embarcó desde su ciudad natal, Sitges, a los quince años, para hacer fortuna. Seguramente llevaba como consigna un axioma con el que se definen sus paisanos: Els catalans de les pedres fan pans (Los catalanes de las piedras hacen pan.) Fueron muchas las fortunas que se hicieron en la isla lagarto verde, y los enriquecidos, cuando volvieron a sus orígenes, se construyeron mansiones barrocas, alejadas de la sobriedad local, justificando el apelativo de “indianos”. Pero en ese cruce del mar ida y vuelta la inevitable nostalgia parió música, las habaneras, cuya melodía fue una de las vertientes del tango. Aparte de eso, su contracción al trabajo, y el hecho de que por lo general ocupaban puestos modestos, en el rango más bajo de la sociedad blanca, se vio reflejada en el folklore popular de los negros: “Ay madre, quién fuera blanco, aunque fuese catalán”.
Volviendo al principio, en 1862 Facundo Bacardí fundó en Santiago de Cuba su destilería, sobre alambiques y trapiches de una destilería que se cerraba. No conforme con el ron habitual, de poco valor, trabajó en busca de suavizar su sabor y aumentar su calidad. La leyenda afirma que hubo un secreto en el principio, pero de todos los rones se dice lo mismo, y tal vez su mejoramiento se deba a que se lo añejó en toneles de madera varios años. Parece que los Bacardí se inclinaron por la crianza en barriles que antes habían curado whisky. Otras bodegas, como es el caso de la que produce en Canarias el buen ron Arehucas, optan por curar en barricas que antes criaron coñac en Francia.
El amigo de Martí. En ese proceso de refinamiento del aguardiente de caña, el primer Facundo ganaría años más tarde la Medalla de Oro y dejaría en manos de su hijo la continuidad ronera. Entonces ocurrió la primera revolución, porque el heredero, Emilio Bacardí, conoció a José Martí en Nueva York en 1892 y se sumaría a la Guerra de la Independencia de Cuba, llegando a ser el primer alcalde de Santiago post colonial. Probablemente, como catalán, no veía mal hacer la guerra contra España.
Pero no sólo el apellido Bacardí está ligado al ron antillano, hubo otros catalanes en su salto de calidad. Emigrado de Santiago de Cuba, Andrés Brugal Montaner refinó el muy conocido ron Brugal, desde República Dominicana, y Julián Barceló llegó a fundar en la ciudad de Santo Domingo, Barceló y Compañía. Brugal y Barceló, con Bacardí, son tres de los rones más apreciados. Del otro lado del mar, en Gelida, ciudad catalana, se produce el muy conocido de los argentinos ron Negrita.
Para llegar al último, por ahora, Facundo Bacardí III, hay que repasar lo que sucede ahora con el acercamiento y eventual desarme del bloqueo, porque como narra el colombiano Hernando Calvo Ospina en su Ron Bacardí: la guerra oculta, “valiéndose de su poder económico y de sus contactos en las altas instancias políticas, (Bacardí) prácticamente redactó y acomodó a sus necesidades una ley estadounidense. La Helms-Burton, como se le conoce, no sólo atenta contra la soberanía de Cuba y la sobrevivencia de sus ciudadanos, sino que está aportando a la locura en que se desliza peligrosamente el sistema comercial capitalista, en sus ansias de derribar la mínima barrera de control”. Porque, en los años ’90, el ron Bacardí encontró un duro competidor por el mercado mundial, el ron cubano Havana Club, perteneciente a un consorcio del Estado cubano y la multinacional francesa Pernod-Ricard, y pugnó por quedárselo.
El anteúltimo acto de esa pelea –porque el último está por verse– fue que, ampliando la Ley Helms-Burton, se estableció que los Estados Unidos no pueden reconocer ningún derecho a marca o patente de ninguna empresa extranjera, que tenga conexión cualquiera con propiedades de algún ciudadano estadounidense, que haya sido nacionalizada, sin indemnización, por el gobierno revolucionario de Cuba. Con lo que Bacardí pudo comercializar un falso Havana Club, no cubano.
Tal vez ahora, que parecen abrirse otras puertas y a Bacardí, que tiene muchos intereses y marcas en juego, se le abren nuevas oportunidades en el Caribe, cambien las cosas y la larga guerra entre los originales indianos y el castrismo se cierre con un brindis entre Raúl Castro y Facundo Bacardí III.

Publicado en Miradas al Sur: