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martes, 26 de julio de 2016

Maquiavelo, Napoleón y Macri


En el boxeo suele usarse la calificación de “tiempista” para algunos púgiles. Son boxeadores que manejan con inteligencia los tiempos de la pelea, la regulan en función de sus posibilidades, combinando ataques con pequeñas treguas, siempre a su favor. Funciona bien cuando el contrincante es un peleador de pocas luces. Cuando el manejo de los tiempos no es ajustado, el resultado puede ser catastrófico, más allá de un “zapallazo” que lo emboque cuando va ganando por puntos y lo deje mirando la lona de cerca.
Como en revuelto cajón de sastre, se me mezclaron los boxeadores con Nicolás Maquiavelo, y todo como observación de la política diaria del actual gobierno de Argentina, porque uno de los ejes más importantes de “El príncipe” es la conciencia y el uso de los tiempos políticos.
Digo, como comentario al margen, que el analista político más importante de varios siglos, Maquiavelo, tiene mala prensa. El retorcido accionar de cualquier político, o lo que fuere, de alto o bajo vuelo, es denostado como maquiavélico, y eso es una burrada; como tantas. Antonio Gramsci, que parece estar de moda tanto para un roto como para un descocido, rescataba “El príncipe” como uno de los grandes aportes para entender cómo funciona el poder en la política. Tenía claro que Maquiavelo no sugería maneras, formas de perpetuarse en el poder, sino que, con la excusa de aconsejar a un príncipe -necesaria para que no le cortaran el cogote- hacía una radiografía documentada de los mecanismos del juego. Pero volvamos al uso de los tiempos.
De la observación de etapas ya sucedidas, desprendía que, entre otras cosas, quienes habían sabido manejar esa escurridiza categoría se habían consolidado, y quienes no lo supieron fueron arrasados por sus enemigos. Para resumir la ley que mandaba en esa situación señalaba que todo príncipe que llega al poder tiene un tiempo de gracia. Los que perduraron hicieron de ese tiempo el tiempo del cuchillo, aplicando la violencia institucional, y no tanto, sin concesiones, eliminando a sus opositores y todo aquello que pueda favorecer a los que no son los suyos. Lo que, en criollo, se dice machacar al hierro mientras está caliente. El jacobino Mariano Moreno decía, en su manifiesto, más o menos lo mismo. A los amigos todo, a los neutralizables tratar de no joderlos y al contrario ni agua.
Sólo que, informaba Maquiavelo, el tiempo de la sangre -incluso la metafórica- tiene un límite, poco antes del cual hay que cambiar el ritmo, porque la paciencia, e incluso el miedo también tienen límites. Si la cosa ha funcionado bien para el príncipe levantar la mano dura es un buen negocio y habrá logrado la aceptación de un estado de cosas. Si no lo hace tendrá que comenzar a pelear por su supervivencia, lo que siempre es una situación difícil, muy difícil de revertir; porque algunos propios y muchos neutrales ya lo verán con malos ojos.
Napoleón Bonaparte leyó atentamente el libro de Maquiavelo y lo acotó en los márgenes. Se le atribuye, sobre este asunto del tiempo de avanzar sin remilgos y la necesidad de abandonarlo cuando caduca, haber dicho: “las bayonetas sirven para muchas cosas, pero no para sentarse sobre ellas”. Rescato esta frase de Napoleón, que no encontré en el ejemplar de “El príncipe” comentado que tuve, porque si no la dijo podría haberla dicho y, casi siempre, la leyenda expresa mejor a la realidad que lo documental.
No dudo de que Durán Barba, asesor publicitario del presidente Mauricio Macri, leyó a Maquiavelo con la misma dedicación que Gramsci y Napoleón. Pero, el que está en medio del ring es Macri, y los segundos de su rincón pueden proponer, pero, en medio de la pelea no deciden. En ese sentido la insularidad del boxeador es absoluta. Como dijo Ringo Bonavena para explicar por qué hacía lo que le parecía mejor en medio de las piñas: “cuando suena el gong te quitan hasta el banquito”, estás solo.
Visto lo que va de la presidencia de Mauricio Macri se nos hace evidente que calibró con acierto la debilidad de la oposición, contando a políticos, sindicalistas, etc, etc, y transforma la realidad en función de los intereses de su sector social, sin detenerse a contabilizar los costos; porque hasta hoy han sido bajos. Todavía está en el tiempo de gracia, el tiempo de los cuchillos. El interrogante que campea en la cabeza de los observadores políticos es si tiene conciencia de la caducidad y si sabrá cuando tiene que cambiar de ritmo, porque está liquidando esa etapa con una velocidad sorprendente, en gran parte por la desprolijidad de muchas de sus medidas, que le ganan enemigos gratuitamente.
¿Qué pueden hacer los integrantes de su equipo si no quieren encontrarse con una papa caliente en las manos? Poco, porque ni siquiera sus consejeros más cercanos pueden decidir en lugar del número uno.
Un creativo publicitario que participó en la campaña presidencial de Ricardo Alfonsín señaló cierta vez las limitaciones de lo que puede hacer un asesor. Si el candidato no es capaz de resolver los problemas que se le presentan el asesor no puede hacer nada por él. Si el asesor fuera mejor, debería ser el candidato, estaría en el centro del ring, no en el rincón, custodiando el banquito y las toallas.
Resumiendo desde la fragilidad de los tiempos, los “tiempistas” y las lealtades, en esta ensalada de Maquiavelo, Napoleón y Macri es saludable recordar que, cuando el boxeador pierde se va su casa con la cara abollada, sus segundos empiezan a buscarse un nuevo pupilo, y sus seguidores a otro a quien admirar. Como cierre convengamos que, aunque como figura literaria esto último sea bonito, no es del todo real. El boxeador pierde sólo. Si es un presidente, los que tendrán la cara abollada serán miles.

(Publicado en "Zoom")

viernes, 11 de diciembre de 2015

Entre la puerta y la pared


Rubashov, el ciudadano N.S. Rubashov, no vuelve la cabeza cuando la puerta se cierra a sus espaldas. Ignora el camastro con la frazada gris y camina sin apuro, siete pasos y medio, hasta esa pared con la ventana enrejada que muestra el cielo. Un cielo que ya mismo comienza a negar, porque es hora de trazar una línea y cerrar las cuentas: de esa celda, de ese edificio, saldrá con un tiro en la nuca.
Respira hondo y enciende uno de los cigarrillos que le quedan. Por un instante se le cruza la idea de arrojarlos por la ventana, pero la rechaza. Esas heroicas intenciones siempre se presentan, a traición, en las primeras horas de cárcel; y después se hacen insoportables. Mientras dure el tabaco, fumará.
Gira sobre sus pasos y recupera, paulatinamente, esa manera de caminar la celda que tienen los presos de Berlín, Buenos Aires o Moscú. Pasos de autómata, giros que se repiten ante la puerta y la pared. Un andar que cansa el cuerpo y libera la mente para lo único que importa: el claro espacio que media entre el cero y el infinito.
Rubashov sabe que es el último de aquellos primeros. Stalin liquidó a todos los que ofrecían dudas, y él sobrevivió a la mayoría. Todavía no quiere recordar a costa de qué renuncias, pero lo hará. De eso se va a ocupar Arthur Koestler, que se mira en él como en un espejo. Aunque todavía faltan páginas para eso.
Cuando gira bajo la ventana alcanza a ver como se cierra la mirilla de vigilancia de la puerta. No los escuchó antes.
-Debo de estar perdiendo reflejos –piensa, y agrega con socarronería- Me estoy aburguesando...
¿Este era el resultado inevitable? ¿La revolución devorando a sus hijos? ¿O podía hacerse de otra manera? Rubashov, curtido en la pelea contra los enemigos en las calles, y quemado en la lucha con los propios tras la barricada de los escritorios, sabe que no podrá desprenderse de esa duda. Que le buscará una respuesta cuando duerma, cuando camine esas baldosas, cuando su cuerpo se rompa bajo las manos de los torturadores; y que el punto final lo pondrá una escueta explosión de rabia en el corazón de una pistola. Una pregunta que nunca se hizo le detiene los pasos:
-¿Oiré el disparo, o sólo será como un golpe de oscuridad?
Se saca los lentes y limpia los cristales con el pañuelo, sin necesidad. Vuelve la cabeza en un gesto casual y la mirilla sigue cerrada. Camina hasta la puerta y apoya la oreja en la madera. Afuera, en el corredor, no hay nadie. Un llanto contenido, que quizás no sea un llanto, trata de no sobresalir en el silencio.
Retoma la caminata y la reflexión mientras enciende un cigarrillo. Le duelen los pies. Tendría que haber elegido un calzado más cómodo cuando fueron a detenerlo.
El chino lo observa, sentado en el borde del camastro. El otro, se recuesta bajo la ventana, en el rincón más alejado del cubo que los carceleros le destinaron a las deposiciones.
INTERIOR. DÍA.
(Rubashov, con el cigarrillo en la boca, orina ruidosamente en el cubo. Habla sin girar la cabeza.)
RUBASHOV: Sun Tzú y Nicolás Maquiavelo, supongo...
SUN TZÚ (con un brillo de burla en los ojos): Supone bien.
RUBASHOV: Sólo falta Von Clausewitz.
MAQUIAVELO: ¿Para qué? Ese prusiano no podría encontrar su culo ni con un mapa.
SUN TZÚ (a medias irónico): Ya... Para usted, la política es la continuación de la guerra por otros medios.
MAQUIAVELO: Y también el amor ¿qué duda cabe? (ríe)
La puerta se cierra con violencia. Rubashov se tambalea hasta la cama y se deja caer sobre la frazada. Tiene un rictus de derrota en el rostro muy pálido. Se pasa la lengua por los labios resecos y hace una mueca. Se mete un dedo en la boca y observa la sangre con ojos miopes. Luego enciende un cigarrillo, y se da un tiempo antes de decir:
-Estuve a punto de retractarme, de aceptar que soy un traidor, para que me dejen en paz.
(e-mail de B.B. a Erasmo de Rotterdam) (A:dudas) Nuestro amigo va por mal camino. No se atreve a ser El Que Dijo No.
(e-mail de E.D.R. a Bertold Bretch) (A: Re/dudas) Se dejó atrapar por la Razón. Hay que recordarle que Sófocles hizo el mejor elogio de mi amiga, la Locura: “Cuanto menos sabiduría se tiene, más feliz se es.”
... de aceptar que soy un traidor a la revolución, para que me dejen en paz- dice Rubashov, ahogando la rabia con el humo del tabaco.
Sun Tzú, se despega de las sombras y murmura a modo de sentencia: Cuando estés seguro de que te darán muerte, conserva la cara. Es lo único que te llevarás de este mundo.
-Ya no se trata de vivir... –contesta Rubashov- se trata de saber, y para eso necesito tiempo. ¿Dónde está Nicolás?
LECTOR 1- Cada vez entiendo menos. Esta nota es un caos.
LECTOR 2- De eso se trata. La revolución es un sueño eterno, y los sueños son el caos.
LECTOR 1- ¡Ah! Ya me parecía que... ¿te queda un cigarrillo?
Rubashov camina por un corredor oscuro con las manos esposadas. Sabe que no llegará a ver el final. Antes, en un movimiento sin aviso, el guardia que lo sigue apretará el gatillo. A su lado, Maquiavelo no deja de hablar: El que funda una república y no mata a los hijos de Bruto, gobernará poco tiempo. ¿De los otros que importa? Los hombres perdonan más fácilmente la muerte del padre que una olla vacía. ¿Te queda claro?
Rubashov no tiene fuerzas para contestar, pero piensa: No. Allí estará siempre la maldita piedra, para que tropiecen los que recojan nuestras banderas. Aunque quizás/ GOLPE DE OSCURIDAD. CORTE.
ATARDECER PERPETUO. SÉPTIMO CÍRCULO. FUMAROLAS DE AZUFRE.
(El hombre de barba rala y boina se inclina, y enciende un cigarro en las ascuas en que se tuesta Teresa de Calcuta. Retoma su caminar. El hombre que lo acompaña se levanta la túnica, y sacude el pie para liberarse de un carboncillo que le quedó en la sandalia. Da una carrerita y lo alcanza.)
ERNESTO: No, Dante... no me venga con cambios. El verdadero Infierno es saber que soy una cara en una camiseta. Como esos putos cocodrilos de Lacoste.
DANTE (insiste): Su caso se puede revisar, y yo puedo sacarlo de acá.
ERNESTO (lo apunta con el cigarro y sonríe): Ni se le ocurra. Con los asesinos uno sabe a que atenerse, con los idiotas no hay manera.
(FUNDIDO A NEGRO, MUY LENTO.)

(Este texto fue publicado en “R de réel”, revista parisina que publicó cada número con relación a una letra del abecedario. A mí me tocó participar, hace ya unos años, en el número “R”, de resístanse, ridicule, r.i.p. o Rubashov. Traducido, claro. Lo acabo de reencontrar en su versión en castellano y, como para darle un poco de aire a mi blog, lo vuelvo a colgar. Nada nuevo mi admiración hacia “El cero y el infinito” de Arthur Koestler, a quién rindo homenaje.)