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jueves, 13 de octubre de 2016

Di Benedetto y las palomas


Contaba un observador de aves cómo un grupo de palomas se volvía contra una de ellas y la atacaba a picotazos, hasta darle muerte. Los picos de las palomas no son eficientes a la hora de matar, y la víctima agonizó durante horas, en una ordalía de dolor, perdiendo piel, ojos, plumas, sangre hasta que la liberó la muerte. Siempre recuerdo esta historia cuando pienso en Antonio Di Benedetto.
A Di Benedetto -nunca me atreví a llamarlo Antonio- lo conocí en uno de los patios de la cárcel de La Plata, poco antes del mundial de fútbol del 78. Me lo presentó Daniel Alcoba, un poeta y caminábamos los recreos hablando. Bueno, yo escuchaba, con la avidez de una esponja, porque Antonio Di Benedetto era el primer escritor que conocía en persona, y eso imponía.
Era un hombre bajito, como vencido, de hablar pausado, como si escribiera, que no llevaba bien la cárcel. Por qué había caído preso me queda en el terreno de la leyenda. Decían que porque le había puesto los cuernos a un coronel de la dictadura, y también que fue por esconder al hijo guerrillero de un amigo. Ambas cosas podían ser ciertas.
En esos tiempos era director del diario Los Andes, de Mendoza, es decir, un hombre cercano al poder desde siempre. Y, como tal, nunca se había pensado preso, a merced de la brutalidad de carceleros, por lo que navegaba en el desconcierto del que subió al Titanic seguro de que nunca naufragaría. Lo mantenía vivo el saber que universidades y escritores de medio mundo pedían constantemente su libertad, pero un día por poco no fue suficiente.
Recuerdo que bajó al patio demudado. El suplemento cultural de un prestigioso y conservador diario de Argentina, con el que había colaborado, acababa de publicar un texto parecido a este: La editorial Gallimard ha editado “Sama”, la novela del escritor argentino Antonio Di Benedetto, que en la actualidad ejerce su cátedra de literatura latinoamericana en la Sorbona.
–Ellos saben que estoy preso. Me están negando –repetía al borde del derrumbe, porque nunca había esperado una puñalada por la espalda de la gente de la cultura–. Son gente culta, no son como estos carceleros ¿cómo pueden hacerme esto?
Si no cayó en el suicidio fue porque en los días siguientes, el pibe, el compañero que barría el pabellón y llevaba mandados de celda en celda, se ocupó de verlo a cada rato y darle ánimo. Ese pibe, casi analfabeto, peón de una granja de cerdos, lo separó de la muerte.
Después, porque en las cárceles nada estaba quieto, lo perdí de vista. Di Benedetto salió en libertad, emprendió el exilio, y un día, con el regreso de la democracia, volvió a Argentina, para encontrarse con que era un apestado. Sin posibilidades de trabajo, repudiado por las palomas, fue sobreviviendo por los favores de los amigos.
Por esos días, con la primera Feria del Libro de la democracia, se hizo una feria paralela, y Antonio Di Benedetto encabezó una lista de firmas en un petitorio por mi libertad. Sé, tengo la seguridad, que no se acordaba de mí, pero llevaba la marca de la cárcel, y ya no era aquel que había sido como director de Los Andes.
Lo volví a ver, un tiempo más tarde, en una desangelada conferencia sobre la escritura y los sueños que dio en Buenos Aires. Una de esas cosas que le conseguían los amigos para que se ganara el pan, porque las palomas no habían dejado de picotearle la cabeza.
Otro tiempo más tarde supe que había muerto. Seguramente de asco.
Después de las dictaduras en el campo de la cultura sólo se registran víctimas, nunca cómplices, sin embargo…
Que los dioses nos cuiden de las palomas.


viernes, 9 de septiembre de 2016

Harraga, o las cárceles para inmigrantes


Cuando crecen las expectativas de conflictos socioeconómicos, el equipo de gobierno del presidente Mauricio Macri anuncia el proyecto de crear cárceles para inmigrantes sin papeles, argumentando que es parte de la lucha contra el narcotráfico internacional y su consecuencia social, la drogodependencia. Si ya es una convicción generalizada que la pelea contra el narcotráfico y el terrorismo son excusas fantasmáticas que justifican cualquier desaguisado, una mirada somera abre camino a un interrogante: ¿Los funcionarios saben lo que hacen o viven dentro de un “taper”? ¿Creen, realmente, que un boliviano sin papeles tiene peso en el tráfico de drogas ilegales? Como el tema, cuando lo explican algunos especialistas, parece muy complejo, nos proponemos simplificarlo analizando dos de sus componentes, las drogas que se consumen y la experiencia en cárceles de este tipo que tienen otros países.

Hace poco tiempo hubo un par de muertos en Costa Salguero, por consumo de MDMA, llamado vulgarmente éxtasis. Más allá de que los encuentros con música electrónica, rave, o como se los quiera llamar, están indisolublemente ligados al consumo de éxtasis para alcanzar un estado de trance catártico, que esa droga pueda ser importada clandestinamente es una posibilidad muy relativa. La experiencia mundial demuestra que se produce localmente, sin dificultad, en la trastienda de alguna farmacia, veterinaria o garaje; cosa que sucede en todos los países con una industria médica medianamente desarrollada. Esto no es nuevo ni desconocido, tiene antecedentes ya viejos, que hoy parece que se repiten, como el mercadeo sin “importación” de anfetaminas y codeína.

Una breve anécdota ilustrativa. El que firma, allá por los 70, acatarrado, concurrió a una farmacia nada clandestina del conurbano norte en busca de un jarabe para la tos, con poco azúcar, por la gastritis. Con mirada de compresión, que al fin era de complicidad, el farmacéutico le dio un jarabe con endulzante artificial. Con dos cucharadas de ese jarabe el tipo quedó en stand by. Imbecilizado por varias horas. Pero no tanto como para no entender que había sucedido. Muchos, llamémoslos jipis, se colocaban con jarabe para la tos, que contiene codeína, un opiáceo apenas unos grados por debajo de la morfina. Pero, como el exceso de azúcar que supone beberse un frasco les reventaba el estómago, los emprendedores producían en la trastienda esas bombas con mucha codeína, nada de azúcar, y mínima acidez estomacal.

Por ese tiempo menudeaban los robos a las farmacias, para procurarse gratis el jarabe o las anfetaminas; que procuran un efecto acelerante y suelen ser consumidas por los que van por la vía rápida. En Europa es habitual que los rockeros punkis se chuten vía nasal anfetamina en polvo, despreciando la cocaína como una mariconada. Uno puede sospechar que los robos de farmacias no eran generalizados, sino puntuales, porque no en todas partes se hace fábrica clandestina, pero eso queda para la policía. Para lo que toca a esta nota, es reseñable que el consumo de jarabes para la tos ha aumentado entre los adolescentes, y es de presumir que hay nuevos emprendedores en ese ramo. Dicho esto, podemos pensar que éxtasis, anfetas y codeína integran la industria nacional, como en todos los países del Primer Mundo, sin necesidad de cárteles de tráfico internacionales, menudeando las micro redes y los revendedores que, a su vez, consumen. Así las cosas, cualquier campaña contra el narcotráfico como flagelo internacional alcanza a una parte, sólo una parte, del mercado de las drogas.

En cuanto a cárceles especiales, uno siguió de cerca el proceso español, con sus Centros de Internación para Extranjeros, donde iban a parar quienes arribaban a las costas de España en “pateras” y “cayucos”, cruzando el Mediterráneo o haciendo miles de kilómetros, pongamos desde Somalia, Mauritania o Mali. Sobre sus portales podría inscribirse lo que leyó Dante en su incursión al Infierno de la mano de Virgilio: Lasciate ogni speranza oh voi che entrate.
En esos centros de internamiento primaba el limbo jurídico, algo que sucederá, inevitablemente, con las cárceles proyectadas para Argentina. Cómo los que llegaban no estaban procesados, porque ingresar sin papeles es una contravención y no un delito, se negaba el acceso tanto para abogados como para ONG que defendieran los derechos humanos. Es cierto que se suponía que la estancia sería corta, porque los infractores serían deportados a su país de origen, pero… harraga.

“Harraga” es una novela negra del canario, nacido en Tánger, Antonio Lozano. Toma el título de una costumbre de los marroquíes de las pateras: quemar sus papeles personales para llegar a la otra orilla sin documentación que acredite de dónde vienen. Vaya uno a saber cómo llamaban a eso los subsaharianos, es decir africanos negros, que llegaban sin documentos, imposibilitando la deportación. Por ese camino los limbos de detención españoles se llenaron a tope, hacinando gente que, en definitiva, sólo buscaba huir de alguna guerra o vivir un poco mejor. Si a esa circunstancia sumamos la costumbre de que hicieran el viaje mujeres al punto de parir, para que sus hijos nacieran al llegar y fueran españoles, la situación toma carices de problema irresoluble.

Más allá de que, en un país poco poblado, como el nuestro, los inmigrantes deberían ser incorporados, porque, en definitiva, la inmensa mayoría procura un trabajo y una vida de mejor calidad, suponerlos traficantes de drogas no sólo es un dislate, es un insulto. ¿Serán obligados a quemar sus documentos, o a parir al llegar? Si los funcionarios cambiaran su punto de mira y observaran los countries de nivel medio y alto, seguramente darían con auténticos traficantes cartelizados y, para esos, que no son tantos, con las cárceles ya existentes alcanza y sobra. Por lo que no es disparatado suponer que, otra vez, la lucha contra el narcotráfico es una excusa. ¿Conspiracionismo? Puede ser, pero, en los días que corren, el que no está sanamente paranoico está totalmente loco.


Publicado en La Tecl@ Eñe. http://www.lateclaene.com/ral-argem Buenos Aires, 5 de septiembre de 2016

viernes, 11 de diciembre de 2015

Entre la puerta y la pared


Rubashov, el ciudadano N.S. Rubashov, no vuelve la cabeza cuando la puerta se cierra a sus espaldas. Ignora el camastro con la frazada gris y camina sin apuro, siete pasos y medio, hasta esa pared con la ventana enrejada que muestra el cielo. Un cielo que ya mismo comienza a negar, porque es hora de trazar una línea y cerrar las cuentas: de esa celda, de ese edificio, saldrá con un tiro en la nuca.
Respira hondo y enciende uno de los cigarrillos que le quedan. Por un instante se le cruza la idea de arrojarlos por la ventana, pero la rechaza. Esas heroicas intenciones siempre se presentan, a traición, en las primeras horas de cárcel; y después se hacen insoportables. Mientras dure el tabaco, fumará.
Gira sobre sus pasos y recupera, paulatinamente, esa manera de caminar la celda que tienen los presos de Berlín, Buenos Aires o Moscú. Pasos de autómata, giros que se repiten ante la puerta y la pared. Un andar que cansa el cuerpo y libera la mente para lo único que importa: el claro espacio que media entre el cero y el infinito.
Rubashov sabe que es el último de aquellos primeros. Stalin liquidó a todos los que ofrecían dudas, y él sobrevivió a la mayoría. Todavía no quiere recordar a costa de qué renuncias, pero lo hará. De eso se va a ocupar Arthur Koestler, que se mira en él como en un espejo. Aunque todavía faltan páginas para eso.
Cuando gira bajo la ventana alcanza a ver como se cierra la mirilla de vigilancia de la puerta. No los escuchó antes.
-Debo de estar perdiendo reflejos –piensa, y agrega con socarronería- Me estoy aburguesando...
¿Este era el resultado inevitable? ¿La revolución devorando a sus hijos? ¿O podía hacerse de otra manera? Rubashov, curtido en la pelea contra los enemigos en las calles, y quemado en la lucha con los propios tras la barricada de los escritorios, sabe que no podrá desprenderse de esa duda. Que le buscará una respuesta cuando duerma, cuando camine esas baldosas, cuando su cuerpo se rompa bajo las manos de los torturadores; y que el punto final lo pondrá una escueta explosión de rabia en el corazón de una pistola. Una pregunta que nunca se hizo le detiene los pasos:
-¿Oiré el disparo, o sólo será como un golpe de oscuridad?
Se saca los lentes y limpia los cristales con el pañuelo, sin necesidad. Vuelve la cabeza en un gesto casual y la mirilla sigue cerrada. Camina hasta la puerta y apoya la oreja en la madera. Afuera, en el corredor, no hay nadie. Un llanto contenido, que quizás no sea un llanto, trata de no sobresalir en el silencio.
Retoma la caminata y la reflexión mientras enciende un cigarrillo. Le duelen los pies. Tendría que haber elegido un calzado más cómodo cuando fueron a detenerlo.
El chino lo observa, sentado en el borde del camastro. El otro, se recuesta bajo la ventana, en el rincón más alejado del cubo que los carceleros le destinaron a las deposiciones.
INTERIOR. DÍA.
(Rubashov, con el cigarrillo en la boca, orina ruidosamente en el cubo. Habla sin girar la cabeza.)
RUBASHOV: Sun Tzú y Nicolás Maquiavelo, supongo...
SUN TZÚ (con un brillo de burla en los ojos): Supone bien.
RUBASHOV: Sólo falta Von Clausewitz.
MAQUIAVELO: ¿Para qué? Ese prusiano no podría encontrar su culo ni con un mapa.
SUN TZÚ (a medias irónico): Ya... Para usted, la política es la continuación de la guerra por otros medios.
MAQUIAVELO: Y también el amor ¿qué duda cabe? (ríe)
La puerta se cierra con violencia. Rubashov se tambalea hasta la cama y se deja caer sobre la frazada. Tiene un rictus de derrota en el rostro muy pálido. Se pasa la lengua por los labios resecos y hace una mueca. Se mete un dedo en la boca y observa la sangre con ojos miopes. Luego enciende un cigarrillo, y se da un tiempo antes de decir:
-Estuve a punto de retractarme, de aceptar que soy un traidor, para que me dejen en paz.
(e-mail de B.B. a Erasmo de Rotterdam) (A:dudas) Nuestro amigo va por mal camino. No se atreve a ser El Que Dijo No.
(e-mail de E.D.R. a Bertold Bretch) (A: Re/dudas) Se dejó atrapar por la Razón. Hay que recordarle que Sófocles hizo el mejor elogio de mi amiga, la Locura: “Cuanto menos sabiduría se tiene, más feliz se es.”
... de aceptar que soy un traidor a la revolución, para que me dejen en paz- dice Rubashov, ahogando la rabia con el humo del tabaco.
Sun Tzú, se despega de las sombras y murmura a modo de sentencia: Cuando estés seguro de que te darán muerte, conserva la cara. Es lo único que te llevarás de este mundo.
-Ya no se trata de vivir... –contesta Rubashov- se trata de saber, y para eso necesito tiempo. ¿Dónde está Nicolás?
LECTOR 1- Cada vez entiendo menos. Esta nota es un caos.
LECTOR 2- De eso se trata. La revolución es un sueño eterno, y los sueños son el caos.
LECTOR 1- ¡Ah! Ya me parecía que... ¿te queda un cigarrillo?
Rubashov camina por un corredor oscuro con las manos esposadas. Sabe que no llegará a ver el final. Antes, en un movimiento sin aviso, el guardia que lo sigue apretará el gatillo. A su lado, Maquiavelo no deja de hablar: El que funda una república y no mata a los hijos de Bruto, gobernará poco tiempo. ¿De los otros que importa? Los hombres perdonan más fácilmente la muerte del padre que una olla vacía. ¿Te queda claro?
Rubashov no tiene fuerzas para contestar, pero piensa: No. Allí estará siempre la maldita piedra, para que tropiecen los que recojan nuestras banderas. Aunque quizás/ GOLPE DE OSCURIDAD. CORTE.
ATARDECER PERPETUO. SÉPTIMO CÍRCULO. FUMAROLAS DE AZUFRE.
(El hombre de barba rala y boina se inclina, y enciende un cigarro en las ascuas en que se tuesta Teresa de Calcuta. Retoma su caminar. El hombre que lo acompaña se levanta la túnica, y sacude el pie para liberarse de un carboncillo que le quedó en la sandalia. Da una carrerita y lo alcanza.)
ERNESTO: No, Dante... no me venga con cambios. El verdadero Infierno es saber que soy una cara en una camiseta. Como esos putos cocodrilos de Lacoste.
DANTE (insiste): Su caso se puede revisar, y yo puedo sacarlo de acá.
ERNESTO (lo apunta con el cigarro y sonríe): Ni se le ocurra. Con los asesinos uno sabe a que atenerse, con los idiotas no hay manera.
(FUNDIDO A NEGRO, MUY LENTO.)

(Este texto fue publicado en “R de réel”, revista parisina que publicó cada número con relación a una letra del abecedario. A mí me tocó participar, hace ya unos años, en el número “R”, de resístanse, ridicule, r.i.p. o Rubashov. Traducido, claro. Lo acabo de reencontrar en su versión en castellano y, como para darle un poco de aire a mi blog, lo vuelvo a colgar. Nada nuevo mi admiración hacia “El cero y el infinito” de Arthur Koestler, a quién rindo homenaje.)