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domingo, 23 de marzo de 2014

Perro come perro



Por una pipa del 9 arrancó
la gran masacre del puticlub
con "pastillita" en tren gladiador
(puso un huevo y la cosa explotó)
Solari y Beilinson.

Cuatro y veinte de la mañana. “Natacha Disco”, un sitio para ir hasta con la esposa de uno, y tal vez no la del otro porque el pueblo es chico y todos se conocen. Luis Walter Talquenca, inspector en activo de la policía de San Luis, pela la máquina y gatilla cambiando de escenario hasta quedarse sin balas. En el camino queda muerto un comisario. ¿Perro come perro?
Podría decir algún filósofo chino que la inteligencia es la capacidad de descubrir aquello que falta por la forma de su ausencia; y los amantes del I-Ching no dejarán de encontrarle un sentido trascendente. Sólo que lo dicho es tan sencillo como el tatetí: cuando armamos un rompecabezas el vacío de la pieza que falta nos dice cuál es. O sea que echo en falta la pieza adivinada por la ausencia. Una pieza con forma de “ajuste de cuentas” dentro de las fuerzas policiales.
Interna y comisario son las palabras gatillo de mi memoria, nunca mejor dicho.
En 1997 cubrí el primer, luego hubo otro, triple crimen de Cipolletti. Tres pibas, las hermanas María Emilia y Paula González, de 24 y 17 años, y su amiga Verónica Villar, de 22 fueron desaparecidas, buscadas y encontradas muertas, junto a unas vías, casi en el centro urbano. Pocas veces estuve cerca de un asunto que oliera tan apestosamente y donde la interna político policial embarrara tanto el campo, hasta desde las alturas del gobernador Pablo Verani.
El primer malo de aquella película, que no tenía un solo malo, fue el subcomisario Luis Seguel. Cuando el caso estalló en las manos de la policía provincial, porque no habían hecho nada, en pocas horas dieron con los culpables: dos ladrilleros, alcohólicos y marginales, llamados Hilario Sepúlveda y Horacio Huenchumir; que estuvieron a punto de ser linchados cuando los llevaron a la comisaría. Pasaron a mi lado un minuto antes que llegara la multitud furiosa.
Hubiera sido un buen segundo final feliz para cerrar el caso, porque el primero había fracasado, cuando los quisieron matar pero como uno de ellos respondió al fuego, tuvo tiempo de intervenir el juez. Meses más tarde se los encontró inocentes y se los dejó en libertad, porque las declaraciones de otro marginal llamado Domingo Aravena, los ubicaban lejos del escenario del crimen. Tal vez fue casualidad, pero un tiempo después Aravena y su cabeza aparecieron, separados, en el desierto cercano.
Nunca se supo realmente quién secuestró a las tres chicas –aunque cierra de pieza fantasma que era policía y como tal tenía “chapa”-, y las arreó a una fiesta donde se juntaban políticos, poderosos de la zona, amigos policías, pasadores de drogas y delincuentes de poca monta al servicio de cualquiera. Nunca se supo a quién se le escapó el primer tiro contra la menor de las González, que terminó con la muerte de las tres; seguramente para no dejar testigos. Nunca se supo la verdad, porque terminó de ocultarla un mitómano delirante que se comió todos los muertos y ensució aún más la investigación. Nunca se supo, pero tampoco nunca hirvió tanto la interna policial, filtrando información, pasando pescado podrido, borrando cualquier pista que llevara a los poderosos del área Neuquén/Cipolletti.
PERRO COME PERRO- Si no fuera porque la provincia de Río Negro ya se llamaba así con el indio –Curú Leufú- podría asociarse con esta clase de jugadas, aunque el escenario cambie de color, se llame Río Colorado y lo contemos resumido: Todo comenzó con el asesinato de Sergio Sorbellini (19) y Raquel Laguna (17), el 12 de marzo de 1989. Los llenaron de balas .22 unas horas después de que habían salido a andar en bicicleta.
La interna policial levantó el teléfono y apuntó a problemas entre los contrabandistas de carne y ganado en pie hacia el sur, negocio histórico en Río Colorado, frontera de la aftosa en la Patagonia. Dos bandas político-policiales, un camión de vacas decomisadas y desaparecidas, los pibes que meten la nariz dónde no deben y los malos que se la cortan.
También, como en Cipolletti, hubo un par de vagos detenidos, casi linchados y luego liberados por su inocencia, pese a “las pruebas” presentadas por el juez instructor Fernando Bajos. Cuando me permitió ver el arma homicida lo tuve claro: había trampa. Era una carabina de un solo tiro, con la uña extractora rota, inexistente, y la culata rajada y con vueltas de cinta adhesiva. Se lo dije: para disparar los más de 30 balazos que habían dado en la pareja alguien había invertido horas en extraer casquillos con una navaja, cargar, disparar, extraer. Como para aburrirse entre tiro y tiro.
Pero el juez tenía un doble peritaje –provincial y de Gendarmería- que demostraba que las balas habían sido disparadas por esa arma. A mí no me cerraba, pero al juez sí. Un juez “canero” siempre cree en los uniformes. Solo que sus amigos lo empalaron sin anestesia y la carrera del juez Bajos se fue por los caños. Otro peritaje, a fondo, confirmó que las balas habían sido disparadas por esa carabina rota, pero que NUNCA habían estado en los cuerpos de las víctimas. Las balas que se recogieron en las autopsias se perdieron, tal vez en alguna cloaca policial, sin metáfora. Tal vez en la misma cloaca donde fue a parar la ropa interior de la muchacha, que cambió de color en el acto de pasar del cuerpo muerto al expediente. ¿Alguien que cuidaba su ADN? Al fin procesaron a cinco policías, uno de ellos comisario; para nada.
MÁS PERRO COME PERRO- Jorge Gutiérrez, subcomisario bonaerense. Muerto de un tiro en la cabeza el 29 de agosto de 1994, cuando retornaba a su casa en el Ferrocarril Roca. Investigaba la existencia de cargamentos de droga que ingresaban al país a través de la llamada "Aduana Paralela", en los depósitos fiscales argentinos (DEFISA). Gutiérrez había detectado movimiento extraños en los depósitos vinculados a la aduana, y cuando se quiso ver se encontró con custodios privados y un policía federal que no lo dejaron pasar. El depósito estaba lleno de camionetas Fiat cero kilómetro.
Según versiones de otros policías, lo iban a llevar en patrullero hasta su casa en Quilmes, pero lo dejaron en la estación de Avellaneda; sin que quede claro por qué cambiaron de planes. Pocos minutos más tarde, cuando el tren pasaba el ruidoso viaducto Sarandí, le dispararon en la cabeza. Una mujer vio a los criminales: dos policías de la Federal. A uno, Daniel “Chiquito” Santillán, que dijo haberlo confundido con un ladrón, lo procesaron, pero salió en libertad por cuestiones de procedimiento; del otro quién sabe.
MUERTE ENTRE IGUALES- “Perro come perro” es una novela de Edward Bunker. Usted le vio la cara. Hace un cameo en el desayuno de “Reservoir Dog”. Fue un delincuente duro y es un escritor duro; de lo mejor de la novela negra americana. Narra: Troy Cameron tiene por ladero a un psicópata llamado “Mad Dog”, que mata con gran facilidad. Sólo Cameron no le teme. Solo a Cameron respeta el “Perro Loco”. Un día un tercero deja dudas. Mad Dog lo quiere matar. Cameron suelta al perro y Mad Dog lo mata. Cuando está bajando el muerto al pozo Cameron mata a Mad Dog. Por las dudas. Con los perros rabiosos nunca se sabe.
El inspector Luis Walter Talquenca dice que no se acuerda de nada. El juez dice que tenía mucho alcohol en sangre. Los peritos dicen que podría haber sido un brote psicótico.
Un brote con un comisario muerto. Si Talquenca va a la cárcel será mejor que se olvide de dormir; la cárcel está llena de muertes accidentales, o psicóticas, o…
A veces me preguntan por qué escribo novela negra. Contesto que lo mío es literatura costumbrista, sólo costumbrista.

(Contratapa de Miradas al Sur 23-3-2014)



domingo, 23 de febrero de 2014

Meteorito, mocovíes y vaca cubana


Mi nota de contratapa en Miradas al Sur de hoy, domingo.

EL DÍA DEL METEORITO

Los martes, ya sea 13 o 18, que es múltiplo de 3, número mágico de los masones, junto con el 7, hay que cuidarse de los gatos negros, del casamiento, de embarcarse y hasta de los meteoritos; qué duda cabe.
Al menos esto fue lo que cruzó por la cabeza de Gómez, chaqueño avecindado en San Martín de las Escobas, provincia de Santa Fe (Argentina, irremediable precisión para turistas y alienígenas), cuando recomenzaba el ritual del mate tempranero, ya por la segunda pava, y los cielos se llenaron con una extraña explosión que no era trueno ni una banda de heavy metal a todo parlante.
Esto último lo tenía muy claro por los chamuyos de su socio para el truco en el Social y Deportivo, que había estado en La Trova de Rosario y había sido suplente, una vez, del segundo bajista de Pappo en Obras.
Eran las diez menos cuarto de la mañana, hora estándar de Cañada de Gómez, El Trébol, la mencionada San Martín de las Escobas, Montes de Oca, Sastre, María Susana, Las Parejas y Cañada Rosquín, con o sin León Gieco, cuando el meteorito explotó sobre su cabeza. Un estremecimiento ancestral y telúrico corrió por Facebook y Twitter como un vendaval de premoniciones.
Pero el gaucho Gómez ni se inmutó, que para eso era chaqueño, medio gringo, medio mocoví. Por la parte de indio ya traía una larga familiaridad con los cascotes estelares. Se acomodó la boina, miró de reojo para arriba, por si hacía falta atajarse, chupó del mate, y dedicó unos pensamientos a Campo del Cielo, allá en sus pagos, mientras atendía a la radio para saber un poco más.
Para los astrónomos, Campo del Cielo es lo que queda, los restos, de un meteorito de 800 toneladas que, a una velocidad de 50 mil kilómetros por hora, se desintegró en una lluvia de fragmentos menores que cubrieron 1.350 kilómetros cuadrados. Explicación científica, pero que carece de encanto si se la compara con la versión seca del Diluvio que cuentan tobas, matacos y mocovíes: “Cuando el sol cayó sobre la Tierra y consumió a todos los seres vivientes”, dio nacimiento a la humanidad a partir de las cuatro parejas que sobrevivieron al cataclismo y fundaron las tribus. Aquellos que se escondieron en el agua se convirtieron en yacarés o en nutrias, mientras los que treparon a los árboles se hicieron monos.
Es cierto que no todos piensan lo mismo y a veces de las leyendas nacen leyendas. Mientras para unos las rocas de Pingüen N’onaxa (Campo del Cielo) son gotas de sudor de sol que algunos días especiales se convierten en grandes, inmensos árboles, los wichí sostienen que el Otumba, también Campo del Cielo, es el resultado de un ataque de los jaguares a la Luna, a la que le quitaron algunos pedazos a fuerza de uñas.
Está claro que cualquiera de estas explicaciones es más interesante que la versión oficial del meteorito del martes 18, haciéndose trizas a 70 kilómetros de altura y a puro ruido.
Lo cierto es que nuestro protagonista y testigo de los hechos, que ese día dejó de lado las obligaciones cotidianas para montar guardia trasladando su mate, la pava, su banquito y su radio, de debajo de la higuera a la puerta de calle –por si había que avisar que se avecinaba el desastre– asistió a indicios augurales que alimentaban los temores.
El primero fue la tropa de ovejas espantadas que cruzó frente a sus ojos con esa cara de no saber para qué viven que tienen las ovejas, con dos peones tratando de atajarlas, y dejando a sus espaldas un rastro de cascarrias como la cola de un cometa.
El segundo y el tercero se produjeron simultáneamente. Cuando veía llegar al grupo que pateaba levantando tierra, con Biblias en la mano y guitarras desafinadas, por la radio dijeron que la culpa podía ser de un aerolito que pasaba cerca de la Tierra. Un bicho enorme, que tenía 270 metros de diámetro y andaba más que un Fórmula 1, doce kilómetros por segundo.
–¡Ta’ que lo tiró..! –murmuró Gómez, con la sabiduría y la parquedad de los paisanos.
Los de la guitarra y las biblias seguramente entendieron que rezaba, porque abrieron los brazos conminándolo a ver la luz y el final del mundo, el Apocalipsis, tentación que, más mocoví que gringo, denegó precisando:
–¡A no! Con lo mío yo ya tengo bastante…
Y los dejó marchar como quien se desangra, arpegiando disonancias, porque no es fácil tocar la guitarra mientras se camina y menos cuando se viene el Fin del Mundo, justo ese día en que uno tenía un asado.
Si alguno cree que esta crónica va en desmedro de nuestra gente de campo, folclórica o no, está equivocado. Sirvan como testimonio los lúcidos pensamientos que cruzaron por la cabeza del Gómez mientras esperaba más información de la radio.
Lo primero fue que seguramente subiría el dólar, porque los meteoritos argentinos no eran y debían cotizar en dólares. Lo segundo, conclusión de lo primero, fue que los precios tomarían velocidad meteórica, y el Turco del mercadito iba a remarcar los tomates antes de que el gobierno los comprara en China para sostener la canasta familiar. Y, ya embalado, enlazó al Turco con Carrefour y Walmart que le copiarían la jugada, dos o tres nuevas líneas políticas en el PJ bonaerense, al flaco Macri porque lo tenía cruzado, y las maldiciones de la Rural por la mala leche de soja de los herederos del tirano prófugo. Es decir, lo de todos los días pero que, con meteorito, se veía más negro y más inflacionario.
Un economista ortodoxo diría que el Gómez este mezclaba comadrejas con bicicletas, pero, para un argentino de pie en la tierra, los precios son siempre un meteorito a contramano y con tendencia a irse para arriba.
La confirmación de que no estaba totalmente errado la tuvo cuando recambiaba la yerba. La explosión meteórica se había producido en la vertical sobre Armstrong, decía la radio.
–No, sí... ahí estaba la madre del borrego –murmuró, resumiendo sus sospechas o certezas a cerca de la localidad mencionada. Para Gómez no podía haber sucedido en otro lado. Dijera lo que dijese la Wikipedia sobre un Armstrong ferrocarrilero, para él era una ciudad dedicada a Neil Armstrong, el primer tipo que pisó la Luna en la Misión Apolo.
Armstrong, Apolo, meteorito, se caía de maduro: el cascote venía de la Luna, venganza tardía, tal vez arrancado por los jaguares que contaba su abuela mocoví.
No era como para quedarse tranquilo, pero, al menos sabía por qué podía estirar la pata.
Y en eso se produjo lo definitivo, lo que cambió el palo.
Una solitaria vaca colorada llegó del campo, como desganada, y se detuvo en el potrero de enfrente mirando al cielo. Rumiaba el silbido del viento como el que masca chicle.
Al mismo tiempo, por el medio de la calle, del otro lado llegaba un flaco pelado a cero, con anteojitos negros y redondos, propiamente de un John Lennon de luto.
El Gómez lo reconoció y un calor, una emoción de descubrimiento fue ganándole el pecho. ¿Sería una ilusión, un espejismo de la resolana de la siesta adelantada? ¿Lo habría traído el meteorito? ¿Qué más daba, si la civilización la amaba?
La vaca solitaria miró al flaco. El flaco pelado de anteojitos miró a la vaca, y paso a paso se fueron acercando.
Entonces el Gómez, que tenía un nudo en la garganta, agarró el banquito, la pava, la yerba y el mate y se metió a la casa decidido a hacerse un par de churrascos, que ya era hora y las cosas estaban ocupando su lugar.
Como testigo estaba solo el canario en su jaula bajo la higuera, pero no es cuestión de testigos, el Gómez, medio gringo y medio mocoví, iba cantando:
“Miraba el cielo justo a tiempo
¡Hum hum, hum hum hum!
salvada del motor eterno, ¡justo a tiempo!
Aquella solitaaaaa (falsete) ria vaca cubana”.