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lunes, 30 de marzo de 2015

Mederos: de tangos y papas fritas


Rodolfo Mederos es algo más que un hombre con un bandoneón, su espíritu crítico lo lleva a cuestionar la existencia misma del tango, y es capaz de decir, cuando comentaristas llenos de optimismo hablan de un resurgimiento de ese género, que “el tango se ha macdonalizado”, porque hay un público adiestrado para el consumo de “sonidos fabricados en oficinas de marketing, donde nada tiene historia y todo suena igual. Una globalización del gusto, la estética, la sensibilidad y las decisiones”.
Resulta duro escucharlo afirmar que los músicos están ante una realidad en la que “el tango, en su más pura manifestación, ya no existe”, Agregando que “dejó de ser la música cotidiana de un conjunto social para convertirse en ‘música de culto’ para entendidos y, desde lo comercial, para el turismo poco exigente”. Una recorrida por los escenarios tangueros de Buenos Aires, incluso los más alejados del turístico Caminito y sus bailarines de corte y quebrada, muestra rastros de esa orientación hacia el tópico vacío. Ese espacio que le lleva a decir que hoy no existe nada de lo que se vivió en los ’60 y ’70 en poesía, intérpretes o arregladores: “Lo que queda son fotocopias de fotocopias cada vez más borrosas”. Y de las fusiones, de las incursiones en la electrónica, también tiene algo que decir: “Eso no es música, es basura, es producto de la ignorancia, de la mediocridad y del oportunismo. Estos músicos no hacen música, hacen papas fritas”. 
En estos días, cuando en el Centro Cultural Torquato Tasso, frente al Parque Lezama, alterna los fines de semana su trío con su orquesta típica, accedió a dialogar con Miradas al Sur, sobre el hoy y si hay mañana para el tango. Y cómo lo anterior configura un interrogante que desborda por todos los costados, es preferible ir a la voz de Rodolfo Mederos, que a modo de repuesta dice:
–Ésa es la pregunta que me hago todos los días. La que me hago yo y le hago a mis alumnos todos los días. ¿Qué hacer? Una pregunta difícil de contestar, porque estamos en un territorio desvastado, mercantilizado, en el que no es fácil saber dónde estamos y qué queremos, porque la globalización de las culturas le ha quitado valor a todo. Hoy el tango es un negocio más, y como negocio ha entrado en liquidación.
–En ese sentido, el tango no se diferenciaría de otras músicas.
–Es que el tango es, fue, más que una música. En los años grandes del tango, en los ’40 y hasta los ’60, era parte de la vida de la gente; una manera de vivir y de sentir; una filosofía de vida. Era la música popular porque era la música de la gente en cualquier circunstancia de su vida. Pero ya no lo es, y lo que queda son los gestos, repetidos, gastados, el circo. Hoy la música que baila la gente, la que siente propia, son tal vez el cuarteto en Córdoba, el chamamé en el litoral y la cumbia; pero ya nadie baila el tango, como no sea en academias.
–Hasta los años ’50, los bailes populares contaban con orquesta típica y era una obligación saber bailar bien el tango, en el estilo de entonces, de salón. Después sucedió algo y se pasó a la escucha; muy lejos del baile.
–En esos años sesenta la presencia de Astor Piazzolla es responsable de la desaparición del tango. La discusión que tenían hacía tiempo, los puntos de vista distintos entre Piazzolla y Troilo (Aníbal), se inclinaron para un lado. Troilo defendía que el tango tenía que conservar su forma bailable, cuando Piazzolla empujaba por un tango para ser escuchado. En esa puja en los ’60 se fue dejando de bailar el tango y se impuso escuchar a Piazzolla.
–Parece como si Piazzolla fuera el responsable de la caída del tango, cuando, quizás, fue un emergente inevitable.
–Seguramente que era un emergente, pero fue la herramienta usada por el establishment para romper la que era profundo en la identidad. El avance de la globalización cultural estaba cuestionando todo. La música que difundían las radios y las grabadoras se habían estandarizado y acá teníamos productos como El Club del Clan y otros parecidos. Se usó a Piazzolla y su bandoneón se terminó con el tango bailable, el tango del barrio, porque la dominación también pasa por ahí.
–Tal vez tendríamos que definir qué es el tango, porque mientras algunos dicen que está “más vivo que nunca” usted sostiene que murió.
–El tango es una manera de vivir. Una manera de relacionarse con la gente, con el vecino, con el amigo, porque el tango es el barrio. Un barrio que ahora no se reconoce en el tango. A ver… todas las manifestaciones culturales han nacido en cierto momento, tuvieron un desarrollo, incubaron corrientes culturales posteriores, entraron en decadencia y luego se extinguieron. Sucedió con el barroco, con el renacimiento, con todas las corrientes; incluso las modas, lo que esté de moda, tiene que ver con eso, con un ciclo inevitable.
–Un ciclo que nos remite a lo biológico: nacer, crecer, decaer y desaparecer.
–Puede doler que algo se extinga, pero nada dura para siempre, y el tango ha tenido ese desarrollo, con su mayor esplendor en los ’40 y ’50, y luego su decadencia. ¿Por qué pensar que el tango debería ser eterno? Si fue popular era porque representaba una época y la gente se reconocía en él, hoy esa época es pasado; y el tango también. Nadie llora porque desapareció el barroco, Bach… todo eso que es pasado, y que sigue vivo, pero como pasado. Nada impide hoy que, en lo que se da en llamar la música clásica se interprete música del barroco, y yo suelo incursionar, jugar, con la música de Bach, maravillosa, pero lo hago desde hoy. Ni el barroco ni Bach son hoy populares. Y eso es lo que hay que asumir con el tango; ya no es popular. Lo que no quiere decir, otra vez, que no lo pueda disfrutar, sólo que ya no es como una lengua viva, ya no está en la calle, lo tengo que encontrar en el salón, casi en el museo.
–¿Entonces? Porque usted toca, compone y enseña tango. ¿Qué pasa con los jóvenes que se acercan al tango ahora?
–Lo que pasa es que lo tienen que aprender “in Vitro”. Tiene que buscar las grabaciones de unos y de otros, escucharlas, observarlas y aprender de ellas lo que puedan. Cuando yo era chico no tenía que ir a buscar el tango, estaba en mi casa, en el barrio, en el vecino que tocaba la guitarra o el bandoneón, en la vecina que cantaba. Hoy tenemos academias de música popular, donde los músicos pueden aprender los “yeites” indispensables. Antes no había academias porque el músico aprendía en contacto con los músicos, en la calle, en los clubes, en los escenarios; ahí estaba el tango. Por eso digo que hoy lo tienen difícil los que se acercan al tango.
–Esa clase de aprendizaje se parece a una búsqueda arqueológica. ¿Cuál es el imán, entonces, que atrae músicos hacia el tango?
–Tal vez una manera de mirar la vida; no sé. Sí sé que lo tienen muy complicado. Y yo también. ¿Qué podemos hacer? Hay que encontrar esa respuesta, ¿y mientras tanto, qué? Escuchar, incorporar, tocar, buscar… ¿Buscar desde dónde? Yo no creo que alguien pueda encerrarse en una torre de cristal y decir, voy a producir la música popular de este tiempo. Eso no sucede así, hay un proceso vivo, una vinculación de fondo, una raíz común con el pueblo o no hay manera. Si alguien, después, es reconocido por haber hecho algún aporte en ese sentido no es porque se haya encerrado entre cristales, sino porque estaba conectado, vivo.
–Se puede definir al origen del tango como la música del desarraigo. El pibe de la guitarra expulsado del campo por los latifundios, el pibe que aprendió el violín en una sinagoga europea, el italianito que toca el bandoneón  porque no tiene plata para un acordeón; y el bandoneón, instrumento para iglesias ambulantes empeñado en el puerto por marineros alemanes. Eso era el desarraigo. ¿Ya no hay tango porque falta del desarraigo?
–Lo que tengo claro es que el tango apareció con la inmigración europea, y que la cumbia que se baila en los sectores más populares es un producto de la inmigración latinoamericana. Sólo que en los primeros tiempos del tango la comunicación, la influencia de la comunicación mundial no era tanta como hoy, donde se impone una homogeneización, un achatamiento de los perfiles locales. Yo no sé si esa cumbia que se baila está cerca de la original o también es un producto del mercado. Lo que sé es que no quiero, no es lo mío tocar cumbias.
–¿Entonces? ¿Cuál es el camino?
–Ojala lo supiera. Pienso que es algo que tenemos que encontrar entre todos, hablando, haciendo. Yo toco con el trío y también con la orquesta típica. Podrían preguntarme, diciendo lo que dice, ¿qué sentido tiene tocar con una típica? No sé, un poco por pedagogía, para que la gente de hoy pueda escuchar como sonaba una orquesta típica, de la época en que había muchas, y otro poco porque es un placer. Algo que uno lleva. Pero hay que estar abierto, bien abierto.
–Justamente, eso me parece un tema. Ajustarse a un género, en este caso el tango, muerto o vivo, ¿no limita la ambición del músico? Tal vez por el lado de romper los moldes se pueda entender el tango electrónico, por ejemplo.
–No quiero atarme a un género como quien se ata a un reciente, algo que ya está preformado. En ese sentido, hoy miro hacia adelante y no me cierro a nada que sea auténtico, sin especulación comercial o de marketing. Hace tiempo, cuando comenzaba la dictadura, formamos “Generación Cero”, con la intención de explorar, experimentar. Ni siquiera llamábamos tango a lo que hacíamos, era un experimento.
–Sin embargo, cuando uno escucha, hoy, a “Generación Cero”, no tiene dudas de que eso es tango. Al menos es esa música urbana, con olor a asfalto recalentado, subte y cafés de parado, propia de la década del ’70.
–Puede ser, pero no era lo que nos proponíamos, más allá de juntar, encontrar, el rock, el jazz y el tango, para ver qué salía.
–Usted ha tocado con gente de muchos géneros, rock, folclore, jazz, incluso flamenco. ¿Cómo ve las versiones de tangos de Diego El Cigala?
–No me gustan.
–¿Por aquello de zapatero a tus zapatos?
–Yo no me meto con lo que no sé, como el flamenco. El problema de estos cantantes es que no piensan en lo que hacen.
–Una pregunta indiscreta. ¿Ponerle pulso tanguero al Himno Nacional Argentino fue un encargo, como el que recibió el catalán Blas Parera?
–No. Estaba jugando con la música y el bandoneón, cuando se me cruzó el Himno y empecé a improvisar. A mi hijo le gustó y la cosa quedó ahí. Tiempo después estaba grabando y el técnico, que no se cómo se había enterado, insistió para que grabara mi versión del Himno; y lo hice. Después lo eligieron para el bicentenario, y ahí está. 
–Su visión sobre el tango no deja de ser desoladora para un joven que se aproxime a él. ¿Algo de esperanza en el futuro?

–Reconozco que es desalentadora, pero también es un desafío, y los desafíos son atractivos. Podemos quedarnos quietos o seguir avanzando, quizás encontremos algo; al fin, la vida misma es un continuo desafío.

Recuerdos del futuro
Bandoneonista, arreglador, docente, Rodolfo Mederos es un referente de un tiempo de tránsito desde el tango como rey de los bailes populares a la marginalidad de los Centros Culturales, donde se escucha pero no se baila. Espacios que parecen tener su contracara –sólo parece– en las milongas y las academias donde se “curte” el tango con cortes y quebradas que ya era viejo y abandonado en los años ’50.
Rodolfo Mederos, reconocido como un joven bandoneonista talentoso por Astor Piazzolla –mientras Mederos estudiaba en la Universidad y tocaba en Córdoba– pega el salto a Buenos Aires y comienza una carrera siempre junto a los mejores. Así, a mediados de los ’60 graba Buenos Aires, al rojo, con temas propios, de Piazzolla y de Carlos Cobián y se presenta en público apadrinado por Eduardo Rovira. Poco después, siguiendo la senda de ese tiempo de la confluencia de poetas y músicos, pone su bandoneón al servicio de los poemas del Grupo Barrilete.
Ya en el ’69 integra la orquesta de Pugliese, con Daniel Binelli y Juan José Mosalini. Con ellos dos seguirá como arreglista en el “Quinteto Guardia Nueva”, pero ya en 1976 inicia un grupo que se constituiría en “conjunto de culto”. Esta calificación significa, normalmente, que el sujeto adjetivado no llegó a ser reconocido por el gran público, pero sí por los iniciados en el misterio áulico, y por sus colegas, que descubren a través de sus audacias nuevos caminos, nuevas puertas a que tocar.
Por cierto que “Generación Cero” –hoy fácil de acceder en Youtube– tuvo toda la irreverencia propia de esos tiempos y cruzó música de distintos orígenes, con sus pulsos y respiraciones propias. Los eruditos hablan de “triple fusión”, porque sumaron, entrecruzaron, el jazz, el rock y el tango. Desde la misma irreverencia de los músicos, se les podría cuestionar a los eruditos su clasificación, al fin, el jazz, el rock –al menos al argentino– y el tango tienen el mismo origen y la misma sangre: el suburbio, la marginación y el asfalto.
Para aquellos, trágicos, mediados de los ’70 la propuesta de Mederos en “Generación Cero” no sonaba como tango, pero tampoco lo negaba. Al fin, con la aparición de Astor Piazzolla y Eduardo Rovira se había roto un dique que condenaba al tango a una manera, a un estilo, a una mirada, que se estaba haciendo vieja y lejana para las nuevas generaciones. Los Beatles, Los Gatos, Manal y Almendra ganaban el baile de los jóvenes, alternando con las cumbias y los colombianos vallenatos de Los Wawancó y el Cuarteto Imperial. El baile y el club de barrio habían sido desplazados por las discotecas y la identidad local se hacía papel picado en nombre de la universalidad, cuando se le daba nombre.
El primer disco del grupo fue “Fuera de broma”, al que siguieron “De todas maneras”,”Todo hoy”,”Buenas noches, Paula”, “Verdades y mentiras” y “Reencuentros”.
Al fin, “Generación Cero”, tal vez anticipando la visión que hoy manifiesta Rodolfo Mederos sobre aquellos tiempos, fue adquiriendo cierta trascendencia y logró reconocimiento del público, especialmente en escenarios fuera de la Argentina. Algo así como recuerdos del futuro.

Publicado en Miradas al Sur

sábado, 7 de febrero de 2015

Jugo de tomate frío

Corrían los años 70, y cómo corrían. Todavía se vivía la ola folclórica que habían comenzado en los 60. Nunca me llevé bien con el folclore. Hoy tampoco. Tal vez ya era un anarcomarxista salgariano sin saberlo: ni Dios, ni Patria, ni Rey.
Lo cierto es que me daban en los huevos los que cantaban zambitas, y en plan petardo agarraba la viola y atacaba con dos temas de Manal: Jugo de tomate frío y No pibe.
Hoy, por una nota en Berisso Blues, “Manal, un sueño premonitorio”, he vuelto a aquellos precarios blues de Manal. Precarios porque se adelantaban al punk “robando” música con un par de tonos.
Ahí van:



domingo, 21 de septiembre de 2014

La primavera es una metáfora


Vaya a saber uno por qué extraño mandato a los escribas se nos da por mezclar el equinoccio vernal (el paso del invierno a la primavera), la magia, el bolsito con empanada gallega de caballa –que para atún no daba la plata– y el picnic obligado en el Parque Pereyra, al que todos íbamos dispuestos a creer en la poesía y a enamorarnos como perros jadeantes. Seguramente ayudaba que el bucólico espacio lleno de árboles, arbustos y bichos colorados, a los citadinos nos convertía en una criolla versión de faunos en vaqueros persiguiendo ninfas que pocas, muy pocas veces, se dejaban alcanzar.
En cuanto pibas y pibes despegaban, un poco, de la tutela familiar, en sus cabezas hirvientes de hormonas, feromonas y otras monas, el 21 de septiembre se proyectaba como un día especial. En esas alturas de sus vidas aún no sabían que el período de bobaliconería y erotismo campestre tenía fecha de caducidad, que de los 18 en adelante la música sonaría de otra manera, más política, y que el que seguía con los picnic arbolados pertenecía a la marciana raza de los boy scout. Corrían los ’60 camino de los ’70, y tipos como Tanguito cantaban Amor de primavera:
Allá a lo lejos/ puedes escuchar/ a un amor de primavera/ que anda dando vueltas/ que anda dando vueltas…
El Parque Pereyra era como un imán, y pocos recordaban que había tenido otro nombre unos años antes, Parque de los Derechos de la Ancianidad, cuando el gobierno de Domingo Perón se lo expropió a los Pereyra. Historia que Beatriz Guido rescató en su novela El incendio y las vísperas. El estupor de la aristocracia ante una osadía que llenaba de negros un jardín particular, y hasta dónde se atreverían a llegar, si además prendieron fuego al Jockey Club, señora. Si podían expropiar a los Pereyra Iraola el apocalipsis estaba a la vuelta de la esquina. Claro, para los picniqueros de voces en pleno cambio y algún que otro acné, eso era Historia Antigua.
Un poco menos antigua que el paso de la monarquía por ese edén de la oligarquía vacuna, como sucedió cuando en 1887 llegó a Buenos Aires Don Carlos de Borbón y Austria, duque de Madrid, frustrado aspirante al trono de España como Carlos VII y pretendiente del trono de Francia como Carlos XI de Francia y Carlos VI de Navarra. O sea, un personaje con muchos alias pero condenado a jugar en la “B”. Lo trasladaron en un tren especial, con todo su séquito y en la compañía del vicepresidente Carlos Pellegrini. Podemos presumir fiesta campera en gran estilo, porque anotan los cronistas que incluyó salir a cazar ñandúes.
No era la primera vez que la sangre noble visitaba esos campos que un paisajista belga convirtió en un exótico jardín, importando árboles desde los puntos más remotos del globo. Algunos años antes los Pereyra, que venían dedicándose a la cría de ganado Shorthon, ampliaron la familia importando un progenitor cara blanca, de raza Hereford, bautizado Niágara. Diría que Niágara tuvo un destino algo más distendido que Carlos de Borbón y Austria, porque, aparte de distribuir sus genes artesanalmente, porque aún no se había inventado la inseminación artificial, hoy pervive en la etiqueta de un whisky nacional llamado “de los criadores”. O sea, que antes de los picnic en una estancia expropiada por la horda clasista, ya había quién picniqueaba de lo lindo y quién corría detrás de atractivas hembras receptivas. Y que conste que estamos hablando de Niágara.
Pero, volviendo unos pasos atrás, al cambio de categoría, geografía y objetivos al cruzar la frontera de cierta edad, deberíamos reconocer la continuidad de los picnic o de los parques. Porque aunque, parodiando eso de que la guerra es la continuación de la política por otros medios, de Clausewitz, se entraba en la etapa en que el amor era el sexo por otros medios, aquellos ’60 y ’70 estaban infisionados por la política. O sea que el dejar para los imberbes y sus equivalentes féminas los picnic a la sombra, no eliminaba el atractivo del 21 de septiembre y mucho menos la ebullición, como una especie de fiebre del heno, que se traducía en enamoramientos tumultuosos, pocas veces de larga duración, pero siempre de intensidad terremoto fuerza ocho.
Así, el cronista recuerda un campeonato relámpago de fútbol en un picnic distinto, organizado por “troscos”, al que fue invitado porque en su desinformada posición sobre el comunismo –la del cronista– les parecía un aliado táctico, cuando en realidad era un diletante que confundía a Stalin con Lenin y no le parecía grave. Y lo recuerda porque, patadura, fue a parar al arco de uno de los dos equipos que llegó a la final. Partido que se definió por penales, y copa que ganó el cronista atajando dos penales, entusiasmado hasta el delirio deportivo por troscas de miradas húmedas; las “porreras” de Don León. Tanta ingenuidad mezclada con hormonas y consignas merecería la canción que ponen en boca de Tanguito en la película que le dedicaron:
Pueden robarte el corazón/ cagarte a tiros en Morón/ pueden lavarte la cabeza/ por nada.
La escuela nunca me enseñó/ que al mundo lo han partido en dos/ mientras los sueños se desangran, / por nada.
Pero el amor es más fuerte, / pero el amor es más fuerte…

Y, algunos años más atrás, cuando el hermano menor del cronista, un 16 de septiembre del ’55, que presagiaba un 21 sin picnic porque el 23 triunfaría la Revolución Libertadora, se quedó sin cumpleaños porque la Marina del almirante Isaac Rojas amenazaba con cañonear la destilería de YPF y los habitantes de Berisso evacuaban la ciudad llevando lo que podían cargar, en columnas como las que mostraba el cine en la Segunda Guerra Mundial. Columnas que pasaban por el barrio. La torta del cumple, hecha en la casa era, casualmente, un barco con mástiles de caramelo. Aquel pibe sin fiesta y aquella primavera sin picnic.
Tiempo difícil, y siempre doloroso, el de ser muy joven. Aún no se ha desarrollado la coraza de cinismo necesaria, y hasta los festejos por un equinoccio se pueden convertir en una mala historia. Tiempos en que un poema ingenuo, naif, como el que Gabriela Mistral dedicó a la primavera: “Doña Primavera/ viste que es primor, /de blanco, tal como/ limonero en flor./ Lleva por sandalias/ unas anchas hojas/ y por caravanas/ unas fucsias rojas./ ¡Salid a encontrarla/ por esos caminos!/ ¡Va loca de soles /y loca de trinos!”, se puede transformar en una caminata mar adentro, como la que emprendió Alfonsina Storni.
Tal vez por eso, casi cederíamos a la tentación de adecuarnos al ritmo de los tiempos, es decir, a la superstición masiva, para sugerir un par de ritos de transición. Como, por ejemplo, encender velas negras y blancas, en pares, por toda la casa, pintar huevos de gallina como si fueran los del conejo de Pascua, soplarse el ombligo y pensar en ser buenos, ay, muy buenos. Con seguridad esto no sirve para nada, pero mientras lo hace está entretenido y se olvida de las penas, al tiempo que siente cómo la corriente subterránea de la primavera le alborota las venas y sabe que, como es época de siembra, al fin donde haya veinte personas es probable que se formen más de diez parejas.
Por cierto que hoy el Parque Pereyra, ex De los derechos de la Ancianidad, ex estancia “San Juan”, ex hogar de ñandúes que no se imaginaban un futuro de cuadriciclos apestando el campo, sigue más o menos igual, porque al fin los árboles siempre son árboles; los arbustos, esa cosa que molesta, y los bichos colorados también su hacen su picnic con los que se recuestan en el pasto, aunque más no sea para que se les pase la borrachera de cerveza. Eso sí, los manteros africanos antes no estaban. No al menos los manteros de Senegal, que recuperan la presencia de la negritud de los tiempos de Juan Manuel de Rosas, a quien no citamos por casualidad, al fin de cuentas Simón Pereyra, el fundador de la estirpe, era primo hermano por parte de madre de la esposa de Juan Manuel de Rosas.
En fin, humedades. Porque si alguno menor de 20 va de picnic al Parque Pereyra no será justamente para aprender historia. Si no, tal vez, metafóricamente, para alimentar la Historia, porque con la primavera llega el tiempo de la siembra; que también es una metáfora.
(Publicado 21-9-2014 en Miradas al Sur)

lunes, 30 de junio de 2014

Tata Cedrón: 50 años es nada


El taxi dejó al cronista en la esquina, minutos antes de las once de la mañana. Por delante tenía una entrevista con Juan Cedrón, más conocido como el Tata, guitarrista, voz y compositor que, desde los 60, cincuenta años, viene marcando un sendero propio, en el que la música se alimenta de todas las otras artes, y en la que el compromiso social se transparenta y conforma parte de su esqueleto. Esta es la película del encuentro.

TOMA UNO
Casa familiar de Villa del Parque. Puerta alta, de madera y cristal esmerilado. A la derecha el timbre con un cartelito pegado: “No funca”. El cronista golpea la puerta. Se abre y en el vano aparece el Tata Cedrón, que dice señalando el timbre:
-Tenía miedo que no se entendiera. No sé si ahora se dice “no funca”.
-No te preocupes, se entiende- lo tranquiliza el cronista; sin aclarar que tal sea porque los dos van camino de los dinosaurios.

TOMA DOS
-Has recibido en los últimos años el reconocimiento a tu trayectoria, pero… seamos irónicos ¿No te dejan la sensación de que te están diciendo ya llegaste, ya está, ahora quedate piola?
-(Ríe) Sí, parece como que algunos piensan, sos viejo, ahora dejanos a nosotros. Lo que está bien, hay que hacer el trasvasamiento generacional, pero me parece poco inteligente no aprovechar lo que tuvieron que aprender los viejos. Vos empezaste acá, digamos que en el 500 -hace gráficos gestos sobre el escritorio- pero yo hice de cero a 500, que a vos te va a servir para hacer de mil para arriba cuando yo ya no esté para verlo. ¡Pero a mí no me paran! yo sigo adelante, la vida es continuidad.
-Norman Briski dice  que le molesta el término “generación”, aplicado a los que hacían teatro militante en los 70; porque es una manera de cerrar un proceso que sigue abierto; como darlo por muerto.
-Esa es una manía que tiene alguna gente, ponerle nombre a todo, meterlo en un casillero; pero a la vida no se la puede encasillar. Hace poco estaba en una discusión en la que alguien definía qué era el tango y qué no era tango. Que si la letra tenía que ser nostálgica, que si el ritmo, que si tenía que ser urbano, la nostalgia del farolito. Mirá…
(Deja la silla, trae la guitarra y muestra con el mejor ejemplo, la música. La guitarra suena dulce, suave. Canta.)
Una mujer y un hombre llevados por la vida
y aquí el francés Bonpland botánico
y construí tu rostro
ya que moría mañana
ya que navegas por mi sangre y conoces…
-¿Ves? -explica- es un poema de Gelman en que nombra a Bonpland, el botánico. ¿Es más tango porque lo toque así?
(Repite la melodía marcando los rasguidos, desnudando la síncopa que se escondía tras la suavidad.)
-¿Es más tango? ¿Lo anterior no era tango? ¿Hablar de un francés botánico no es tango? ¿Y los tangos sin letra? ¿Qué? ¿Dónde está la nostalgia, el amor, la bronca? Mirá… -dice, dejando la guitarra- por suerte tenemos a la música. A la música le importa poco si alguien dice que es esto o lo otro.
-Parece una manía de academia, como las del idioma, ponerle puertas al viento, fijar categorías en lo que cambia todo el tiempo.
-La palabra está viva, como la música, no la podés encerrar en un casillero. Mirá los pibes, que dicen “andar al bardo”, como quien va de cualquier manera. Si bardo originalmente era el poeta. Sin querer, sin proponérselo, van con la libertad del poeta. Mirá, que cada uno piense lo que quiera, pero… cuando quieren definir todo me sale la bronca. Y, sí, soy peleador y camorrero.
(Una entrevista con un personaje como el Juan “Tata” Cedrón puede ser muy fácil o muy difícil. Justamente porque, tal como se reconoce, es “peleador y camorrero”. Tal vez la única receta sea escuchar con atención y surfear en la corriente; porque el Tata no necesita que le den manija, tiene tracción propia).
-En Francia- he vivido ahí muchos años; voy y vengo- los intelectuales se estan cuestionando la letra de la Marsellesa. Viste que dice: (tararea un poco en francés, un poco en castellano) Marchemos, hijos de la patria, que ha llegado el día de la gloria… tarará, tarará… ¿No oís… tarará tarará… esos feroces soldados? Pues vienen a degollar a nuestros hijos y… claro, ahora la letra de la Marsellesa no está de acuerdo con este tiempo de corrección y todo lo demás. (Sonríe) Mirá en cambio lo que pasa acá. ¡La gente ya no canta más la letra del Himno argentino, lo tararean, dejan la música nada más!  Los intelectuales de Francia cuestionan la letra, pero cuando toca cantarla la cantan completa. Acá, la gente la tararea y ya está resuelto, y por abajo, desde donde es más auténtico. Cuando querés resolver o determinar las cosas desde arriba, ya sea la letra de una marcha como qué es y qué no es el tango, la estás embarrando, no vas a ninguna parte. El excesivo racionalismo tiene sus trampas y te lleva a la equivocación.
-A Borges le preguntaron una vez, en París, cómo sabía que estaba ante una obra de arte. Dijo que no sabía. Lo que sabía era que cuando había estado ante una obra de arte, después ya no era el mismo que antes. Eran los tiempos del estructuralismo, cuando todo tenía que estar precedido o explicado por una teoría. Parece que algunos insisten en tener una teoría o un casillero para todo; por ejemplo para la música.
-¡Uh! Me acuerdo, Marta Harnecker, Althusser, había que tener una teoría para cada cosa. Esa tendencia dejaba afuera el misterio. Como lo decía González Tuñón, hay una “ética del misterio”; algo inasible, indefinible. Justamente estoy tocando en “El Puchero Misterioso”, y ahí, en la ida y vuelta con músicos y cirqueros nace el misterio inexplicable. Cuando estamos haciendo lo nuestro y  cuando nos juntamos a comer y hablar después de la función.

TOMA TRES
“El Puchero Misterioso” fue, originalmente, un reducto, tal vez inventado, por Enrique González Tuñón en su libro “La calle de los sueños perdidos”. Un apunte, una pista sobre el “misterio” según aquel González Tuñón y este Cedrón, va en estos versos de “Tiendas de ultramarinos”, del libro mencionado:
Y, sobre la mesa, el diario, y en el diario los telegramas fechados en esos lugares (ultramarinos) que, sin duda, no conoceremos nunca. Y entonces, al puchero cotidiano se mezcla un súbito y profundo olor (ultramarino) de arenque ahumado, de salmón en lata, de pepino en vinagre, de pescado en barrica.

TOMA CUATRO
 -Tal vez etiquetar, teorizar, sea una necesidad de otros, pero en un creador lo que hace es algo más cercano a la magia. Cuando se produce, hasta lo sorprende.
-Es así, uno nunca se propone llegar a alguna parte. Vive, toca, canta, se conecta con los poetas, con los pensadores y eso tiene un resultado siempre impredecible. Lo único que vale es ser honesto. Ser honesto con uno mismo y hacer lo que siente. Al final es lo que va a quedar, independientemente de las modas. Siempre digo que cuando desaparezca del maíz trasgénico lo que quedará es el maíz auténtico. Lo auténtico es lo que nunca desaparece, lo que siempre parece recién creado, lo verdadero. Después de Hiroshima, cuando todo parecía que había terminado para siempre, volvieron a crecer las flores.
-La autenticidad no es necesariamente “originalidad” al margen de todo lo anterior. Me reitero en Borges, que decía que uno hombre es culto cuando repite frases de otro que no recuerda haber leído.
-Por eso creo que es necesario el intercambio con los otros. Seguramente, cuando me parece que encontré una armonía, una frase original, alguna vez la escuché de otro y ya no lo recuerdo. Lo que no quiere decir que estés copiando, “robando” de otro, es que todos somos hijos de los que nos preceden, no somos hijos del aire. Siempre digo que la receta que me trasmitió mi abuela ayer, la cocino hoy, para que otro la coma mañana.
-Lo que nos lleva a lo que decíamos a cerca de las generaciones. La continuidad las desmiente como compartimientos estancos.
-A veces con esa idea se suspende el futuro. Somos como un manzano. Damos manzanas y unas se caen y se pierden, mientras otras son comidas, alimentan. Y el manzano vuelve a dar, sin saber cuáles serán alimento o cuáles se van a perder; si es que se pierden (dice, señalando algo en el aire). Fijate si no, en “Cambalache”, el tango de Discépolo. Parece que lo más importante que decía es “El mundo fue y será una porquería… en el dos mil también”, pero a mí me parece que la anticipación, lo que tiene una validez bestial es lo que dice después, “el siglo veinte es un despliege de maldad insolente”. ¡Está hablando de ahora! El capitalismo se despliega sin vergüenzas, sin máscaras, con “maldad insolente”; y lo vemos en Argentina y todo el mundo con los fondos buitre.
-Por lo que mostró la última crisis económica mundial estamos asistiendo a una verdadera restauración de la derecha liberal, casi a una revolución de la derecha, que quiere terminar con los avances sociales conseguidos en los siglos XIX y XX.
-No se disfrazan de chicos buenos, son pura maldad e insolencia y les importa poco cuánta gente condenan al hambre. Tenemos que pensar qué nos estamos jugando todos los argentinos, y que la deuda que reclaman los fondos buitres no es un problema de un solo gobierno, sino de todos. Ya lo dijo la presidenta, de “prepo” nada. (Sonríe) No sé, yo soy muy “peroncho”, por eso me acuerdo de aquello que decía la marchita: combatiendo al capital.
-Última pregunta. Hace diez años que retornaste a este Buenos Aires ¿Será para quedarte, ya definitivamente?
-Creo que sí. Me siento bien, y estoy bien. (Sonríe) Será que, en realidad, nunca me fui. Me gusta el barrio y ya no recuerdo cuándo fue la última vez que me moví hasta la calle Corrientes, no lo necesito. Hago lo mío, con la mayor honestidad posible y, de paso (ríe) “bajo línea” cada vez que puedo.

TOMA FINAL
Se cierra la puerta de la casa familiar en Villa del Parque y el cronista camina encendiendo un cigarrillo. ¿Bajada de línea? Una imagen, un recuerdo fragmentario: la primera vez que escuchó al Cuarteto Cedrón. ¿1966? Era un vinilo, un long play. En un Winco. En el descanso del ensayo en un teatro; en La Plata. Y la voz de Juan Gelman desgranando lo que queda de un poema en la memoria:
"A las once fueron descubiertas ciertas maniobras delictivas/ a las doce el partido demócrata y burgués reiteró ser demócrata y burgués.
(…)
A las cinco me harté pero a las seis te vi/ después de tantos años te vi a las seis y me turbé como un niño".

(Entrevista publicada en Miradas al Sur el 29/6/2014. Acá la nota y los recuadros.)


Primer Cuarteto: Atrás, Jorge Sarraute, Cesar Stroscio, Miguel Praino y, 
adelante, Juan “Tata” Cedrón.

(Aclaración para no porteños o no dinosaurios lectores de este blog: “no funca” quiere decir no funciona.)

martes, 24 de junio de 2014

Gardel, el fútbol y la mufa

Gardel con su amigo el jockey uruguayo Irineo Leguisamo.


Dicen que Gardel era un gordito que para filmar sus películas, verdaderos antecedentes de los videoclip, se estrangulaba la cintura con faja de señora entrada en carnes. Probablemente por eso, por el estrujamiento, sonreía de costado; pero esa es sólo una presunción. Que fuera gordito no sería de extrañar, puesto que en esos años la flacura era obligadamente proletaria y la pancita signo de que al portador las cosas le iban bien y comía seguido. Tanto que la imagen icónica del burgués lo mostraba con cadena de oro cruzando un prominente abdomen, como un puente colgante ahumado por un poderoso cigarro habano. Y Carlitos, como cantor de unos años en que las estrellas viajaban en tren y no ganaban ni la mitad que un plomo de los Rolling Stones, empataba en cintura con los tenderos acomodados; lo que no lo inhabilitaba para que practicara algún deporte y fuera fervoroso admirador de otros.
Lo más conocido es su pasión por "los burros", dicho en lenguaje de seguidor turfístico. Pero no se quedó en los purasangres de carrera sino que también, aparte de las sesiones de gimnasia -presumiblemente sueca- con que se castigaba de tanto en tanto, era admirador del boxeo y seguía con igual entusiasmo un deporte que, por esos años, dejaba de ser una manía inglesa para convertirse en dominio de multitudes, el fútbol.
Su relación con el fútbol y el deporte en general, se presentó como un fortuito cruce de calles y nos trajo una historia que promedió más o menos así:
-Carlitos… ¿por qué no te vas a cantarle a los uruguayos?
Rebobinamos y comenzamos un poco más atrás, cuando reparamos que a una quincena de "fondos buitre" y copa del mundo en Brasil, se sumaba otro aniversario del momento en que Carlos Gardel ni voló ni retornó de las cenizas como el ave Fénix en el aeropuerto de Medellín; todavía sin Pablo Escobar.
La memoria entró a la cancha y nos propusimos hurgar en el pasado, digamos que deportivo quién, de aquí en más, llamaremos Gardel para eludir la caída en la retahíla de apodos que evitan la repetición del nombre.
A Gardel lo teníamos en tangos como "Leguisamo solo", "Por una cabeza", "Bajo Belgrano", "Preparate pa`l domingo" y el irónico "Paquetín, paquetón" con que fustiga a uno que no gana una carrera ni con ayuda del Papa de turno. Lo teníamos como dueño de caballos que nunca le dieron un gusto grande, pero que, como Lunático, pasaron a la historia con tango propio. Ese era su "berretín", pero no excluyente, porque es conocido que seguía de cerca el boxeo, una actividad que despertaba fanatismos en su tiempo y que supo compartir, sin enterarse, claro, con Julio Cortázar.
Cortázar, a quién recordamos todo el año, reconocía que no le gustaba el fútbol porque "En el fútbol son once contra once, gana o pierde un equipo. La responsabilidad individual se diluye, todo se diluye; alguien pudo haber jugado muy bien o muy mal pero nunca tiene la plena responsabilidad del triunfo o de la derrota. En el boxeo eso no es posible". Sus palabras podrían ser una diatriba contra algún gobierno o un alegato sobre la política, pero más político era Borges cuando decía que el fútbol "es popular porque la estupidez es popular". Por suerte empataba Osvaldo Soriano que escribió algunos relatos imperdibles como "El penal más largo del mundo" -sacado de su experiencia de jugar para Cipolletti en Barda del Medio- o la homérica narración titulada "El hijo de Butch Cassidy", que coloca a un hijo del legendario bandido arbitrando un partido en la Patagonia. Un partido donde se dirime el mejor del mundo, en paralelo con el mundial de fútbol de 1942.
Pero volvemos a cuándo a Gardel no lo mandaron a "cantarle a Gardel", pero sí a los uruguayos.
Cuentan que cuando jugaba la selección Carlos Gardel iba a las concentraciones para animarlos cantando. Pero que después de las Olimpíadas del 28 y el Mundial de 1930 esa relación dejó de ser cordial.
El primer tiempo de esa historia fue cuando, para las Olimpíadas, Gardel estrenó ante el seleccionado el tango "Dandi". Después, como cabe esperar, le aseguró al equipo que cuando jugaran se llevarían la medalla de oro. Sólo que eso no se dio, porque el oro se lo llevó Uruguay, que les ganó en la final.
El segundo tiempo fue un par de años después, en 1930, en Montevideo. Gardel entonces repitió "Dandi" el tango que les había cantado la vez anterior, pero muchos jugadores lo miraban con desconfianza. Para algunos Gardel ya era mufa, yeta, yettatore, gafe, dicho en lunfardo de varias raíces. Tal vez por eso, para empardar la mano, a uno se le ocurrió dar vuelta la pisada, hacer un enroque
-Carlitos… ¿por qué no te vas a cantarle a los uruguayos? Por que si no, se pueden resentir ¿viste?.
Gardel fue y les cantó a los uruguayos, pero la contra mufa no funcionó y en la final Uruguay le ganó a Argentina 4 a 2. Así fue, cuentan, que uno de los jugadores sentenció, definitivo: "Che, Carlitos, vos en el próximo Mundial no vas a cantar".
Tal vez Gardel no fuera portador de la mala suerte, si es que eso existe, y mi pata de conejo no lo permita, pero en todo caso su relación con el fútbol nunca fue muy afortunada. Lo determinante, tal vez, para confirmar su perfil de yettatore o no, sería su afiliación al Racing Club de Avellaneda, un equipo que en los tiempos de Gardel se ganó el apodo de "La Academia".
Si era o no yeta ya no se podrá saber, pero, sí se sabe que también era hincha del “Barça” cuando iba a España y, puntualmente, a Barcelona. También que solía cantar, vaya a saber para quién, el tango "Patadura". Un tango que, visto lo que va del mundial, especialmente alguno de los partidos, podríamos compartir otra vez sumando la intención irónica del Morocho del Abasto.
"Piantáte" de la cancha, dejále el puesto a otro
de puro "patadura" estás siempre en "orsay".
Jamas "cachás" pelota, la vas de "figurita"
y no "servís" siquiera para patear un "hand".


domingo, 23 de febrero de 2014

Meteorito, mocovíes y vaca cubana


Mi nota de contratapa en Miradas al Sur de hoy, domingo.

EL DÍA DEL METEORITO

Los martes, ya sea 13 o 18, que es múltiplo de 3, número mágico de los masones, junto con el 7, hay que cuidarse de los gatos negros, del casamiento, de embarcarse y hasta de los meteoritos; qué duda cabe.
Al menos esto fue lo que cruzó por la cabeza de Gómez, chaqueño avecindado en San Martín de las Escobas, provincia de Santa Fe (Argentina, irremediable precisión para turistas y alienígenas), cuando recomenzaba el ritual del mate tempranero, ya por la segunda pava, y los cielos se llenaron con una extraña explosión que no era trueno ni una banda de heavy metal a todo parlante.
Esto último lo tenía muy claro por los chamuyos de su socio para el truco en el Social y Deportivo, que había estado en La Trova de Rosario y había sido suplente, una vez, del segundo bajista de Pappo en Obras.
Eran las diez menos cuarto de la mañana, hora estándar de Cañada de Gómez, El Trébol, la mencionada San Martín de las Escobas, Montes de Oca, Sastre, María Susana, Las Parejas y Cañada Rosquín, con o sin León Gieco, cuando el meteorito explotó sobre su cabeza. Un estremecimiento ancestral y telúrico corrió por Facebook y Twitter como un vendaval de premoniciones.
Pero el gaucho Gómez ni se inmutó, que para eso era chaqueño, medio gringo, medio mocoví. Por la parte de indio ya traía una larga familiaridad con los cascotes estelares. Se acomodó la boina, miró de reojo para arriba, por si hacía falta atajarse, chupó del mate, y dedicó unos pensamientos a Campo del Cielo, allá en sus pagos, mientras atendía a la radio para saber un poco más.
Para los astrónomos, Campo del Cielo es lo que queda, los restos, de un meteorito de 800 toneladas que, a una velocidad de 50 mil kilómetros por hora, se desintegró en una lluvia de fragmentos menores que cubrieron 1.350 kilómetros cuadrados. Explicación científica, pero que carece de encanto si se la compara con la versión seca del Diluvio que cuentan tobas, matacos y mocovíes: “Cuando el sol cayó sobre la Tierra y consumió a todos los seres vivientes”, dio nacimiento a la humanidad a partir de las cuatro parejas que sobrevivieron al cataclismo y fundaron las tribus. Aquellos que se escondieron en el agua se convirtieron en yacarés o en nutrias, mientras los que treparon a los árboles se hicieron monos.
Es cierto que no todos piensan lo mismo y a veces de las leyendas nacen leyendas. Mientras para unos las rocas de Pingüen N’onaxa (Campo del Cielo) son gotas de sudor de sol que algunos días especiales se convierten en grandes, inmensos árboles, los wichí sostienen que el Otumba, también Campo del Cielo, es el resultado de un ataque de los jaguares a la Luna, a la que le quitaron algunos pedazos a fuerza de uñas.
Está claro que cualquiera de estas explicaciones es más interesante que la versión oficial del meteorito del martes 18, haciéndose trizas a 70 kilómetros de altura y a puro ruido.
Lo cierto es que nuestro protagonista y testigo de los hechos, que ese día dejó de lado las obligaciones cotidianas para montar guardia trasladando su mate, la pava, su banquito y su radio, de debajo de la higuera a la puerta de calle –por si había que avisar que se avecinaba el desastre– asistió a indicios augurales que alimentaban los temores.
El primero fue la tropa de ovejas espantadas que cruzó frente a sus ojos con esa cara de no saber para qué viven que tienen las ovejas, con dos peones tratando de atajarlas, y dejando a sus espaldas un rastro de cascarrias como la cola de un cometa.
El segundo y el tercero se produjeron simultáneamente. Cuando veía llegar al grupo que pateaba levantando tierra, con Biblias en la mano y guitarras desafinadas, por la radio dijeron que la culpa podía ser de un aerolito que pasaba cerca de la Tierra. Un bicho enorme, que tenía 270 metros de diámetro y andaba más que un Fórmula 1, doce kilómetros por segundo.
–¡Ta’ que lo tiró..! –murmuró Gómez, con la sabiduría y la parquedad de los paisanos.
Los de la guitarra y las biblias seguramente entendieron que rezaba, porque abrieron los brazos conminándolo a ver la luz y el final del mundo, el Apocalipsis, tentación que, más mocoví que gringo, denegó precisando:
–¡A no! Con lo mío yo ya tengo bastante…
Y los dejó marchar como quien se desangra, arpegiando disonancias, porque no es fácil tocar la guitarra mientras se camina y menos cuando se viene el Fin del Mundo, justo ese día en que uno tenía un asado.
Si alguno cree que esta crónica va en desmedro de nuestra gente de campo, folclórica o no, está equivocado. Sirvan como testimonio los lúcidos pensamientos que cruzaron por la cabeza del Gómez mientras esperaba más información de la radio.
Lo primero fue que seguramente subiría el dólar, porque los meteoritos argentinos no eran y debían cotizar en dólares. Lo segundo, conclusión de lo primero, fue que los precios tomarían velocidad meteórica, y el Turco del mercadito iba a remarcar los tomates antes de que el gobierno los comprara en China para sostener la canasta familiar. Y, ya embalado, enlazó al Turco con Carrefour y Walmart que le copiarían la jugada, dos o tres nuevas líneas políticas en el PJ bonaerense, al flaco Macri porque lo tenía cruzado, y las maldiciones de la Rural por la mala leche de soja de los herederos del tirano prófugo. Es decir, lo de todos los días pero que, con meteorito, se veía más negro y más inflacionario.
Un economista ortodoxo diría que el Gómez este mezclaba comadrejas con bicicletas, pero, para un argentino de pie en la tierra, los precios son siempre un meteorito a contramano y con tendencia a irse para arriba.
La confirmación de que no estaba totalmente errado la tuvo cuando recambiaba la yerba. La explosión meteórica se había producido en la vertical sobre Armstrong, decía la radio.
–No, sí... ahí estaba la madre del borrego –murmuró, resumiendo sus sospechas o certezas a cerca de la localidad mencionada. Para Gómez no podía haber sucedido en otro lado. Dijera lo que dijese la Wikipedia sobre un Armstrong ferrocarrilero, para él era una ciudad dedicada a Neil Armstrong, el primer tipo que pisó la Luna en la Misión Apolo.
Armstrong, Apolo, meteorito, se caía de maduro: el cascote venía de la Luna, venganza tardía, tal vez arrancado por los jaguares que contaba su abuela mocoví.
No era como para quedarse tranquilo, pero, al menos sabía por qué podía estirar la pata.
Y en eso se produjo lo definitivo, lo que cambió el palo.
Una solitaria vaca colorada llegó del campo, como desganada, y se detuvo en el potrero de enfrente mirando al cielo. Rumiaba el silbido del viento como el que masca chicle.
Al mismo tiempo, por el medio de la calle, del otro lado llegaba un flaco pelado a cero, con anteojitos negros y redondos, propiamente de un John Lennon de luto.
El Gómez lo reconoció y un calor, una emoción de descubrimiento fue ganándole el pecho. ¿Sería una ilusión, un espejismo de la resolana de la siesta adelantada? ¿Lo habría traído el meteorito? ¿Qué más daba, si la civilización la amaba?
La vaca solitaria miró al flaco. El flaco pelado de anteojitos miró a la vaca, y paso a paso se fueron acercando.
Entonces el Gómez, que tenía un nudo en la garganta, agarró el banquito, la pava, la yerba y el mate y se metió a la casa decidido a hacerse un par de churrascos, que ya era hora y las cosas estaban ocupando su lugar.
Como testigo estaba solo el canario en su jaula bajo la higuera, pero no es cuestión de testigos, el Gómez, medio gringo y medio mocoví, iba cantando:
“Miraba el cielo justo a tiempo
¡Hum hum, hum hum hum!
salvada del motor eterno, ¡justo a tiempo!
Aquella solitaaaaa (falsete) ria vaca cubana”.

viernes, 14 de febrero de 2014

Todo preso es político, mister Jolson



“Somos prisioneros de la Prisión Estatal Pelican Bay (California, EEUU). Vivimos desde más de 15 años encerrados 23 horas al día en pequeñas celdas sin ventanas, sin ser capaces de abrazar o tocar a nuestros familiares, sin ver pájaros, árboles o el mundo exterior, sin programas o posibilidad de libertad condicional”.

¿Qué espera para intervenir la Comisión Interamericana por los Derechos Humanos (CIDH)? ¿O EEUU no está en América? ¿O es necesario que sean presos políticos los agraviados, los torturados? ¿California está demasiado lejos para ellos? ¿Confían en que el presidente Al Jolson intervenga?

¿De qué estamos hablando? De presos.
Un preso de una cárcel de California ha logrado filtrar una demanda, una denuncia, el testimonio de la vergüenza. Están enterrados en vida y en un limbo legal.

“Estamos en Pelican Bay no para cualquier término específico de meses o años por mala conducta que hemos cometido, pero de manera indefinida, lo que en la práctica significa para siempre, a menos que nos convirtamos en informantes”.

Tal vez por una vez Norteamérica ha tomado ejemplo del tercermundismo europeo, copiando los centros de internamiento para extranjeros, que tienen, por ejemplo, España e Italia. Allí los inmigrantes sin papeles son retenidos el tiempo que se les de a la gana a las autoridades, que argumentan que no están presos, cuando cualquier preso los reconocería como de los suyos, sólo que en condiciones peores que las propias. Saben cuando se cierra la reja a sus espaldas, pero no cuándo se abrirá.

Barack Obama Al Jolson Barack Jolson Al Obama

Por supuesto, mi lectura es sesgada. Siempre estoy del lado de los presos, y nunca del lado de los carceleros.
Conozco la cárcel desde adentro, y mis mejores amigos los hice allí; 10 años detrás de las rejas, en el dominio de los torturadores, crean lealtades de hierro.
Por supuesto que llamar Al Jolson a Barack Obama es una toma de posición. Tengo para mí que los senadores por Chicago son siempre blancos, aunque por fuera tengan otro color.
Por supuesto que, al fin, como dicen los Redondos, todo preso es político.
Los Redondos, acá.




domingo, 5 de enero de 2014

"España de mis amores, cuánto te odio", poemiga de Luis Eduardo Aute



Para hacer chistes sobre judíos, y no ser tachado de antisemita, es necesario ser judío. Para hablar mal, o bien, pero crudamente, sin anestesia, de los argentinos o los españoles, conviene, es más saludable, ser argentino o español, según el caso.
Luis Eduardo Aute, al que no me liga nada, ni medio café compartido, en esta entrevista hace un diagnóstico de España que yo firmaría de cabo a rabo. Más, ya lo hice, cuando me despedí de ese país, tanto de amigos como de enemigos, diciendo que era el país donde la ignorancia se exhibía como virtud.
Aute es español, y así lo reconoce, mal que le pese. Es español, pero no es un estúpido embrutecido por la iglesia, la monarquía, la social democracia y la sociedad de consumo, con una vocación muy definida por volver al pasado. Para Aute, y también para mí, el futuro aspirado por los españoles es el Medioevo; con televisión.
Cuelgo acá, en mi blog, para compartirlo, el final de una larga entrevista publicada en Miradas al Sur con motivo de su llegada a Argentina el próximo abril para presentar El niño que miraba el mar. Al toque, para que nadie arguya –me gusta esta palabra, porque tiene resonancias de trampa- que las saqué de contexto, clavo el link del texto completo.
Y, para terminar de joderla, agrego unas declaraciones de Joaquín Sabina, con quien sí me liga una charla de bueyes perdidos mientras hacíamos cola ante un mingitorio. Y rescato estas declaraciones porque, a esta altura del campeonato, pintan claramente a Sabina y los españoles. Dice, No sé hasta cuándo aguantarán los españoles. Somos resignados, pero, carajo, nos están meando en la sopa una y otra vez”.
Yo le puedo contestar a Sabina, luego de vivir 12 años en España: aguantarán lo que venga, Joaquín. Aguantarán lo que venga, siempre y cuando el gobierno no prohíba el alcohol, Joaquín. Justamente por eso, porque son “resignados”.



“España de mis amores, cuánto te odio”

–¿Qué piensa cuando repasa las noticias cada mañana?
–Creo que está floreciendo la realidad de lo que es este país. No es que estemos yendo hacia atrás, sino hacia la verdad, hacia la verdad del despropósito que somos. Tengo un pequeño “poemiga” –los poemigas son los textos que escribo, cortitos– que dice: “España de mis amores, cuánto te odio”. Esa simple frase responde a la sensación que tengo cuando pienso en este país precioso, bellísimo, riquísimo, multicultural, con una Historia tan larga… pero sin cultura. Y lo que es peor: muy especializado en devorar a sus mejores hijos. En ese sentido se sitúa en lo más alto.

–¿Cree que el proceso de la transición española del franquismo a la democracia fue un espejismo?
–Sí. Ha sido un espejismo porque fue una transición sin cambios esenciales. Las estructuras del franquismo permanecen, no cambiaron para nada. Siguen ahí. Cambió el collar, pero el perro es el mismo. Y, luego, hay que tener en cuenta que el país históricamente fue un país de contrarreformas. Cada vez que hubo una reforma, un paso adelante, le siguió una contrarreforma, un paso atrás. En ese sentido es un país muy poco culto, tremendamente ignorante, “asustantemente” ignorante. Incluso hablando, cualquier persona en cualquier país de América latina, habla mejor el español que nosotros, construye mejor las frases, tiene más riqueza de palabras. Aquí cada vez hablamos peor… No sé. A mí me preocupa mucho este país. Se deshace.

–Por lo que dice, parece una persona absolutamente pesimista. ¿No ve nada esperanzador?
–No, respecto a España, no. No sé qué va a quedar… Repito lo de antes: tal vez habrá que volver la mirada a América latina, reencontrar nuestras raíces allí; nuestras esencias, como colectivo cultural y social. Yo animaría a la gente joven a recorrer durante un año América latina, a reencontrarse a sí mismos allí, no en Europa.

Y si tiene ganas de un plus, mi diagnóstico, cuando todavía era optimista y pensaba que los españoles serían capaces de reaccionar a, como dice Sabina, las “meadas en la sopa”.