jueves, 26 de febrero de 2015

Iñárritu, la bruja y el ateo


Yo no creo en las brujas, pero que haberlas, haylas, aseguró Silvia C. repitiendo con una sonrisa cómplice un antiguo dicho español. El ateo unió la cosa con las costumbres “cabuleras” de jugadores de fútbol, actores, cantantes y toreros, ya que estaba en España, y encendió un pucho, evaluando si lo que acababan de contarle no daba para un relato de humor cáustico. Porque el ateo, entre otros oficios, era escritor, y la historia tenía miga.
Alejandro González Iñárritu, el director de cine que había tenido un gran éxito con tres buenas películas, “Amores perros”, “21 gramos” y “Babel”, había llegado a Barcelona para filmar su cuarta película. Silvia C., pongamos que era amiga de una periodista que le hacía prensa, o producción, no viene al caso, y la amiga le había contado que G. Iñárritu estaba desconsolado y no quería comenzar el rodaje, porque todo saldría mal: había perdido una piedra cargada que le diera una bruja en México. Era su talismán, y sin la piedra era como Superman ante la kriptonita. En realidad, esa idea cruzó jocosamente la cabeza del ateo, pero tampoco viene al caso.
La cosa se presentaba mal, pero, de perdidos al agua, y cuando Silvia C. le propuso pasarle el teléfono de su madre, que tenía fama de bruja, aunque ejerciera de forma amateur porque se ganaba la vida con un puesto de carnes en un mercado de barrio, la amiga aceptó pasárselo a Iñárritu, a ver si se calmaba con un sucedáneo amateur de su bruja mexicana. Así lo hizo, y el director acojonado la llamó por teléfono. Lo que retuvo la atención del ateo fue el relato de Silvia C.
Medio olvidada del asunto, o porque pensaba que no sucedería nada, no puso al tanto a la madre, y así fue que recibió la llamada sin tener la más miserable idea de quién era su interlocutor. El hombre no habría llegado a presentarse, más allá de aclarar por quién había recibido su número, cuando Chelo –ese es su nombre–, que enseguida entendió por qué la llamaba, lo interrumpió para decirle que no importaba quién era, pero que ella sentía que hacía poco había perdido algo así como su mitad y que eso lo tenía mal. 
El ateo imaginó un silencio contundente y a G. Iñárritu como de piedra. Después de tres exitosas películas con Guillermo Arriaga como guionista –y ya se sabe, porque es una discusión vieja como el cine, que guionistas y directores compiten por la paternidad del niño– habían roto la relación, y que te garúe finito. Para Iñárritu, lo de la mitad perdida estaba más claro que el agua, y la Chelo, que tenía manos de ángel para cortar bifes y más sangre andaluza que el leré leré, superaba cualquier expectativa. Había que ser muy ateo para no ver en ese encuentro casi casual un toque de magia, una llamada del Destino.
Lo cierto es que el desconsolado tuvo su piedra cargada, volvió a ser el director mexicano Alejandro González Iñárritu y comenzó el rodaje en Barcelona, con el hollywoodense Javier Bardem. El que por un tiempo olvidó el caso fue el ateo; escritor, ya dijimos.
La crisis económica estaba haciendo estragos en España y también en la familia tipo del ateo: mujer y dos pibes, uno heredado y la otra de cosecha propia. El desastre minaba el día a día, y en el horizonte sólo se veían promesas de peores desastres. Fue entonces que su mujer le propuso ver a “la Chelo”; como amigos, por la cercanía con Silvia C.; para al fin pedirle ayuda: una piedra de la suerte era mejor que nada. Y el ateo, que presumía de no discutir boludeces, agarró viaje. Al fin, él y su mujer eran ateos y racionalistas, aunque en el caso de ella eso fuera difícil, porque los españoles nacen católicos.
El encuentro con Chelo, cuando había cerrado la carnicería, no tuvo escenarios especiales, ni búhos y sahumerios; que fue en la sala de su casa, como quien dice en pantuflas. El ateo, esquizo como todo escritor, estaba en dos planos. En uno como “paciente”, y en el otro, como observador que le hace una radiografía a un potencial personaje.
Unos masajes con las manos de la bruja en los hombros, un café y una piedra para cada uno. La del ateo, azul con vetas celestes, lo que le permitió inducir que los colores tenían que ver con la magia. Y, cuando ya se iban, la Chelo que le dice, como si no se atreviera a decir yo no creo mucho en esto: agarrarse de una piedra es mejor que no tener nada de dónde agarrarse.
La consigna era no perderla y nunca separarse de ella. El ateo se dijo que mejor no discutir zonceras, y la pasaba meticulosamente de un bolsillo a otro cada vez que se cambiaba de ropa. Cosa que se convirtió en rutina, y la piedra azul viajó en su bolsillo a un festival literario de Bilbao. Allí, rodeado de escritores, gente que el vulgo suele creer muy inteligente porque escriben, el ateo contó a quien quisiera oír la historia de Iñárritu y las brujas y las piedras, porque le parecía muy literaria; decía.
Probablemente su ateísmo, cuestionado por el pase de piedra de bolsillo en bolsillo, le impidió ver un brillo voraz, como de hambre de saqueo, en aquellos escritores. Ninguno dijo ni creo ni no creo en las brujas, pero pedían tocar la piedra, jaraneaban con que les vendría muy bien tener una, y hasta anda por ahí, perdida en la red, una foto del ateo mostrando la piedra azul, muy sonriente.
Tal vez la piedra de G. Iñárritu no estaba bien cargada, o es que para un mexicano la bruja tiene que ser mexicana, lo cierto es que “Biutiful”, la película que filmó en Barcelona, fue muy flojita. Así y todo, el hombre, con códigos, en los agradecimientos finales de la cinta incluyó a Chelo.
Al ateo se le perdió la piedra azul y ya no tuvo otra. Para qué, si era ateo. Porque el neoliberalismo, la acumulación desigual del capital, la troika neocolonialista europea, la mafia de las finanzas, los políticos paniaguados o porque había perdido la piedra, el penúltimo acto fue el naufragio. No fue especial ni fue el único, pero los naufragios propios duelen más que las estadísticas. Así, el ateo, que era, es argentino, ya sin laburo, sin familia y sin un mango, agarró el bolsito y subió a un avión, porque para remar la distancia era larga; aunque fuera más barato.
En el último acto, el ateo, escritor ya dijimos, periodista cuando hay que parar la olla, escuchó que alguien nombraba a Alejandro González Iñárritu y su última película, Birdman, que coqueteaba con los Oscar. Jocoso el tipo, irónico el tipo, disparó un ¡ja!, con Iñárritu compartimos la misma bruja. Alguien lo miró como diciendo qué me estás contando y, sin quererlo, sin buscarlo, se encontró escribiendo aquella historia que no había escrito cuando Silvia C. contó de la pérdida, de G. Iñárritu, de la película, de Chelo y de las piedras cargadas.
El ateo, que no puede creer en brujas ni bultos que se menean, y que suele definirse como marxista –salgariano, para quitarle solemnidad– a veces, entre mate y mate, otra vez en Buenos Aires, repasa las fisonomías de aquellos escritores concurrentes a Bilbao, reconstruye los encuentros posteriores, con quién y dónde, y se pregunta cuál habrá sido el muy turrito desaprensivo que le robó la piedra azul con vetas celestes que le cargó la Chelo.

Publicado en Miradas al Sur.







domingo, 8 de febrero de 2015

Argentinos: arma de destrucción masiva


Jorge Luis Borges, el hombre metáfora, ciego al comando de una biblioteca nacional, el mismo que aseguró que el truco, el juego del truco, era la mejor síntesis del ser nacional: mentira, farol y parada, alguna vez ironizó que los argentinos descendían de los barcos. Esta afirmación forzó un rictus en la frente de Colin Powell, ex general cuatro estrellas estadounidense, cuando fue confrontado por un becario suplente de sociales, cultura y espectáculo en un periódico no muy conocido de Santa Bárbara, California. Allí, entre música de los Beach Boys y alternadoras de minifalda, Powell –el mismo que denunció la existencia, inexistente, de armas de destrucción masiva en Irak– compartía mojitos con dos agentes de la CIA, uno disfrazado de rapero cubano y el otro de fallera valenciana. No hay fotografías del hecho porque el dueño del tugurio portuario, un ex fabricante argentino de pañales para bebé que quebró con la crisis del 2001 y cambió de rubro, apuesta por el bajo perfil y la media luz. 
Hubiera sido mejor, dijo, pensativo, el hombre de las cuatro estrellas, que los argentinos no hubieran bajado nunca de los barcos. Al pasante, becario, dragoneante de periodista, que había hecho una pregunta sobre cultura general robada de Google, tal vez para poner en aprietos al general de origen jamaiquino, se le escaparon las implicancias de la respuesta, toda vez que en los muelles de Santa Bárbara (California-EE.UU.) flamea la bandera argentina. Junto a la rusa, la yanqui y la española, pero flamea.
Al que no se le escaparon es al analista de política internacional que nos puso sobre la pista. El papelón de las armas de destrucción masiva, que quedó como un trauma flotante en la psiquis del guerrero, volvía en una nueva versión, que implicaba a los argentinos. Tal afirmación puede hacer pensar que dicho analista, que después de la revelación cambió de nombre y buscó refugio en lo que queda de Krakatoa, entre Java y Sumatra, esgrimiendo lejano parentesco con Sandokán, necesita un par de electroshocks, pero su recuento de hechos conduce a otras conclusiones. Es que la coincidencia de Powell con la bandera argentina en Santa Bárbara y la extraña afirmación de deseo de que nunca hubieran bajado de los barcos, daba mucho jugo. Ordenando los factores todo se ve más claro.
A caballo entre 1817 y 1818, Hipólito Bouchard, uno que había nacido en otra parte pero había bajado del barco en Argentina para hacerse marinero y argentino, volvió a bajar del barco, esta vez de guerra, con su diploma de corsario oficial en el bolsillo, para ocupar Monterrey, todavía española, un cacho al sur de San Francisco. Saqueo mediante, de algo tiene que vivir un corsario, la bandera argentina flameó seis días, liberando Monterrey. Pero había que trabajar, y Bouchard siguió hacia el sur.
Completaría su singladura de combate liberando de godos y gachupines Santa Bárbara y San Juan de Capistrano, ese sitio mitológico desde donde parten, dicen, las golondrinas que llegarán hasta Buenos Aires para de los balcones sus nidos a colgar.
Es cierto que fueron liberaciones más bien simbólicas, de corta duración, pero fueron.
Tras los pasos del toco y me voy de Hipólito Bouchard, un día de 1982, Diego Armando Maradona, un morochito que la rompía, desembarcó en Europa, jugando para el Barcelona. Hasta ahí era lo que parecía, un talentoso jugador de fútbol, pero un día se fue a jugar al Nápoles de Italia y empezó a cambiar de música. En poco tiempo, consustanciado con la identidad “cabecita negra” de los tanos del sur, se convirtió en el más odiado para los italianos del norte, que se ven más cerca de los austríacos que de los sicilianos. Como un auténtico artista del dadaísmo, como un émulo de Salvador Dalí, se compró un par de Ferraris de lujo delirante y mientras soltaba incomodidades verbales incomprensibles por surrealistas –atribuidas a los malos hábitos por las malas lenguas–, se paseaba con abrigos de piel que recordaban aquel tapado de armiño todo forrado en lamé, que tu cuerpito abrigaba al salir del cabaret, que narraba un tango. Pero eso fue sólo el comienzo, porque su carrera en esa dirección se definió aún más al hacerse amigo de Fidel Castro y Hugo Chávez, desnudando así su verdadera identidad anárquica y antisistema, camuflada tras el peronismo. Pero nadie advirtió que Maradona no era una mosca blanca. Que podía ser la cabecera de playa de un desembarco a largo plazo, parte de un arma de destrucción masiva, como pensaba, según nuestro analista, el pobre Colin, mojito mediante, en un tugurio de Santa Bárbara.
Hace poco, muy poco, en España, un país sin izquierda política durante, al menos, el último medio siglo, apareció Podemos. Para nuestro analista refugiado en lo que queda de Krakatoa, son “Felipe González con Internet”. Para el franquismo gobernante y su correlato bipartidista o bipolar, son la peste roja, el fin del mundo conocido. Lo cierto es que ante la sorpresa universal metieron cuatro diputados en el Parlamento Europeo. Y uno de ellos, Pablo Echenique-Robba, nació en Rosario, Argentina, y reparte su corazón entre el Barça y Newell’s Old Boys.
El caso no era para preocuparse porque, en rigor, los eurodiputados pinchan poco y cortan menos, sólo que a los astutos estrategas de la inteligencia internacional no se les pasa nada, con lo que abrieron ficha y relacionaron datos. Sospechas, teorías de conspiración que se confirmaron en muy poco tiempo en Grecia, un país sangrado por las imposiciones de sus socios mayores en la comunidad europea, subordinados y cómplices del Fondo Monetario Internacional. Rechiflados, los griegos decidieron patear el tablero y votaron a Syriza, una propuesta de izquierda que mira para Latinoamérica y se dice, si a esos, que los hizo bolsa el FMI, les va bien, probemos. 
No es motivo de esta nota el análisis político de Syriza, sino la alimentación de la conspiranoia: el viceministro de Defensa, o coministro, se llama Costas Isychos, es nieto de griegos, nació en Quilmes, provincia de Buenos Aires, y es hincha de Independiente de Avellaneda.
Se puede argumentar que Pablo Echenique-Robba y Costas Isychos, por las razones que fueran, no viven en Argentina. Pero ese patriotismo de bajo vuelo olvida que las dictaduras y el neoliberalismo sembraron el mundo de argentinos, y que los argentinos vienen subiendo y bajando de los barcos desde el siglo XIX, y por parecidas razones. En todo caso, lo que cuenta, es que más allá de Máxima Zorreguieta, argentina y reina de Holanda, que puede considerarse una jugada de distracción, el desembarco argentino, con su raíz de truco, fútbol y populismo explica la preocupación de Colin Powell. Al fin, entre Maradona y el rosarino y el quilmeño, aterrizó un porteño, hincha de San Lorenzo de Almagro, para quedarse con la corona de uno de los estados más pequeños y poderosos del mundo, El Vaticano, tomando como nombre de guerra el de Francisco.

Nuestro analista anónimo, a la convicción de que lo dicho por Colin Powell implica la calificación de arma de destrucción masiva para los argentinos, lo que podría explicar los ataques de fondos buitre, sumó como observador inquisitivo que en el tugurio del ex fabricante de pañales el ex general bebía mojitos, un trago cubano por excelencia. Lo dijo, guiñó un ojo cómplice y suspicaz y desapareció hacia el mar de Java sin explicar qué tiene que ver una cosa con otra. Es lo que tienen los analistas. No se puede confiar. Siempre inventan algo. Quien puede creer que sea descendiente de Sandokán.
Publicado en Miradas al Sur

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sábado, 7 de febrero de 2015

Jugo de tomate frío

Corrían los años 70, y cómo corrían. Todavía se vivía la ola folclórica que habían comenzado en los 60. Nunca me llevé bien con el folclore. Hoy tampoco. Tal vez ya era un anarcomarxista salgariano sin saberlo: ni Dios, ni Patria, ni Rey.
Lo cierto es que me daban en los huevos los que cantaban zambitas, y en plan petardo agarraba la viola y atacaba con dos temas de Manal: Jugo de tomate frío y No pibe.
Hoy, por una nota en Berisso Blues, “Manal, un sueño premonitorio”, he vuelto a aquellos precarios blues de Manal. Precarios porque se adelantaban al punk “robando” música con un par de tonos.
Ahí van:



domingo, 1 de febrero de 2015

Incursión al país de los ricos

Están cerca, a veces tomando sol a 150 metros del suelo, a veces jugando squash en el tercer subsuelo de la torre, y no son alienígenas, sino argentinos con pasiones, amigos y costumbres que no entran en los “precios cuidados” de los supermercados.

Soledad Vallejos, exploradora de la vida de los ricos./ Libro.Vida de ricos, costumbres y manías de argentinos con dinero./ Piscina para estar cerca del cielo./ Cristiano Rattazzi, empresario y famoso./ Patricia Della Giovampaola, princesa D’Arenberg./ Juanita Viale, “societé” y nieta de Mirtha Legrand./ Alberto Nisman con Daniel Tangona, “personal” de ricos y famosos.

Incursión al país de los ricos
Publicó Amalita, una biografía de Amalia Lacroze de Fortabat, en colaboración con Marina Abiuso, y Trimarco, la mujer que lucha por todas las mujeres, un retrato de Susana Trimarco y su lucha contra la trata; dos temas poco relacionados que muestran la amplitud de mirada de Soledad Vallejos, la periodista que ahora firma Vida de ricos, costumbres y manías de argentinos con dinero, editado por Aguilar. En su expedición al mundo de los ricos y sus rituales retoma, indirectamente, la senda de un éxito editorial de los años ’60, Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, libro que catapultó al conocimiento público a Juan José Sebreli.
Las diferencias que se observan entre uno y otro libro señalan el paso del tiempo y la mirada, crítica e ideológica en los ’60, pragmática y distante en la actualidad; el agua corrida bajo los puentes, y los muros y los imperios derruidos ya se escurrieron en ese reloj de arena. Sebreli se detenía en lo que consideraba las cuatro clases básicas de aquella sociedad. Hoy, neoliberalismo mediante, la distancia entre los que tienen mucho y los que tienen casi nada se agigantó, y no son pocos los que se proponen atisbar qué sucede en ese mundo poco visible, que se oculta en edificios torres que, para un habitante del conurbano bonaerense sur, rozan los delirios de los fumadores de hachís de Las mil y una noches.
La lectura de Vida de ricos dibuja el perfil actual de quienes tienen dinero en cantidad suficiente para no titubear ante el consumo suntuario, que en muchos casos se concibe como una necesidad cotidiana. Por ejemplo, más allá de los viajes, el avión propio, los entrenadores físicos personales o los colegios exclusivos, son los compradores de obras de arte, hecho que, más allá de que está predeterminado por el tener o no tener, se ve como una necesidad espiritual. Así, una lectura del capítulo titulado “Comprar belleza”, informa del galerista que dice: “Sé que está catalogado como un lujo, como un objeto suntuario, y la verdad es que no es así. El arte es el trabajo de otro trabajador, que trabaja en el arte, que lo que hace es vender su producto. (...) Si uno piensa que es un trabajo de un artista, que lo que hace es hacerte mejor al alma, mejorarte la vida cuando lo comprás... No es una joya, no es un diamante que de por sí tiene valor, que no se mueve. Es fluctuante”; lo que abre una puerta al componente de la inversión especulativa, porque lo que hoy se compra por poco tal vez mañana cueste mucho, o al contrario.
Soledad Vallejos dialogó con Miradas al Sur, que le propuso algo así como una ampliación de temas desde la óptica del periodista que investiga, para saber, entre otras cosas, si había tenido muchas dificultades para hacer este trabajo.
“En todo momento dejé claro que soy periodista, y que estaba trabajando para escribir un libro, no quería ocultarme, y la respuesta que tuve fue muy buena. A veces sorprendente, porque hay gente de la que uno piensa que será de difícil acceso, y te llaman al otro día para confirmarte la entrevista. En cambio otros, que parecen más fáciles, dan vueltas y vueltas y al final, nada”, dice. 
El periodista tiene que conectar con el otro y, al mismo tiempo, mantener la distancia que le permita observar, lo que no siempre es fácil: “En todo el libro, yo no doy opinión sobre lo que observo, lo cuento, lo narro; mi intención era mostrar. Y, en ese sentido, tuve la satisfacción de que cuando se publicó hubo entrevistados que me llamaron para agradecerme que hubiera respetado sus declaraciones”.
Como lo mejor de un libro es poder leerlo, esta nota cruza fragmentos de Vida de ricos, costumbres y manías de argentinos con dinero, con breves comentarios, como para que el lector de Miradas al Sur tenga un aperitivo de lo que encierra entre tapa y contratapa.
Viejos y nuevos ricos. Para los foráneos, puede ser incomprensible que las pequeñas batallas por el prestigio se diriman en terrenos ajenos y supuestamente neutrales como peluqueros, maquilladoras, personal trainers. En el combate todo vale para generar clima. Un estilista que recorre las zonas acomodadas de Buenos Aires para atender a sus clientes dice que todo el tiempo escucha las cantinelas: “El viejo rico te habla mal del nuevo rico. El rico nuevo te dice: Ah, pero ésos son los ricos viejos, los de antes. (…) Los que hablan mal son siempre los ricos viejos de los ricos nuevos. Te dicen: ‘Estos qué se creen, mirá Puerto Madero, todos corruptos’. Claro, porque el rico viejo dice que hizo la plata bien. Bueno, que la heredó.”
“Es algo muy típico de la gente rica de la Argentina verse como alguien aristocrático, término que yo evito, porque aquí no hay aristocracias, solo burguesía, alguna más antigua y otra más reciente”, precisa Soledad Vallejos. El tema, como un sonsonete, se repite de generación en generación desde principios del siglo XX: “Ya en Caras y Caretas se hablaba de los arribistas, y de las primeras familias, hay algo snob en esa actitud que aún persiste”.
Vestidos. La elegancia de la sangre necesita el dinero, y sin embargo el dinero no siempre garantiza esa elegancia. Los viejos ricos, los de apellidos conocidos, pueden tener debilidad por señalar esa paradoja. La distinción, insisten, tal como lo señalaban en los años veinte los cronistas sociales temerosos de la aparición de parvenus y rastaquoères, esos arribistas sin gusto, no viene sola con los billetes.
En países también nuevos, como Australia, sus viejas familias se enorgullecen de ser descendientes de presidiarios expulsados de Inglaterra, en la Argentina pocos quieren recordar que su ancestro fue un pastor vasco o escocés analfabeto. “Creo que debería ser al revés –dice Vallejos–, que alguien haya comenzado de abajo, como inmigrante, hasta tener fortuna es meritorio, algo así como un símbolo.”
Fiestas benéficas. En las tazas humea el té. Ante las mesas hay señoras vestidas con el esmero que merece todo cóctel; algunas hasta se han provisto de tocados. Aunque en la vida hay un tiempo para jugar a la sociedad y otro para disfrutar de la buena moda, aquí se puede hacer todo a la vez. Además, el ambiente es todo lo exclusivo que puede desearse para un rato de “small talk”, besos, saludos. Si algo viene a demostrar el Six O’Clock Tea, el té-desfile que Carminne Dodero –hija del naviero y autodefinido “historiador autodidacta” Alberto Dodero y Marina Tchomlekdjoglou, famosa por su amistad con Christina Onassis– organiza en embajadas que fueron palacios de familias tradicionales y mansiones que pertenecen a grandes fortunas actuales, es que el chic cotidiano es posible.
En tal vez añorada época, las señoras de la sociedad hacían beneficencia anónimamente, pero desde hace un tiempo se encaminaron hacia el show, como el desfile de modas a la hora del té. Para Soledad Vallejos “en esos encuentros hay más cercanía entre los nuevos y los viejos ricos, y se busca la participación de la prensa. No son como antes, donde se privilegiaba la exclusividad. Ahora se mezclan los de antes y los famosos”. En ese sentido es un claro ejemplo la gala anual de Fundaleu (fundación para combatir la leucemia), donde hay que ser elegido y pagar para compartir mesa con famosos.
Red carpet. “Gana el smoking, claro”, señala Gloria Basavilbaso (Relaciones Institucionales de Fundaleu), para quien el hecho de que la cita cumpla a rajatabla las exigencias de una gala no es menor. “Es la única fundación que sigue haciéndolo. La nuestra es la única gala. (…) Que sea gala, a las famosas les encanta, y a los diseñadores también, porque es el momento de lucir sus productos. Nosotros hacemos red carpet (alfombra roja), es un momento como los Oscar. Sobre esa red carpet quiso caminar Ricardo Fort, pero sin suerte, porque sus gestores fracasaron en el intento de ganarle el pedido de ser famoso para la velada. (…)”. Para mantener el concepto de “gala”, la consigna es sencilla: el escándalo y la polémica no suman a la idea de glamour.
“Fundaleu, en su origen, era el esfuerzo de algunas mujeres que lo llevaban con dificultades y hoy, en ese sentido, es modélico, se lo administra como una empresa rigurosa y su fiesta anual es una manera de recaudar los fondos que se necesitan para asistir a la investigación médica –señala la autora de Vida de Ricos, costumbres y manías de argentinos con dinero–. En la gala todo está preparado para explotar el show, como la red carpet que recorren a la entrada los famosos para que la prensa los fotografíe. Es una costumbre que comenzó en la época de Menem, y de alguna manera tiene ese estilo; hay mucho de cholulismo.”
Modelos de mujer. Aunque el atletismo común y silvestre, convertido en running a fuerza de marketing, esté cada vez más de moda y se haya extendido a un mercado amplio, en el mundo de los que tienen entrenadores personales lo preferible es caminar y no correr. Por lo menos las mujeres, con cuerpos intervenidos y tan trabajados por la ciencia que el universo de ejercicios posibles se reduce. Pecho operado y aumentado, cola modelada en quirófano son tan habituales que difícilmente se comenten, aun entre conocidos. (…) Por eso son pocos los que se ofenden y muchos los que están acostumbrados a escuchar las preguntas cuando el personal, o el health staff de turno, es nuevo y prepara la rutina. “¿Algún toquecito en la cara?”, “¿Lolas, lipo, algo retocado?”, “¿Tenés extensiones, alguna cosita nueva?”, “¿Qué otra cosa hacés?”. “Es gente que consume todo eso, que está acostumbrada. Y tenés que saber, porque si no sabés, por ahí lo ponés en riesgo”, explica un entrenador que también prefiere quedar en el anonimato por razones obvias.
Resulta interesante observar que a fines del siglo XIX o principios del XX, los perfiles de la “mujer de bien” y la “artista” se diferenciaban drásticamente, y que hoy, en las galas, la mayor parte de las mujeres asistentes se parecen mucho, sean modelos siliconadas o empresarias. Soledad Vallejos observa que “la relación de la mujer con su representación en la sociedad cambia todo el tiempo. En la antigua Caras y Caretas uno puede ver a aquellas mujeres, con unas cinturas estrechas que no podían ser naturales, que se asfixiaban con los corsets. Pero el cambio no es de ahora, ya en los ’40 la mujer estaba más suelta, más activa, y hoy se encuentra que tiene que responder a un modelo de juventud eterna. Siempre bien, siempre lozana, y recurre al gimnasio, a los masajes, a la cirugía. Pero nada de eso es exclusivo de los ricos”. La moda, hasta hace poco, de sortear retoques de pechos en las discotecas, o que fuera el regalo de quince en la clase media, señala esa democratización de un recurso. “Antes se hacía un elogio de la virtud y ahora del cuerpo perfecto –dice Soledad Vallejos–. Creo que se ha cambiado una esclavitud por otra.”
Lo que se tiene que saber. Para no pasar por un colado, los códigos de lenguaje son importantes. En ese sentido lo que manda es el inglés. En una invitación a gala, fiesta privada, boda o reunión social, se precisa la vestimenta, y no es lo mismo casual dress (ropa casual), que dress down (ropa sencilla) y menos dress suit, traje de etiqueta. Aunque en ciertas ocasiones el sentido es ambiguo, como dress up, que puede ser vestirse de etiqueta o incluso disfrazarse, dependiendo de la fiesta. Todo circuito social requiere cierto grado de atención a los códigos compartidos, para saber que hasta un cumpleaños puede ser un party time, que exija formal dress, si es por la tarde, y party dress, o sea traje de noche, si es por la noche. Por las dudas, si hay que señalar algo, es mejor hacerlo en inglés.

Postales por un peso
Tradición: Diálogo con un socio del Jockey Club (40 años, hijo de socio), sobre la no admisión de mujeres socias. –Bueno, son tradiciones. Es un lugar con seis mil socios, todos hombres, muchos con una mentalidad medio cerrada. Como es un lugar que siempre fue de hombres, no lo conocen abierto.
–¿Es tema esto en el club?
–No, ni siquiera se trata.
Parvenus y rastaquoères. Hay recelos entre ricos de antes y nuevos ricos, acepta Carminne Dodero, la organizadora del Six O’Clok Tea. Como vivió en los Estados Unidos dice que era un “país superdemocrático donde nunca vi esta boludez. Este país (habla de la Argentina) es un pueblo. Queda lejos. Andá a decirle a un americano me llamo Anchorena. Te va a responder ‘¿y a mí qué me importa?’”.
Sudor caro. De Daniel Tangona, el personal (con acento en la “e”) trainer de ricos y famosos: “Tengo que poder sentarme a una mesa con ellos y poder hablar sobre cómo es Venecia, cómo es Milán. Estar aggiornado. No puedo ser un ignorante que anda de musculosa, ojotas, con el tatuaje y nada más”.
Socialité. Se dice de quién realza las fiestas con su presencia, sin que se le conozcan méritos especiales.
Princesas. De Patricia della Giovampaola, princesa D’Arenberg, heredera de empresas de su marido: “En la Argentina ser princesa o no, no importa, no existe, ni siquiera yo me acuerdo. En Francia vas a una comida y por tu título sabés que vas sentada a la derecha del dueño de casa”. Preguntada si se siente una socialité, dice: “No soy una actriz, ni soy cantante, no soy bailarina, ni modelo. Entonces, probablemente sí, socialité”.
Confesiones de un masajista. Si una clienta le comenta que consiguió tres pasajes a Nueva York por 10.000 dólares, dice: “Qué suerte, encontraste barato. A Juan le salió 30 mil. Imaginate que si yo digo ‘¡qué barbaridad!’, no me cuentan más nada. Y a mí me gusta charlar con la gente, hace que se sienta cómoda”.

EL LIBRO
Título: Vida de ricos. Costumbres y manías de argentinos con dinero
Autor: Soledad Vallejos
Editorial: Aguilar


viernes, 30 de enero de 2015

In Flanders fields


In Flanders fields

"In Flanders fields the poppies blow
between the crosses, row on row,
that mark our place; and in the sky
the larks, still bravely singing, fly
scarce heard amid the guns bellow.

We are the Dead. Short days ago
we live, felt dawn, saw sunset glow,
loved and were loved, and now we lie
in Flanders fields.

Take up our quarrel with the foe:
to you from failing hands we throw
the torch; be yours to hold it high.
If ye break faith with us who die
we shall not sleep, though poppies grow
in Flanders fields."


"En los campos de Flandes
crecen las amapolas.
Fila tras fila
entre las cruces que señalan nuestras tumbas.
Y en el cielo aún vuela y canta la valiente alondra,
escasamente oída por el ruido de los cañones.

Somos los muertos.
Hace pocos días vivíamos,
cantábamos, amábamos y eramos amados.
Ahora yacemos en los campos de Flandes.
Contra el enemigo continuad nuestra lucha,
tomad la antorcha que os arrojan nuestras manos agotadas.

Mantenerla en alto.
Si faltáis a la fe de nosotros muertos,
jamás descansaremos,
aunque florezcan
en los campos de Flandes,
las amapolas."


John McCrae

viernes, 23 de enero de 2015

¿Todos los fuegos al fuego?


La casa en llamas
(Parábola del Buda)
Bertolt Brecht

Gautama, el Buda, enseñaba
la doctrina de la rueda de los deseos, a la que estamos uncidos, y nos recomendaba
renunciar a cualquier apetencia para así, ya sin pasiones,
hundirnos en la Nada, que él llamaba Nirvana.
Un día sus discípulos le preguntaron:
—¿Cómo es esa Nada, maestro? Todos quisiéramos
liberarnos de nuestras ansias, según recomiendas, mas dinos
si esa Nada en la que entraríamos es comparable
a la unión con todo lo creado cuando al mediodía
yacemos en el agua sin sentir el peso
del cuerpo, indolentes, casi sin pensamientos. O cuando
en el lecho, apenas conscientes, tiramos de la sábana
segundos antes de hundirnos en el sueño; dinos
si esa Nada de que hablas es una Nada radiante y buena o si es
una simple Nada; fría, vacía y sin sentido—.
Guardó silencio el Buda largo rato; después,
con indiferencia, dijo:
—Ninguna respuesta hay para vuestra pregunta—.
Mas aquella misma noche, cuando se hubieron ido, a quienes
hasta aquel momento no habían abierto la boca, refirió el Buda,
sentado todavía bajo el árbol del pan, la siguiente parábola:
—Vi no hace mucho una casa que ardía. Las llamas
devoraban el tejado. Al acercarme advertí
que en su interior quedaba aún gente. Fui
a la puerta y les grité que el fuego llegaba ya al tejado y que debían
por tanto salir inmediatamente. Mas allí nadie
parecía tener prisa. Uno me preguntó,
mientras le chamuscaba el fuego las dos cejas,
qué tal tiempo hacía fuera, si llovía,
si hacía viento, si existía otra casa
y cosas por el estilo. Sin responder,
salí de nuevo. Estos, pensé, se abrasarán mas
seguirán preguntando. En verdad, amigos,
a quienes el suelo que pisan, la planta de los pies no queme tanto
que sientan deseos de cambiarlo por otro cualquiera,
nada tengo que decirles—. Así habló Gautama, el Buda.
Pero también nosotros, que no cultivamos ya el arte de la tolerancia,
que cultivamos más bien el arte de la intolerancia, nosotros,
que con consejos de índole terrena incitamos al hombre a liberarse de sus verdugos humanos,
a quienes viendo acercarse las escuadrillas de bombarderos del capitalismo siguen preguntándonos
cómo concebimos esto, cómo nos imaginamos aquello,
y qué será de su hucha y de su pantalón de los domingos después de una revolución, a esos, poco creemos tener que decirles.

martes, 20 de enero de 2015

Pávlov en Plaza de Mayo




Nos juntamos, en la mañana del martes, para ver el sumario tentativo del Miradas al Sur siguiente. La muerte, con un tiro en la cabeza, del fiscal Alberto Nisman, descubierta en la noche del domingo al lunes, en un exclusivo piso del exclusivo Puerto Madero, de Buenos Aires, marcaba la agenda. El hombre había cargado en los días previos contra la presidenta y un variopinto grupo de políticos, atribuyéndoles complicidad para tapar la pista iraní en el atentado a la AMIA, la mutual judía de Buenos Aires. Tenía que presentar las pruebas ante el Congreso, pero no pudo ser, la muerte le impidió ir a la cita.
Como era de esperar, el lunes, con la investigación en pañales, una parte de la oposición salió a decir que lo había matado el gobierno, cuando si alguien tiene mucho que perder con esta historia es el gobierno. Pero, ya se sabe, los petardistas de la política no tienen límites, estén en el gobierno o en la contra. Y no sigo, porque esta ¿nota? para mi blog tiene otro tema.
Un tema que me empezó a rondar cuando, en la reunión, alguien dijo, o creí entender, que sólo faltaba que salieran en manifestación con carteles “Yo soy Nisman”. Me reí. Más, pensando en que, especialmente los “progres”, son como el perro de Pávlov, que al escuchar un timbre babeaba y sentía hambre porque generaba jugos gástricos, algunos, repito, tienen reflejos condicionados muy previsibles. Por supuesto, no dije esto, dije: la cosecha de boludos nunca se acaba.
Lo que no sabía, porque me tocaba Latinoamérica y mi cabeza estaba por Honduras y Guatemala, y no entendí en ese momento, era que el “Yo soy Nisman”, ya había sucedido, en Plaza de Mayo, la tarde del lunes. Por una llamada en las redes, grupos de opositores a la actual administración se juntaron con los bonitos carteles, insultaron al gobierno y hasta cantaron el Himno Nacional.
Entonces a lo que voy. Como el perro de Pávlov, la progresía siempre responde como se espera de ella si uno sabe qué botón apretar. Si se aprieta este botón dirán yo soy Nisman, yo soy Charlie. Si se aprieta el otro botón, cantan el Himno, o la Marsellesa. Si se aprieta aquel otro proclaman “Podemos”, o Mahoma es una mierda, o lo que esté su programación masificada. Y eso no quiere decir que es lo que piensen, aunque la mayor aspiración de la libertad es pensar por cuenta propia, aún a riesgo de equivocarse. Actúan por reflejo y si alguien aprieta el botón adecuado cantarán loas al gobierno, o cantarán la marcha peronista, o la Internacional… en fin.
Cuando el 18 de julio de 1994 alguien, aún por identificar, hizo estallar un vehículo con explosivos ante la AMIA, mutual en la que no había militares, ni funcionarios, ni espías, como seguramente sí los había en la embajada de Israel en Buenos Aires que volaron el 17 de marzo de 1992, corrió una voz que hice mía: “Todos somos judíos”.
Porque los judíos y no judíos asesinados en la AMIA, 85 muertos y 300 heridos, eran nuestros vecinos, nuestros amigos, nuestras parejas. Eran nuestros, por eso el “Todos somos judíos”.
Ahora algo ha cambiado tal vez de fondo, porque a la boludez programada y pavloviana se suma una diferencia, que dejo a los filólogos, o algo parecido. Ante aquel atentado TODOS fuimos judíos. Ante lo de Francia y la muerte de Nisman, YO soy Charlie, YO soy Nisman. Se ha cambiado el todos por el yo.
Supongo que porque soy un atravesado, soy el único rayado que se fija en esas boludeces. Pero, como me fijo, y me pone los huevos al plato la actuación por reflejo pavloviano, digo: ¿Qué carajo me importa tu YO? ¿Desde cuándo tiene YO un humano pavloviano?
Lo dicho: la cosecha de “predecibles” nunca se acaba.

lunes, 19 de enero de 2015

Revoluciones y contras, color de ron

La historia de la popular bebida que une al fundador catalán Facundo Bacardí con algunos aspectos ocultos de la historia revolucionaria de la isla rebelde. De aquel pionero a la vuelta a Cuba luego del acuerdo con los EE.UU.
Facundo Bacardí I
Facundo Bacardí III

Bacardí y el bloqueo a Cuba
En 1862, el inmigrante catalán don Facundo Bacardí Massó, fundó en Santiago de Cuba la destilería de ron más famosa del mundo, que en 1960 fue intervenida por la naciente revolución de Fidel Castro, razón que motivó su traslado a Puerto Rico. Pero, a la luz del reciente acercamiento entre La Habana y Washington, el heredero del emporio que produce el ron Bacardí ha dicho que quiere regresar a Cuba, ahora que parece estar cambiando de rumbo. “Cuba pasó de una postura de línea dura, bajo Fidel, a Raúl Castro, que está dando pasos de bebé”, así de tajante ha sido Facundo Bacardí III, en unas declaraciones que, una vez más, han tenido un fuerte impacto en la comunidad exiliada cubana del sur de Florida. Probablemente alguno recordó que la empresa Bacardí fue un motor importante en las políticas anticastristas, participando, incluso, en la redacción de la ley Helms-Burton, en que se basó el bloqueo económico. Más aún, Pepín Bosch, máximo directivo de la multinacional en los años ’60, organizó el bombardeo de las refinerías de petróleo de Cuba, acción que no se concretó porque los delataron, y en el diario The New York Times apareció la foto del bombardero B-26, sobrante de la Segunda Guerra.
Entre el primer Facundo y el tercero hay una larga historia de inmigración, alcoholes, revoluciones y contrarrevoluciones, en que se mezclan Cuba y Cataluña como una misma cosa. Una saga que comienza antes, en 1791, cuando la rebelión de los esclavos en Haití que trajo la destrucción de los ingenios azucareros. Cuba, que entonces contaba con 300.000 habitantes, se convirtió en el monopolio de las exportaciones de azúcar hacia Europa, y algo más, porque para 1860 había más de 1.000 destilerías en la isla. Sólo que el ron era una bebida áspera, fuerte, reservada a los piratas del Caribe y los esclavos. Los cubanos de mayor linaje preferían el vino, que llegaba en galeones desde España, y con los calores del trópico y el bamboleo del Atlántico solía transformarse en vinagre. De aquel tiempo, seguramente, ha sobrevivido un trago popular en Cataluña, el ron quemado. Importa poco la calidad del mismo, porque se le agrega azúcar, un puñado de granos de café y se lo prende fuego, con lo que si es poco civilizado casi no se nota.
Bebida de pobres. Sería la Guerra de la Independencia, en 1895, el punto de viraje para que esta bebida cambiara de linaje. Las tropas españolas enviadas a sofocar el alzamiento compartían con la casta hispano criolla el origen, pero no sus vinos, porque eran tan pobres como los más pobres de los cubanos y, como ellos, cataban el ron barato, tosco y grueso, que raspaba la garganta y que invadía las tabernas y los puertos. El vino se había vuelto caro y lejano, y hasta la oligarquía cubana volvió su mirada hacia el ron, reparando en que no todo era áspero: estaba el que producía Facundo Bacardí, que había ganado la Medalla de Oro en la Exposición Universal de Filadelfia de 1876.
¿Quién era el primer Facundo Bacardí? Como muchos catalanes había puestos sus miras en Cuba, hacia la que se embarcó desde su ciudad natal, Sitges, a los quince años, para hacer fortuna. Seguramente llevaba como consigna un axioma con el que se definen sus paisanos: Els catalans de les pedres fan pans (Los catalanes de las piedras hacen pan.) Fueron muchas las fortunas que se hicieron en la isla lagarto verde, y los enriquecidos, cuando volvieron a sus orígenes, se construyeron mansiones barrocas, alejadas de la sobriedad local, justificando el apelativo de “indianos”. Pero en ese cruce del mar ida y vuelta la inevitable nostalgia parió música, las habaneras, cuya melodía fue una de las vertientes del tango. Aparte de eso, su contracción al trabajo, y el hecho de que por lo general ocupaban puestos modestos, en el rango más bajo de la sociedad blanca, se vio reflejada en el folklore popular de los negros: “Ay madre, quién fuera blanco, aunque fuese catalán”.
Volviendo al principio, en 1862 Facundo Bacardí fundó en Santiago de Cuba su destilería, sobre alambiques y trapiches de una destilería que se cerraba. No conforme con el ron habitual, de poco valor, trabajó en busca de suavizar su sabor y aumentar su calidad. La leyenda afirma que hubo un secreto en el principio, pero de todos los rones se dice lo mismo, y tal vez su mejoramiento se deba a que se lo añejó en toneles de madera varios años. Parece que los Bacardí se inclinaron por la crianza en barriles que antes habían curado whisky. Otras bodegas, como es el caso de la que produce en Canarias el buen ron Arehucas, optan por curar en barricas que antes criaron coñac en Francia.
El amigo de Martí. En ese proceso de refinamiento del aguardiente de caña, el primer Facundo ganaría años más tarde la Medalla de Oro y dejaría en manos de su hijo la continuidad ronera. Entonces ocurrió la primera revolución, porque el heredero, Emilio Bacardí, conoció a José Martí en Nueva York en 1892 y se sumaría a la Guerra de la Independencia de Cuba, llegando a ser el primer alcalde de Santiago post colonial. Probablemente, como catalán, no veía mal hacer la guerra contra España.
Pero no sólo el apellido Bacardí está ligado al ron antillano, hubo otros catalanes en su salto de calidad. Emigrado de Santiago de Cuba, Andrés Brugal Montaner refinó el muy conocido ron Brugal, desde República Dominicana, y Julián Barceló llegó a fundar en la ciudad de Santo Domingo, Barceló y Compañía. Brugal y Barceló, con Bacardí, son tres de los rones más apreciados. Del otro lado del mar, en Gelida, ciudad catalana, se produce el muy conocido de los argentinos ron Negrita.
Para llegar al último, por ahora, Facundo Bacardí III, hay que repasar lo que sucede ahora con el acercamiento y eventual desarme del bloqueo, porque como narra el colombiano Hernando Calvo Ospina en su Ron Bacardí: la guerra oculta, “valiéndose de su poder económico y de sus contactos en las altas instancias políticas, (Bacardí) prácticamente redactó y acomodó a sus necesidades una ley estadounidense. La Helms-Burton, como se le conoce, no sólo atenta contra la soberanía de Cuba y la sobrevivencia de sus ciudadanos, sino que está aportando a la locura en que se desliza peligrosamente el sistema comercial capitalista, en sus ansias de derribar la mínima barrera de control”. Porque, en los años ’90, el ron Bacardí encontró un duro competidor por el mercado mundial, el ron cubano Havana Club, perteneciente a un consorcio del Estado cubano y la multinacional francesa Pernod-Ricard, y pugnó por quedárselo.
El anteúltimo acto de esa pelea –porque el último está por verse– fue que, ampliando la Ley Helms-Burton, se estableció que los Estados Unidos no pueden reconocer ningún derecho a marca o patente de ninguna empresa extranjera, que tenga conexión cualquiera con propiedades de algún ciudadano estadounidense, que haya sido nacionalizada, sin indemnización, por el gobierno revolucionario de Cuba. Con lo que Bacardí pudo comercializar un falso Havana Club, no cubano.
Tal vez ahora, que parecen abrirse otras puertas y a Bacardí, que tiene muchos intereses y marcas en juego, se le abren nuevas oportunidades en el Caribe, cambien las cosas y la larga guerra entre los originales indianos y el castrismo se cierre con un brindis entre Raúl Castro y Facundo Bacardí III.

Publicado en Miradas al Sur:

Sendra y Matías

Está exponiendo su muestra “Vacaciones con Matías” en el Museo del Humor de la Costanera Sur. Y desde allí, habló de su origen, de la cercanía entre personajes de otros autores y de la masacre ocurrida en Charlie Hebdo.



Fernando Sendra, o simplemente Sendra, es el padre de Matías, un personajito de papel dibujado que resume, como la mejor enciclopedia posible, el ser o no ser de los argentinos o, para ser más precisos, de los porteños en este siglo XXI que corre. Con motivo de la muestra “Vacaciones con Matías”, que se puede visitar hasta los primeros días de marzo en el Museo del Humor, en la Costanera Sur, donde alguna vez estuvo la mítica cervecería Munich, Miradas al Sur dialogó con el creador.
–¿Cómo surge, desde dónde, este pequeño Matías, con sus amigos y sus reflexiones?
–Hay personajes que son creaciones de uno y otros que emergen por sí mismos, por su propia fuerza. Matías asomó como un secundario en “Prudencio”, una historieta donde el protagonista era un guapo, y terminó quedándose con la tira.
–Como en el caso de Clemente y Bartolo.
–Y como en el de Patoruzú. Al principio, el protagonista era Isidoro, en la tira “Julián del Montepío”. Apareció Patoruzú e Isidoro se convirtió en su acompañante. No es nuevo ese proceso, también pasó con otra historietas famosas en otras partes del mundo. Es el caso de Dagwood, de la historieta que en Argentina se conoció como “Lorenzo y Pepita”. La familia de Lorenzo (Dagwood) era millonaria, dueña de ferrocarriles, cuando aparece Pepita, que se llamaba Blondie, con la intención de cazar al padre de Lorenzo. Pero se enamoran y la familia decide que si siguen adelante desheredan a Lorenzo. Estos se casan, los desheredan y pasan a tener los problemas económicos no sólo de la clase media, sino de la crisis del ’30. Con lo que hacen un cambio y una evolución notable. El caso de “Trifón y Sisebuta” es similar. La millonaria es ella, y él un casi mendigo que se convierte en otra cosa, y mantiene amigos desastrados. En mi caso no fue tampoco casual. Tiene que ver que en esa época tenía cuatro hijos pequeños, y como trabajo en casa, los tenía todo el día alrededor. Los materiales de trabajo de un dibujante son justo los que les gusta a los pibes para jugar, como los lápices de colores. Empecé a pensar en cómo pensaban y qué veían, pero, los pibes solos no me terminaban de convencer. En realidad, lo que yo necesitaba era su relación con los grandes, entonces apareció la madre de Matías, para que la tira fuera realidad. De alguna manera la madre soy yo, porque al fin lo que se produce entre Matías y la madre es algo semejante al diálogo que sostengo yo, Sendra pibe, con yo Sendra adulto.
–Resulta curioso que muchas veces los adultos se olvidan del pibe que fueron. Por ejemplo, de que estaban atentos a todo, y que lo que no sabían lo adivinaban. Y entonces repiten, sin recordarlo, lo que escucharon de otros cuando eran chicos: “hablá tranquilo, que los pibes no entienden”. Y los pibes por ahí, poniendo cara de “no entiendo” y parando la oreja.
–Por eso yo estoy en las dos partes del diálogo, porque los chicos son personas en una etapa especial, pero son personas que piensan. Siempre digo que no soy chico ni soy viejo: estoy chico o estoy viejo. Son distintas etapas, con distinta experiencia acumulada, pero en las dos hay deseos y voluntades.
–Pienso en la madre de Matías, que nunca se ve de cuerpo entero, porque la narración es a la altura de la mirada del pibe, y se me ocurre que es pariente de las mujeres de Maitena y de los personajes femeninos de Betibú, la novela de Claudia Piñeiro. En sus diálogos y en la forma que encara las situaciones de su diario vivir, son una radiografía de mujeres de un sector social, muy actualizadas. Mujeres independientes, que quieren gustar y que se preocupan por su aspecto físico, a veces hasta la obsesión.
–Uno de los problemas que tuve que enfrentar cuando empecé a trabajar a la madre fue que tenía que pensar como una mujer, pero una mujer de este tiempo. Antes, las madres de las tiras eran amas de casa, dedicadas a sus hijos, yo diría madres “tangueras” porque son las que nos cuentan los tangos. Pero las mujeres han cambiado. Cuando uno era chicos usaban medias con costura, después fueron sin costura, después fueron de red, más tarde negras y siguieron cambiando hasta hoy, que son de cualquier manera, como les guste a cada una. Con lo que aquello que parecía una figura estable, sin cambios, pasó a ser inestable, con cambios. Para decirlo mejor, lo último que cambió fue la historieta, primero cambiaron ellas y luego aparecieron los personajes que las representan, ya lejos de los estereotipos de otros tiempos. Porque los cambios en la realidad fueron graduales y se dieron en todos los aspectos. Por ejemplo, en el siglo XX el psicoanális y el surrealismo incorporaron cierta calidad de lo onírico, pero con un supuesto racional. Después fue el tiempo de Picasso, desarmando la imagen y mostrando distintos puntos de vista para verla, que se corresponde con Einstein y su teoría de la relatividad. Esos cambios tardaron en aparecer en la historieta.
–Es inevitable que un lector de Matías lo compare con otra loca bajita mítica, Mafalda. De esa mirada surge que Mafalda era como más lógica y Matías más de los sentimientos y las simpatías. Y también, que el entorno familiar es distinto. El grupo de Mafalda era la familia tipo: papá, mamá y Guille, el hermanito. En tanto que Matías tiene a su alcance sólo a su madre –el padre se presupone, por razones biológicas–, un psicoanalista de a ratos y su grupo de amiguitos.
–No podría haber hecho mi tira si antes no hubiera existido Mafalda. Mafalda y tener hijos propios, las dos cosas. Y las diferencias son evidentes. Mafalda es más racional, más clásica. En general sus historias son un reflejo de la sociedad de ese momento en escala infantil. Están todas las clases sociales representadas en uno u otro personaje, como Susanita, que es la burguesa. Quino, en ese sentido siempre fue muy coherente con su visión del mundo, y lo refleja en Mafalda. Matías, por su lado, es más del Edipo, más de los afectos. Matías no cuestiona al mundo ni se propone cambiarlo, lo vive.
–Recuerdo una conversación con Horacio Altuna. Yo le decía que muchos leímos en su historieta “El loco Chávez” una crítica subterránea a la dictadura argentina, en plena actividad en ese tiempo. Y Altuna reconocía que no había sido su intención un mensaje político, pero que había sido leída así. Lo que demuestra algo ya sabido, que los creadores están atravesados por su realidad y suelen decir más de lo que se proponen voluntariamente.

–Es así. Cuando me preguntan qué es el arte yo suelo decir que el arte consiste en decir algo sin saber uno lo que está diciendo, para que otro entienda, sin saber lo que entendió. Al fin, hablar es recortar la realidad, que una gran parte quede oculta, lo que no quiere decir que no está, sino que no es evidente. Una gran parte de nuestras comunicaciones se dan en el plano de lo no dicho. Pienso en la primera relación de un hombre y una mujer. De pronto, por un gesto, por lo que no se dijo, se establece esa relación que hace que uno se reconozca en el otro y sienta que pasa algo. Con los personajes de una tira y su relación con el lector sucede eso. Ahora escribo cuentos cortos. Arranco con una palabra, con una frase y me dejo llevar. Cuando termina, apareció lo que quería contar y no sabía. Así funciona el arte.

Recuadro 1:
Breve ficha caótica
-Fernando Sendra nació en Mar del Plata, por culpa de su abuelo, que llegó hasta allí poniendo vías para el ferrocarril.
-Se dice que el padre de Matías era un tal Prudencio, con tira propia, del que su madre se separó por aburrido y tanguero.
-Sendra fue publicista, charlista, trabajó para campañas sociales, para televisión y tuvo una editorial. Sus biógrafos sospechan que su verdadera aspiración fue ser amigo de Inodoro Pereyra, y que lo dibujara Fontanarrosa.
-La madre de Matías se llama Mariana, como para ahorrar en iniciales, y es una activa investigadora de las virtudes de las máscaras faciales.
 El deporte preferido de Sendra, al que se dedica una vez por semana con gran disciplina, es el póquer.
-La tortuga o tortugo de Matías quiere llamarse Rodríguez y busca pareja, sin tener muy claro de qué sexo. El psicoanalista oficial de la tira no parece servirle de mucho.
-Sendra admite que se salvó del servicio militar por atorrante. Otra razón puede ser que usa barba desde los 19 años, y las Fuerzas Armadas de este país en el que le tocó nacer tienen alergia a las barbas.
-Matías juega al papá y la mamá por iniciativa de su amiguita Tatiana, pero no tiene muy claro para qué sirve, entonces se aburre.
-A Sendra, el Concejo Deliberante de Mar del Plata lo nombró Ciudadano Ejemplar de esa ciudad balnearia. Desde ese día se ve distinto en el espejo, no se conoce.

Recuadro 2, hablando en serio:
Una profesión de riesgo
Quino, Carlos Garaycochea, Hermenegildo Sábat y Sendra, apoyados por obras de Liniers, Rep y Mordillo, testimoniaron su compromiso por los humoristas asesinados de Charlie Hebdo en el Museo del Humor de Buenos Aires. El tema era ineludible en la charla con Fernando Sendra porque parece que, en ciertas circunstancias, el humor es una profesión de riesgo.
“Me parece que lo que sucedió es propio de la globalización –señaló a Miradas al Sur–. Grupos sociales que provienen de otras reglas, de otras formas de relación, impulsados muchas veces por el hambre, emigran y aparecen las diferencias. Muchos árabes han emigrado a Francia, y sus hijos, nacidos franceses, tienen una identidad tironeada entre dos culturas, la de su familia y la de la escuela; con lo que se produce una colisión de valores. No es que sean unos mejores que otros, son distintos y provienen de orígenes distintos”.
La globalización económica, y su efecto colateral, la pauperización de los países periféricos, sumada a la facilidad de traslado –aviones, barcos y la mirada de Internet sobre el mundo– han producido una relocalización de grupos poblacionales que, sin quererlo, cuestiona la hegemonía de los pobladores originarios de cualquier frontera. Un fenómeno que llegó para quedarse, y que sólo se puede esperar que siga en aumento. ¿Cuáles son sus manifestaciones? En ese sentido Sendra dice: “Lo importante son las reglas que compartimos. Si pienso que alguien me robó, o él piensa que lo insulté, los dos iremos ante la justicia para resolverlo. Compartimos idea en común, no vamos más allá, como sucedió en París. El argumento que usaron en la masacre no involucra a todos los musulmanes, si queremos una prueba es el rechazo de la comunidad islámica argentina. Puede entender que alguien se sienta marginado y sufra esa marginación, como entiendo, aunque no lo acepte para mí, que alguien pueda sufrir tanto que opte por el suicidio”.
Un tema candente en estos casos es el de los límites. No los límites impuestos por la censura posterior o previa, sino los que se pone el productor de ideas en comunicación con la gente. Respecto a eso Sendra señaló: “Siempre tengo en cuenta quien va a ver lo que yo hago. Cómo lo digo, para que se entienda lo que digo y no otra cosa. No es lo mismo publicar en un medio que en otro, porque los lectores son distintos. Ni siquiera es lo mismo hablar de fútbol en una revista deportiva que en un semanario financiero. Pero, aparte de eso, se lo que quiero decir. Después, la aproximación depende del sentido común. Puedo dibujar a un político metiendo la mano en la lata sin tener pruebas de que lo hace, pero su actitud, que mucha gente piense eso, y que él mismo no lo desmienta, fundamentan mi caricatura”.
Una viñeta de Sendra, con el texto “Han logrado muchas lágrimas. Pero ninguna sonrisa”, resume la actitud de los humoristas argentinos ante la masacre de Francia. Al fin, como dijo Quino en el Museo del Humor, “cuando la respuesta al ingenio es la muerte es para sentirse terriblemente mal”.
Publicado en Miradas al Sur